Una palabra teológica a las ciencias sociales

¿Se puede decir una palabra desde la teología a las ciencias sociales?, y si es así, ¿cómo debe ser esa palabra? Estas son preguntas que hoy en día están muy vivas en el campo teológico. El  miedo lógico es a imponer artificialmente unas normas religiosas al curso normal de la vida social, tal como se estudia por las ciencias sociales. Una especie de teocracia ciega en el campo de la economía, la política o la sociedad. Es frente a esto que afirma la Constitución Gaudium et Spes del Concilio Vaticano II la “justa autonomía de la realidad terrena” (GS 36)

Y sin embargo, el no poder decir nada desde la teología produce también una honda frustración en toda persona sinceramente creyente. ¿No hay nada que decir ante decisiones u opciones sociales que terminan teniendo consecuencias en ocasiones  dramáticas para otros seres humanos?, ¿es que la fe no tiene más lugar que intentar limitar los daños con la caridad una vez que estos se han producido? Esta frustración produce la aparición cíclica de movimientos sociales cristianos pidiendo una lectura más fiel de los textos de la Escritura sobre la sociedad. Como dice el mismo párrafo de Gaudium et Spes, esa autonomía de las realidades terrenas no puede ser tal que suponga “que la realidad creada es independiente de Dios”.

Un trabajo en dos sentidos

A la hora de articular teología y ciencias sociales, uno de los grandes retos de la teología actual, hay que trabajar en los dos sentidos. Por una parte hay que transmitir una cierta humildad epistemológica a las ciencias sociales. A pesar de los resultados en ocasiones espectaculares de sus teorías y proyecciones, no pueden tomarse por una descripción completa de la realidad. Los modelos económicos o sociológicos no dejan de ser simplificaciones de la realidad que intentan captar algunas dinámicas de ésta sin jamás poder dar razón de su totalidad. Estas simplificaciones además llevan implícitos juicios de valor y perspectivas concretas sobre la sociedad. Las afirmaciones de las ciencias sociales, por lo tanto, no son una especie de nuevas leyes de la naturaleza, sino más bien juicios prudenciales, a la manera de las afirmaciones de la moral clásica, que hacen afirmaciones con un inevitable grado de incertidumbre y de parcialidad.

Por otra parte, la teología debe ser consciente de desde dónde habla. La Biblia no es un libro de ciencia, ni nadie puede pretender que las recomendaciones de la Escritura al pueblo de Israel sean leyes económicas válidas para hoy. Pero la revelación cristiana sí habla sobre el ser humano, el objeto de la salvación de Dios, y sobre su destino y auténtica plenitud. Desde ahí se puede llegar a afirmaciones importantes sobre el fin del hombre y de su vida en sociedad con otros, afirmaciones que completen, cuestionen y amplíen el horizonte de la limitada visión del hombre que pueden llegar a alcanzar las ciencias sociales. Y este diálogo, que no imposición, es válido más allá de la creencia de unos y otros, al ser la teología cristiana una sabiduría significativa e influyente sobre el ser humano que tiene algo que aportar al discurso común.

El decantado: Una palabra autorizada de la comunidad cristiana

Este trabajo de diálogo entre teología y ciencias sociales, cada uno desde su lugar, se ha ido produciendo y quedando recogido – en la medida en que las controversias se van cerrando – en el magisterio social de la Iglesia, que queda como palabra autoritativa de la Iglesia católica sobre el campo de la vida en sociedad. A otro nivel, podemos recordar también la amplia gama de documentos sociales de otras confesiones cristianas. El objetivo es siempre el mismo, el trabajar por el bien del ser humano en su dimensión social, realidad que también está llamada a ser salvada por Dios.

Autor

Gonzalo Villagran SJ

Gonzalo Villagrán, jesuita, licenciado en ADE y doctor en teología. Profesor en la Facultad de Teología de Granada. Su empeño es llevar la teología al debate público y enriquecer éste con la sabiduría de la fe. Le preocupa la voz de la Iglesia en la sociedad pluralista y el diálogo interreligioso.

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