Una empresa sostenible añade valor internamente y en su entorno, es aquella que genera un valor compartido con todos sus stakeholders.

Sostenibilidad desde la función de control de gestión

Cuando analizamos las variables que son clave para la competitividad de las empresas, pocas veces pensamos en la sostenibilidad como fuente de ventajas competitivas. La sostenibilidad es hoy en día el resultado del compromiso de las empresas con sus stakeholders, y de la mirada hacia el futuro de las organizaciones, no sólo en términos de viabilidad o éxito financiero, sino también en clave social y medioambiental. Una empresa sostenible añade valor internamente y en su entorno, es aquella que genera un valor compartido con todos sus stakeholders.

Sin entrar a debatir las razones que han llevado a las empresas hacia una mayor preocupación por este tipo de cuestiones, plasmadas en la mayoría de los casos en sus políticas de responsabilidad social, es cierto que cada vez son más valoradas por los consumidores.

Un estudio reciente del Reputation Institute demuestra que un 80% de los españoles compra en función de otros valores más allá de la calidad o el precio; un 70% ha comprado marcas con valores en los últimos tres meses; un 48% de los encuestados ejercería boicot contra marcas que no cumplan sus obligaciones fiscales; un 58% estaría dispuesto a pagar más por un producto que demostrase su comportamiento ético y un 60% de los consumidores prefieren productos que sean respetuosos con el medio ambiente.

Sostenibilidad, reputación y legitimidad

Según el último estudio de Ocean Tormo, algunos intangibles como la responsabilidad social, la reputación o la imagen de marca pueden llegar a alcanzar un 87% del valor de la acción de muchas empresas norteamericanas. Sin embargo, pocas veces la responsabilidad social consigue ir más allá de un enfoque ético para centrarse en un enfoque de competitividad.

La sostenibilidad aporta legitimidad, credibilidad, confianza y reputación a las empresas, y eso las hace más competitivas. A veces se plantean debates, a mi juicio estériles, sobre el porqué de este mayor compromiso social de las empresas, y se cuestionan sus intenciones. Habría que aclarar que la responsabilidad social no es ni caridad ni altruismo, ni se pretende.

Las empresas son socialmente responsables porque ello mejora su reputación y aporta legitimidad, lo cual es lícito siempre y cuando esta responsabilidad social sea fruto del convencimiento, y no un añadido artificial con el único fin de captar nuevos clientes.

Para ello es necesario que la sostenibilidad se integre en todos los procesos de toma de decisiones, en la planificación, en el gobierno y en la rendición de cuentas. Identificando quiénes son los stakeholders prioritarios y cómo dar respuesta a sus expectativas, articulando canales de comunicación efectivos que favorezcan el diálogo y la transparencia, incorporando las cuestiones materiales en el modelo de gestión y desarrollando estrategias que estén alineadas con la sostenibilidad.

Esta mirada es la que debe orientar todas las actuaciones que forman parte de nuestra tarea como controllers. En concreto, la sostenibilidad deberá ser tenida en cuenta en el desarrollo de nuestra función, por ejemplo, al considerar en nuestras decisiones los costes sociales y medioambientales, al presupuestar iniciativas más sostenibles, como planes de conciliación, de ahorro energético o de integración de colectivos desfavorecidos, al contemplar la posibilidad de realizar inversiones éticas en nuestros planes financieros, la gestión de los riesgos reputacionales, la elaboración de memorias de sostenibilidad, etc.

Incorporar todas estas cuestiones a los sistemas de gestión no es tarea fácil. Someterlas a un proceso de control tampoco. Desde la década de los 90 han sido muchas las iniciativas que han tratado de sistematizar las cuestiones implícitas en el concepto de sostenibilidad. De entre todas ellas, la iniciativa Global Reporting Initiative (GRI) ha destacado por su gran acogida y ha tenido un gran reconocimiento a nivel internacional.

En nuestro país, en 2016 un 65% de las grandes empresas siguen este estándar a la hora de decidir cuáles son las cuestiones que deben ser incorporadas al análisis de la responsabilidad social y la sostenibilidad. Para ello GRI ha diseñado una batería de indicadores que pudieran ser comparables entre diferentes empresas y que constituyen una buena herramienta para el control de la sostenibilidad y la evaluación del desempeño empresarial.

Lamentablemente, algunas de las empresas pioneras en la aplicación de este estándar, se han visto salpicadas por escándalos relacionados con la vulneración de los derechos humanos, aunque ello ha servido para reforzar los mecanismos de control internos, mediante la implantación de exhaustivas auditorías sociales y de las condiciones laborales.

El reconocimiento por parte de las empresas de su papel en la consecución de los recientemente definidos por Naciones Unidas como Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), es otra manifestación más del desafío al que se enfrentan hoy en día las organizaciones, ante la necesidad de liderar los cambios en entornos de pobreza, exclusión social, desigualdad o desempleo, actuando como motor de desarrollo.

Además, existen otras referencias a nivel internacional como los Principios del Pacto Mundial de Naciones Unidas, la ISO 26000 o los estándares de la propuesta AA1000 de Accountability  que pueden servir de guía a la hora de orientar sus políticas y los contenidos de los informes no financieros.

El controller y la sostenibilidad

Uno de los aspectos del proceso de control de la sostenibilidad, y de las variables intangibles que la determinan, que más se ha desarrollado hasta el momento es el del reporting. Más allá de su efecto sobre la manera de comunicarse con los grupos de interés, este nuevo reporting de las cuestiones no financieras está sirviendo para gestionar más eficientemente el riesgo reputacional y el proceso de creación de valor, lo que genera una ventaja competitiva y sirve para marcar pautas sobre las cuestiones que deben ser objeto de control en el ámbito de la sostenibilidad.

De hecho, esto es lo que exige la nueva Directiva (2014/95) sobre divulgación de información no financiera e igualdad que ha entrado en vigor este año en nuestro país. La publicación de este tipo de informes podría ser la constatación de que están siendo objeto de un mayor control.

Dado el carácter multidisciplinar de la función del controller, su conocimiento profundo de la organización y del mercado, y su posición en la estructura organizativa como staff de la dirección, el responsable del sistema de control es un firme candidato a asumir el liderazgo en este proceso de control de la sostenibilidad.

Para terminar, la función de control hace tiempo que ha asumido este reto. Este liderazgo ha influido en el papel del controller actual, en un entorno cada vez más consciente de la importancia de la sostenibilidad a largo plazo y del compromiso adquirido con la sociedad.

Texto escrito por Pilar Tirado Valencia, profesora de la Universidad Loyola Andalucía.

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En este espacio compartiremos artículos técnicos y de reflexión, opiniones de otros profesores y enlaces a contenidos de interés para estudiantes y profesionales sobre ética y finanzas.

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