José Juan Romero durante la beatificación de Monseñor Romero

San Salvador / 23M: Monseñor Romero, beatificado

Ayer no se cabía en El Salvador. Y no me refiero solamente a las 300.000 personas que calculan asistimos a la ceremonia de la beatificación de Óscar Arnulfo Romero, pocos meses después de haber sido declarado oficialmente mártir. Ayer, no se cabía de gozo, de aumento de autoestima, de deseos de llevar a la práctica el legado de Romero; sobre todo estallaba de alegría el pueblo sencillo, esos pobres venidos de todos los rincones del país (junto a innumerables delegaciones y grupos de visitantes extranjeros), esos pobres que aportaron en la historia reciente del país tantos nombres y lágrimas al dolor colectivo por la lista de mártires que encabeza Romero.

Parecía un sueño, la gente no daba crédito a sus ojos.

Porque no se puede olvidar que a aquel gran profeta y mártir, rasgos de su vida por los que fue elevado a los altares, lo mataron los poderes fácticos de El Salvador por su lucha en defensa de la justicia, armado de fe en Dios y de amor al pueblo.

Si viviera, Romero hoy seguiría siendo en este país el defensor de los pobres, crítico y valiente, animado esta vez por la voz del papa Francisco que le ha beatificado y lucharía con más ahínco contra las enormes injusticias y desigualdades y contra la violencia delincuencial que azotan todavía este país (se calculan unos 20 asesinatos diarios).

Algunos de mis amigos de aquí echaron de menos en la ceremonia una mayor dosis de esos rasgos enérgicos de la voz profética de Romero, que no han perdido su vigencia…; en todo caso, quedémonos con lo positivo y confiemos en que este magno acontecimiento, represente un salto adelante para este pequeño y querido país. Además, la beatificación de Monseñor Romero se anuncia veladamente como precursora de una pronta canonización y de una posible beatificación de Rutilio Grande, el jesuita cuyo asesinato (con dos catequistas) en 1977 en Aguilares tanto contribuyó a inspirar el carisma profético de Monseñor.

A mí me tocó ocupar en la ceremonia un lugar privilegiado junto a más de 100 obispos y 1.400 sacerdotes concelebrantes. Y me decía, mirando a mi alrededor, que un país capaz de organizar con tanta eficacia y competencia un evento tan complejo y de esta magnitud, podría acometer muchas otras iniciativas tendentes a mejorar la distribución de la riqueza, a asegurar la cobertura de las necesidades básicas, a desterrar la corrupción, a parar la espiral de violencia entre las maras (ayer silenciosas y ausentes de la ceremonia) etc.

Al regresar a Córdoba dentro de unos días, llevaré muchos recuerdos de este histórico día; sin duda, me quedan grabadas en el corazón muchas imágenes de las largas horas que duró la celebración, en medio de un sol de justicia y un calor asfixiante. Me llevo también la estola roja con que nos obsequiaron a todos los concelebrantes: para recordar la sangre derramada el 24 de marzo de 1980, en aquella misa interrumpida inopinadamente por un disparo mortal al corazón del pastor, misa que ayer, se nos dijo, terminamos entre todos de celebrar.

En todo caso, a los amigos y amigas que me lean, les confieso que me emocioné mucho durante la ceremonia y que tuve muy presente, largamente, las intenciones de todas las personas que me pidieron que rezara, por mediación del nuevo beato; el pueblo le sigue llamando San Romero de América.

Autor

Jose Juan Romero SJ

Sacerdote jesuita, doctor ingeniero agrónomo y profesor emérito de la Universidad Loyola Andalucía.

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