Un único deseo para el año nuevo

Entre tantos buenos deseos formulados para el año que acabamos de estrenar hay uno que aflora con mucha fuerza, es el anhelo sincero de vivir alegres. Soy consciente de que este deseo ha sido y es el sueño de muchos hombres y mujeres de todo tiempo y lugar, de toda raza y cultura, de toda doctrina y creencia.

Cuando formulo el deseo de vivir alegres expreso mucho más que un estado de ánimo, una actitud positiva ante la vida, el resultado de un hacer exitoso, un modo confortable de existencia, la seguridad que producen los bienes materiales. Incluso me atrevo a decir que va más allá de una vida esforzada y virtuosa. El sueño de vivir alegres es la expresión de una vida con sentido, una vida por la que merece la pena vivir, más allá de las circunstancias y situaciones concretas en que se desenvuelva.

Es la alegría que sorprendentemente no nace de nosotros mismos sino del propio deseo de Dios. Dios tiene un sueño para la humanidad: el de una vida digna y plena para todos. Esto se convierte en tarea inaplazable, su principal tarea, y por ello, la alegría es realidad visible, constatable a la mirada creyente.

Es la alegría que -como señala el Papa Francisco en la Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium– se vive en medio de las pequeñas cosas de la vida cotidiana, como respuesta a la amorosa invitación de nuestro Padre Dios. “Hijo, en la medida de  tus posibilidades trátate bien […] No te prives de pasar un buen día”. (Si 14,11.14). (nº 4)

Es la alegría que de muchas maneras bebe en la fuente inagotable del amor de Dios que se nos manifestó en Jesucristo.  Es en el encuentro personal con Jesús donde brota, se renueva y crece la verdadera alegría. Es ahí donde llegamos a ser plenamente humanos, cuando le permitimos a Dios llevarnos más allá de nosotros mismos para alcanzar nuestro ser más verdadero. (nº 8)

Es la alegría que permanece como brote de luz y nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo. Comprendo a las personas que tienden a la tristeza por las graves dificultades que sufren, pero poco a poco hay que permitir que la alegría de la fe comience a despertarse, como una secreta esperanza, aún en medio de las peores angustias. (nº  6)

Experimentar la alegría de sabernos gratuitamente amados por Dios,  a pesar de nuestras torpezas y limites, nos alegra el corazón. De ahí brota mi sueño para el 2014 que hago extensivo a todos: Abrirnos para encontrarnos con el Dios que no desea otra cosa que vernos felices y contentos. El Dios que nos comunica Jesús con su vida toda.  ¿Por qué no entrar nosotros en ese río de alegría?  Tenemos 365 días para intentarlo.

Autor

Maria Rita Martín Artacho

Estudié Teología en Madrid en la década de los 80, después de una significativa experiencia profesional en el extranjero, motivada por el deseo de poder dar razón de mi fe y de dialogar con tanta gente que ya entonces se declaraba agnóstica, atea o sencillamente se alejaba de la iglesia; nunca agradeceré suficientemente esta decisión. Dirigir el Servicio de Evangelización y Diálogo de la Universidad Loyola Andalucía comporta un irresistible atractivo y un inmenso desafío en una sociedad multicultural llamada a caminar hacia la interculturalidad. Me lanzo a ello convencida de que el mensaje que anunciamos y tratamos de vivir es fuente de sentido que conecta, aviva y sacia la sed más honda del ser humano cuando se abre a la novedad de Dios.

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