Saber

Confesémoslo. Los profesores perdemos buena parte de nuestro tiempo discutiendo y preguntándonos qué es el saber. Hacemos categorías, decidimos qué saberes son más provechosos y duraderos, y acabamos enterrando, no sin sensación de culpa, los que tienen menos de utilitas que de humanitas.

Y esta cefalea viene de antiguo.  Para los griegos, el saber era más valioso cuanto más remota fuera su aplicación práctica. Los romanos lo dividieron caprichosamente en trivium y cuadrivium –y aún  no nos hemos librado de aquel corsé. Para el Islam fue esplendor y desarrollo, para los medievales, pecado, para los renacentistas, la imprenta, en el Barroco, poder, en la Ilustración, liberación, en el Positivismo, ciencia y progreso.

Llegó el siglo XX, y los físicos modernos dijeron que el saber clásico era todo espejismo, para los expresionistas fueron cadenas, y para los pedagogos finiseculares, sinónimo de saber hacer.

¿Y en siglo XXI? Un juguete roto, quizá. O un móvil en el bolsillo, eso es el saber. Si en Internet está todo, e Internet está en nuestro bolsillo, cada vez más accesible, ¿qué valor tiene aprender?

Quiero pensar que el saber que nos brinda Internet no anula nuestro conocimiento, sino que lo multiplica. Cada vez es más fácil buscar contenidos, pero no hay respuestas para quien no sabe formular las preguntas adecuadas.

El valor del saber

Una prosaica anécdota me ilustró recientemente este hecho. En una comida de amigos, un comensal dudaba si pedir cuajada o yogur. ¿Qué podría ayudarle mejor a reponerse de un trastorno digestivo?, se preguntó. Alguien contestó que dependía de si la cuajada poseía fermentos lácteos como el yogur. Esta última duda la zanjó Google con puntualidad y obediencia: la cuajada no procedía de fermentos lácteos y por tanto no poseía las bacterias necesarias para el restablecimiento de la flora.

¿Dónde está el valor del saber en este caso? Nadie sabía o recordaba en aquel momento la composición de la cuajada. ¿Es importante saberla? ¿Hubiera contestado Google a la pregunta inicial?, o hacía falta saber, al menos de la existencia y el cuidado de la flora bacteriana? En aquella ocasión todos teníamos información parcial del asunto, pero había que formular preguntas.

No sé si un día la inteligencia automatizada nos entenderá tan bien que no necesitemos verbalizar nuestros deseos ni formular sofisticadas preguntas para tomar buenas decisiones. Pero sé dos cosas: mientras ese día llegue, como en el ejemplo de la cuajada, Internet no será un inhibidor del saber sino un factor multiplicador del mismo. Y cuando llegue, podremos dedicarnos por fin a lo importante –la humanitas.

Autor

Fabio Gómez Estern

Año 2050. Sentado en un parque, un viejo profesor de ingeniería repasa mentalmente las revoluciones tecnológicas de la primera mitad del siglo XXI. Al hacerlo, se pregunta por las transformaciones sociales, culturales, económicas y medioambientales que éstas trajeron, y sobre el qué se pudo hacer. Alza la cabeza y cruza la mirada con un artilugio volador que en estático silencio levita frente a él. Ambos se adivinan el pensamiento. Este blog servirá al profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, de guía en ese viaje retrospectivo, en forma de diminutos 'breadcrumbs''.

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