Un nuevo humanismo

La Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE) ha puesto de nuevo en el punto de mira a la asignatura de Religión dentro de los planes de estudio vigentes.  Ello ha provocado una serie de reacciones contrarias a la ley, resucitando una polémica  pasada sobre la vigencia o no de dicha asignatura, y su falta de justificación.

A priori debo decir que, con independencia de los recursos judiciales que dicha ley ha suscitado, la Constitución española de 1978, principalmente en  su 27.3 es clara en éste sentido al manifestar que «Los poderes públicos garantizan el derecho que asiste a los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones».

En el mismo sentido, los acuerdos suscritos por el estado español con la Santa Sede, y muy principalmente el ‘Acuerdo sobre enseñanza y asuntos culturales’ de 3 de enero de 1979 en su artículo 2 establece que los planes educativos «incluirán la enseñanza de la religión católica en todos los centros de educación».

La polémica que provoca la LOMCE no viene precisamente por la indefinición de la ley ni de la Constitución, sino por la utilización del debate como ataque a la religión en su consideración de contenido vital de la formación de nuestros jóvenes. Ello, a mi juicio, necesita una serie de reflexiones muy necesarias.

En primer lugar, queda patente la obsesión que tiene la acción política de llenar cada vez más todos los ámbitos sociales e íntimos del ciudadano: el derecho de reunión, el derecho de movilidad, los deberes familiares, los planes académicos universitarios…

 

Formación en valores

La asignatura de Religión sin duda no es una excepción, si bien aún no ha sido doblegada por esta inercia. Resiste por convicción popular, pero también por convicción personal. Todos queremos que la Escuela sea una prolongación de nuestro hogar, y por eso luchamos por afianzar la formación de nuestros hijos en sintonía con nuestra forma de entender la vida y acorde con nuestras creencias religiosas.

En segundo lugar, se trata de obviar una realidad, y es que la asignatura de Religión permanece en la Escuela no tanto porque la imponen las leyes, sino porque se trata de un instrumento creíble de valores en la formación escolar.  El mejor ejemplo de la formación en tolerancia. Como decía John Locke “…la tolerancia es la característica principal de la verdadera Iglesia”.

La religión como enseñanza es un valor permanente, una cultura de apoyo íntimo y a la vez otorga la oportunidad de contribuir de manera significativa en la vida de los demás.  La educación de los jóvenes desde esta perspectiva hay que contemplarla como reto emocional y no como trámite académico. Sin formación, se produce lo que Benjamin Constant bautizara en el siglo XIX como “libertad de los modernos”, esto es, la libertad de vivir como se quiera sin reglas ni parámetros sociales.

Por último, se ha utilizado de forma abusiva la promulgación de varias leyes específicas con incidencia en la asignatura de Religión,  (Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares de 1981, la LOGSE, la Ley Orgánica de Calidad de la Educación…).

Con ello se ha pretendido cambiar el modelo de percepción de la Religión por nuestra Sociedad dependiendo del gobierno que estuviera en el poder. Sin embargo, y a pesar de todo ello, la religión ha resistido en su doble vertiente, como realidad interior, (esto para el creyente es  lo decisivo) y como factor dinamizador de la formación de la sociedad civil.

En el mismo sentido, hay que contemplar la asignatura de religión no sólo como   un elemento evangelizador, sino también como integrante del entramado de la sociedad civil, ineludible testigo del hecho cultural que nos da las claves de interpretación de cómo están las civilizaciones. Y precisamente ahora, es un indicador de que nuestra sociedad necesitaría probablemente un nuevo humanismo que viniera a restaurarla.

Humanismo

El Humanismo fue un fenómeno cultural de la Italia renacentista que supuso una nueva visión del mundo y del hombre, frente a la decadencia. El hombre como centro del mundo y la cultura greco-romana como la mejor realización del ideal humano. Este Humanismo luchó con actitud crítica contra la cultura anterior, por entenderla dañina.

Según el profesor Belda Plans, el Humanismo vino a combatir una realidad provocada por fenómenos como la degeneración lingüística, el mal dialéctico y un método pedagógico incorrecto. Frente a ello, se proclamaba la bondad de la claridad en el lenguaje, la retórica como arte de exponer y no de dividir, la investigación crítica de las fuentes, y el derecho a la opinión fundada frente a la autoridad de la mayoría.

Hoy sin duda nos encontramos ante una nueva forma de decadencia con los mismos síntomas de hace siglos, que intenta destruir a toda costa nuestra historia reciente, no por ser supuestamente dañina sino por ser diferente al pensamiento único que se pretende instalar en la sociedad civil.

Sin embargo, ahora no tenemos quien nos defienda de esta decadencia;  la sociedad civil se encuentra adormilada desde que la hipnotizó el estado del bienestar primero, y la crisis económica posterior cuando despertó y abrió los ojos.  Únicamente  -podíamos pensar- nos queda el recurso de posicionarnos con nuestro ejemplo. Combatir desde el ejemplo personal. Sólo así podemos generar valor para instaurar un nuevo humanismo.

Autor

Francisco J. Fernandez

Doctor en Derecho y abogado en ejercicio, Francisco J. Fernández es profesor de Derecho de la Universidad Loyola Andalucía y de la Universidad de Sevilla. Imparte también clases en diversas escuelas de negocio sobre contratación y estrategia empresarial, además de tener dilatada experiencia en puestos directivos en empresas y en la Administración Pública.

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