Solucionismo digital

Podríamos llamarlo maldición gramatical. No es un fenómeno exclusivo español. Pero aquí sabemos bien que el sufijo ismo, cuando se apodera de un sustantivo, lo somete a una acrobacia de adjetivación (ista) y vuelta a la sustantivación tal que lo deja reducido a la peor de sus acepciones. De este modo, civilizados compañeros como nación y consumo, se tornan en nacionalismo y consumismo, esos indeseables.

La peripecia nos sorprende ahora aplicada a un nuevo contexto: el solucionismo digital. Este desconcertante término lo acuña el rusoamericano Evgeny Morozov en su provocativo título To Save Everything, Click Here, para alertar sobre una emergente compulsión colectiva en búsqueda de soluciones basadas en lo digital –generalmente webs y apps– para una infinidad de situaciones vitales que, bien visto, nunca fueron problema.

Efectivamente, basta asomarse a los Stores –mercados en línea de software para dispositivos móviles- para sentir vértigo ante la oferta de aplicaciones destinadas a mejorarnos por dentro y por fuera, ya se trate de sincronizar fases de sueño, modular la respiración, vigilar nuestros residuos o acompasar ciclos biológicos, menstruales o circadianos para una gestión más ordenada de la vida.

La escena colectiva no escapa al afán, empezando por las arácnidas redes sociales, pasando por el entusiasmo videovigilante, hasta una administración pública sin otro rostro que el del formulario que rellenamos, abnegadamente, en descargo del funcionariado.

El citado libro recalca que el error no está en nuestra voluntad imparable de resolver problemas existentes, sino en tratar como problemas a la espera de solución aquellos fenómenos que, aunque imperfectos, no son problemas, sino mecanismos que regulan nuestra vida en sociedad, nuestra humanidad.

Los artífices del solucionismo digital, afirma Morozov, “se comportan como personas que nunca han vivido una vida por sí mismos, sino que aprendieron todo lo que saben de los libros, y dichos libros no son novelas, sino manuales de lavavajillas y aspiradoras”.

SmarCities

La sustitución indiscriminada de la formación presencial por la formación en línea masiva, sobre cuyos riesgos y ventajas ya discutimos aquí, ilustra el vicio que se señala. Otro aspecto en controversia es la sustitución del urbanismo como lo conocíamos hasta ahora por una versión en manos de expertos digitales denominada SmartCities –como denuncia el arquitecto y filósofo Eduardo Prieto en su reciente artículo Lo que podemos pedir a las máquinas.

A decir verdad, quien haya penado por las entradas de este Blog no me reconocerá haciendo eco de alegatos tecnófobos, pero en este caso me siento obligado. En primer lugar, porque siempre ha sido muy humano recelar de la invención perturbadora del equilibrio.

Así, la revolución industrial del siglo XIX dio lugar a terribles confrontaciones sociales, el ferrocarril vio cómo sus fieles detractores aseguraban que el ser humano no iba a soportar sus velocidades, el desarrollismo de la segunda mitad del XX dio oxígeno a los movimientos ecologistas, y las técnicas reprogenéticas del XXI han desatado la batalla de los alimentos orgánicos. Todo es necesario y todo sirve de moderación y contrapunto.

En segundo lugar, porque Internet y la sociedad digital han tenido, en contraste, escasa contestación -salvo el obvio reproche a esos propagadores del Hikikimori callejero llamados Smartphones. Es momento de abrir un sano debate, por muchas dudas que nos asalten sobre si se puede, a estas alturas, frenar la locomotora. Quizá se evite, al menos, que acabemos todos arrollados por ella.

Autor

Fabio Gómez Estern

Año 2050. Sentado en un parque, un viejo profesor de ingeniería repasa mentalmente las revoluciones tecnológicas de la primera mitad del siglo XXI. Al hacerlo, se pregunta por las transformaciones sociales, culturales, económicas y medioambientales que éstas trajeron, y sobre el qué se pudo hacer. Alza la cabeza y cruza la mirada con un artilugio volador que en estático silencio levita frente a él. Ambos se adivinan el pensamiento. Este blog servirá al profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, de guía en ese viaje retrospectivo, en forma de diminutos 'breadcrumbs''.

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