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Si vives no conduzcas

Hace un siglo Henry Ford popularizaba el coche con su modelo T, impulsando este elemento nuclear de la sociedad que hemos heredado sin importantes transformaciones.  Hoy estamos en el umbral de un nuevo concepto de automóvil, de la mano de la creciente incorporación de dispositivos de conducción asistida. Este término hace referencia a la posibilidad de que el vehículo nos ayude en maniobras como aparcamientos, detección de salida de carril, control de velocidad y distancia, etc., pero no describe el verdadero salto que se avecina: el coche sin conductor.

Aunque existen algunas dudas sobre si su implantación será inminente, Google lo prevé para dentro de 5 años. Más que un vaticinio, me parece una cautela ante las muchas incógnitas que quedan por despejar.

Una de ellas hace referencia al marco legal más adecuado para la ocupación del espacio público por parte de estos ingenios. Existen dudas sobre la responsabilidad en siniestros y sobre posibles infracciones viales, que acarrearán pleitos y denuncias hasta que se establezcan las reglas del juego. Estas reglas, sin embargo, no han de ser necesariamente restrictivas: a medida que se sumen evidencias sobre la reducción de accidentes vinculada a unos dispositivos que ni se cansan, ni ingieren alcohol, ni manipulan el móvil al volante, los gobiernos exigirán a fabricantes y ciudadanos la inclusión de estas tecnologías a bordo. En el extremo, podríamos llegar a la prohibición del coche operado por personas. No es descabellado, pues el obstáculo más difícil de sortear en la ruta será siempre la impredecible conducta humana. Ante el “si vives no conduzcas” los amantes del volante no cederemos fácilmente.

La segunda mayor dificultad, la tecnológica, no es insalvable, pero tampoco desdeñable.

Al guiar un vehículo, nuestro cerebro opera a varios niveles: desde el control básico para no salir del carril –fácilmente automatizable-, hasta funciones cognitivas abstractas como intuir que detrás de una pelota perdida aparecerá un niño, pasando por la interpretación del lenguaje natural escrito y la percepción de las intenciones de terceros, imprescindible en la negociación del acceso a zonas concurrentes no señalizadas. Estas últimas áreas, propiamente humanas, son objeto de importantes investigaciones recientes en inteligencia artificial, que si bien arrojan  resultados sorprendentes, comprometen en las computadoras una de las claves de su éxito: la predictibilidad.

Con todo, la conducción en vías públicas saturadas de tráfico es una realidad que diariamente enfrentan con éxito los Google Driverless Cars en California y Nevada, tras miles de kilómetros sin noticias de accidentes. En el segundo de estos Estados, ya se han aprobado leyes que permiten el tránsito de vehículos sin conductor. Este vídeo nos ilustra una bella experiencia.

Cabe esperar además un lícito debate sobre la conveniencia de una tecnología potencialmente destructora de empleo. Sin olvidar este riesgo, sabemos que quedarnos al margen del avance tecnológico es lo que más daño puede hacer a nuestra economía, mientras que las ventajas son numerosas:  reducción drástica de la siniestralidad, mejora y flexibilización del transporte público, movilidad para discapacitados, cierto alivio en los problemas de aparcamiento -el coche ya no ha de aparcar en el lugar de destino de la persona- y congestión -aumentaría el tráfico nocturno-, se facilitaría la compartición de vehículos, la reducción del consumo y, mediante buenas estrategias, el control de emisiones contaminantes.

Autor

Fabio Gómez Estern

En este blog el profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, despieza la actualidad desde una perspectiva dual: la tecnológica y la humana. En este análisis, basado en ensayos, publicaciones y eventos recientes, se trata de señalar qué productos de la ingeniería son susceptibles de modificar los usos sociales. Más que vaticinios, se aportan preguntas: ¿cómo y a qué ritmo se producirá este impacto?, ¿cómo debemos prepararnos para ello? ¿cuáles son las oportunidades que se abren? ¿Es preciso despertar el espíritu crítico e incluso oponer resistencia a dichos cambios? ¿Es, acaso, posible?

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