Análisis sobre el uso de la tecnología en el momento actual

Vera ars

Vera ars velat artem. Este aforismo clásico, que afirma que el verdadero arte oculta el artificio, mantiene todo su sentido en el contexto de la tecnología. Muchos avances tecnológicos tienen un efecto cuantitativo y medible: eficiencia, durabilidad, velocidad, tamaño, peso, autonomía, memoria, capacidad de proceso, inteligencia quizá.

Otros calificativos, más subjetivos, completan la descripción de los avances: simplicidad, usabilidad, confort, flexibilidad, responsividad. Esto nos lo enseñó magistralmente Steve Jobs con la invención del iPhone y el smartphone en general.

No sé verbalizar en un solo término la cualidad que quiero destacar. Es una mezcla de las cinco últimas, las subjetivas, está presente en todas pero no coincide con ninguna en particular. Aunque se trata de un principio muy fácil de entender: la capacidad de los artefactos de ocultar al usuario sus interioridades técnicas. ¿Acabado, empaquetado, encapsulación, ocultación?

No me resultan convincentes, porque hablan del objeto y no del sujeto que lo percibe. Ilusión tecnológica, puede ser la idea que mejor lo refiere, en el sentido en el que E. Gombrich describió, en su ensayo Arte e Ilusión, el efecto psicológico del arte en el observador abstrayéndolo del soporte material de la obra. En el mismo sentido en que Arthur Clarke afirmó que cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia, es decir, de la Ilusión.

La capacidad de los ingenios de ocultarse y mostrar una simplificación ilusoria de sí mismos no es privativa del mundo artificial, es una propiedad omnipresente en la naturaleza, en los seres vivos. Para un observador accidental, sin una formación básica en biología o medicina, un organismo vivo es un arcano inaccesible, oculto bajo una representación superficial y sencilla.

Los mamíferos están capacitados para interactuar de manera innata con esta ilusión, la corteza exterior de otros semejantes, pero no poseen una la más mínima intuición de lo que sucede en su interior. En ocasiones, la ilusión es puro engaño interesado, como sucede con elmimetismo batesiano.

La ocultación de los mecanismos es necesaria: hace accesibles los artefactos a un mayor número de usuarios, en un mayor número de situaciones y con mayor comodidad. Y produce ingenios más seguros y duraderos. Pero puede tener efectos culturalmente negativos, como la limitada comprensión de la tecnología por parte de la sociedad.

Uso de la tecnología

Recientemente, un artículo publicado en el diario El Mundo –No, tu hijo no es un nativo digital-, nos avisa de que las generaciones etiquetadas como nativos digitales -digamos que los nacidos en 1990 y años posteriores- no son tan conocedores de la lógica interna de la tecnología como cabría esperar. Según este trabajo, el uso que dan los adolescentes a los dispositivos digitales es superficial y limitado a una serie de operaciones sencillas, principalmente en redes sociales, YouTube y Whatsapp.

No servirá aquel artículo, ni este, para cuestionar la bondad de la preparación de generaciones enteras, ya que el conocimiento que se ha de poseer hoy en día para desenvolverse en el mundo es cada vez más amplio y complejo. Pero sirve de llamada de atención sobre el déficit que se puede producir, y se está produciendo, en las vocaciones tecnológicas en nuestro país si se da por supuesto que los estudiantes nacen sabiendo lo que es un computador por dentro, desde el transistor al sistema operativo, pasando por la programación, y no se les da la formación adecuada.

Una gran compañía tecnológica global puede alegrarse de tener muchos usuarios potenciales y pocos competidores en su terreno, pero nuestra sociedad no puede permitirse quedar relegada al papel de espectadores, de usuarios pasivos.

Cuando era un escolar, tuve la suerte de disfrutar de un extraño juguete, un computador personal –ZX Spectrum– con el que una parte no tan pequeña de mi generación nos aficionamos a la programación y a la tecnología. Era como romper amarras con el tedio de los objetos cuyas posibilidades venían definidas de serie, y a la vez asomarse a una ventana de un universo en construcción, jugando a anticipar lo que los años posteriores traerían.

La mayoría de estas predicciones fueron superadas con el tiempo, pero una de ellas no se llegó a alcanzar: creíamos que en los colegios la programación acabaría ocupando el mismo lugar que las matemáticas o la lengua. Al fin y al cabo es una mezcla de ambas cosas.

Con honrosas salvedades, mi temor es que el proceso haya sido el inverso. La tecnología se ha ocultado a sí misma y ha expulsado fuera de las bambalinas a gran parte de la población que acepta con agrado el cómodo sillón de espectador. No ha sucedido así en todas partes. En países como Singapur las tecnologías se aprenden desde muy niño y las escuelas reciben un apoyo decidido de las administraciones. Y nosotros, ¿llegaremos alguna vez a despertar de esta ilusión?

Autor

Fabio Gómez Estern

Año 2050. Sentado en un parque, un viejo profesor de ingeniería repasa mentalmente las revoluciones tecnológicas de la primera mitad del siglo XXI. Al hacerlo, se pregunta por las transformaciones sociales, culturales, económicas y medioambientales que éstas trajeron, y sobre el qué se pudo hacer. Alza la cabeza y cruza la mirada con un artilugio volador que en estático silencio levita frente a él. Ambos se adivinan el pensamiento. Este blog servirá al profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, de guía en ese viaje retrospectivo, en forma de diminutos 'breadcrumbs''.

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