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Con Rafa Yuste SJ durante nuestra estancia en Nador.

En recuerdo a Rafa Yuste SJ

Conocí a Rafa Yuste cuando nuestra Universidad Loyola nos dio la genial oportunidad de ir a la ciudad de Nador a impartir unas clases de excel en el Centro Baraka. Mi amigo Fernando era el otro afortunado, iríamos juntos a la ciudad marroquí y Rafa sería el que cuidara de nosotros allí.

Aún recuerdo el momento en el que nos recibió. En un día especialmente ajetreado en la valla de Melilla, él era compostura en ese caos. Al principio, me resultó serio. Qué equivocada estaba. Rafa era una persona con la energía, las ganas y la alegría que tanto le falta a muchos de los que se describen como “jóvenes”.

Había vivido en medio mundo, pero no le escuché ni una vez alardear de ello. Fernando y yo le pedíamos más y más historias. Un par de tardes juntos, tomando té en su salón, bastaron para entender que aquel señor había presenciado más episodios históricos que cualquier libro de Historia Contemporánea.

Rafa Yuste, compostura ante el caos

Recuerdo cuando, el viernes, día de rezo y de la limosna en la tradición islámica, Rafa nos animó a tomar un zumo de un puesto en la calle. Una calle desierta. A mí me apetecía mucho ese zumo y a Rafa también quería que lo probáramos. En un momento, se montó un revuelo en torno a Rafa que, tranquilo, sacaba la cartera y miraba qué monedas tenía. Una vez más, compostura en ese caos.

Nos llevó a comprar dátiles, a mirar libros en francés y árabe, a comer en un restaurante tan recóndito y pintoresco, que solo él podía conocer. Lleno de antigüedades, y con un sol que en febrero que era más que de agradecer, aún recuerdo con especial cariño ese almuerzo que él nos amenizó con sus humildemente contadas, pero impresionantes anécdotas.

Nos presentó a su peluquero; se disculpó al llevarnos a la tetería, de que yo fuera la única mujer en aquel sitio. Como si de él dependiera. Sufría con que, como siempre y pues en Marruecos también, mis fotos fueran de personas, desprevenidas o mirando, pero personas, de las que él temía que me dijeran algo. Por llevarnos, nos llevó hasta los despachos de la Embajada de España, “para que viéramos en la realidad cómo eran esas cosas que estudiábamos”.

Decía no tener prisa, pero era difícil alcanzarle el paso. Hablaba con todo el mundo y les regalaba su tiempo con gusto. Regateó en el zoco cuando le conté que le estaba cogiendo calcetines a Fernando porque había olvidado los míos y se llevó las manos a la cabeza diciendo que eso no podía quedar así. Las tardes, después de clase, tocábamos a su puerta y sabíamos que Rafa tendría algún plan atractivo para terminar juntos el día.

Quería que Aitana hubiera ganado la edición pasada de Operación Triunfo del año pasado y le disgustó que al final lo hiciera Amaia. Le parecía que el romance de esta segunda con Alfred era “demasiado ñoño”. Camino del Monte Gurugú cogía las curvas con una velocidad de vértigo que provocaban las risas de Fernando y mía. Son muchos los flashes que me saltan en el día de hoy desde que he recibido esta noticia.

Aún estoy en shock. Sigo sin entender por qué aquel señor tan entrañable, interesante y divertido nos dio tanto en tan poco tiempo y sin esperar nada a cambio. A mi me vale con su abrazo al despedirnos cuando nos dijo que éramos “buenos chicos”. Él fue un descubrimiento. Ojalá vivir la vida con la intensidad con la que él supo vivirla.

Texto escrito por Nerea Larrinaga Bidegain, estudiante del Grado en Relaciones Internacionales.

Autor

Loyola And News

Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía

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