Tragedia y vergüenza

La tragedia diaria de personas que mueren en su intento legítimo de una vida mejor no puede dejarnos indiferentes. No puede dejarnos indiferentes ni como personas, ni como universitarios. Debe interpelarnos como ciudadanos y como institución. Y debe interpelarnos más a nosotros, una universidad inspirada por la Compañía de Jesús; una universidad de una tierra a 14 kilómetros de África; una universidad depositaria de una tradición de más de 50 años en el estudio de las causas de la pobreza y de más de 25 en cooperación; una universidad que quiere tener el desarrollo y la cooperación entre sus señas de identidad. No, no pueden sernos indiferentes las miles de tragedias diarias de vidas ahogadas en el Mediterráneo.

La causa directa de esta tragedia es la ausencia, en la otra orilla del Mediterráneo y en Africa, de eso tan complejo que llamamos desarrollo. De la misma forma que el calor pasa de los cuerpos de más temperatura a los de menos, los flujos migratorios masivos de personas pobres se producen por las diferencias de desarrollo entre regiones. Si los países del Magreb y África tuvieran sociedades de un nivel de renta per cápita de 15 o 16 mil dólares, democracias seguras con derechos políticos y sociales, un estado del bienestar básico y una sociedad civil articulada, los flujos migratorios en pateras y barcos de desguace entre las dos orillas del Mediterráneo no existirían. No es que no hubiera migraciones, pues éstas son normales incluso entre países desarrollados, lo que no habría son migraciones masivas de personas que huyen de la guerra, de la pobreza, de la falta de expectativas, de la ausencia de esperanza. Como no habría personas explotadas por las mafias, ni mujeres embarazadas que se embarcan para tener un atisbo de derecho de asilo si sus hijos nacen en Europa, ni niños embarcados sin sus padres. Si los países de la otra orilla fueran desarrollados no asistiríamos a esta tragedia. Nadie arriesga su vida para vivirla en otra sociedad si en la suya tiene instituciones sociales que le permiten desarrollarla.

Para resolver la tragedia del Mediterráneo no hay que aislar Europa, hay que desarrollar la otra parte del Mediterráneo. No es reforzando Frontex o hundiendo los viejos barcos en que transportan a estas personas como se resuelve el problema, porque eso no resuelve la guerra en Libia, Siria o Irak, con eso no se instaura una democracia en estos países, ni se crea una sanidad y una educación pública o se fortalecen sus instituciones y su sociedad civil. Si nuestros gobiernos, en teoría los gobiernos de las naciones más civilizadas del planeta, sólo son capaces de pensar en soluciones simples, como las que han propuesto en la cumbre de la semana pasada, es que realmente han olvidado los principios básicos de la ética humanista que es el fundamento de nuestro sistema político, nada saben de los cimientos de sus propias sociedades, nada quieren saber de los problemas que tienen planteados al otro lado de su frontera Sur.

Hace muchos años, a un centroafricano que había llegado a España en patera, le pregunté por qué había venido arrostrando dos años de peligros y me respondió: “Vine porque vi en una televisión que les dabais latas a los perros, y pensé que si tratabais así a los animales, unos cristianos como vosotros nos trataríais a nosotros mejor que a los perros. Me equivoqué”. Recuerdo que me inundó una vergüenza que aún siento como cristiano, como europeo, como ser humano. Una vergüenza que se reaviva cada día con las noticias que llegan desde el Mediterráneo.

Autor

Gabriel Pérez Alcalá

Profesor de Economía y Política Económica del Departamento de Economía de la Universidad Loyola Andalucía. Profesor visitante de las Universidades de Passau (Alemania) y Linz (Austria). Colaborador del Diario Córdoba, Cadena Ser y Canal Sur. Consultor en programas de desarrollo y cooperación. Investigador en distribución de la renta, mercado de trabajo y evaluación de políticas públicas. Consejero de distintas empresas. Actualmente es el Rector de la Universidad Loyola Andalucía. Siempre amó el mar y la poesía.

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