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La psicología social estudia las relaciones entre el aspecto personal del ser humano.

Ciencia y psicología social ante las adicciones u otras patologías

Dentro del campo de las ciencias sociales y de la psicología, es muy significativa la materia de la psicología social. Esta disciplina que en este sentido nos abre a una psicología política, como se ha estudiado, es una materia que enlaza las disciplinas de la psicología con la sociología.

Ya que la psicología social estudia las relaciones entre el aspecto personal del ser humano, como puede ser su conciencia e inteligencia (emocional, afectividad…) o acción que es más propio de la psicología, y el social con las relaciones y estructuras sociales en donde se realiza la persona, más específico de la sociología.

Las cuestiones tratadas por la psicología social, con sus autores más significativas como S. Milgram, han sido popularizadas hasta llevarse a las pantallas del cine con la película “Experimenter”; con los dilemas éticos que acarreó el célebre experimento de Milgram, para investigar la obediencia a la autoridad. Junto a otros autores relevantes como G. H. Mead, S. Asch, P. Zimbardo o H. Tajfel, la psicología social ha mostrado como las relaciones, grupos y contextos sociales afectan e influyen en la conciencia y acción del ser humano, en los actos morales y sociales.

En general, las ciencias sociales en las que se inserta la psicología con sus clásicos como K. Marx o E. Durkheim y el mismo M. Weber, o ya en la época contemporánea con la teoría crítica y J. Habermas o A. Giddens, nos enseñan la importancia que en el ser humano tiene la vida social con sus sistemas culturales, económicos y políticos. A este respecto, es también clásico el estudio de Durkheim sobre el suicidio, que muestra los condicionamientos sociales y culturales sobre un problema, aparentemente individual, como es el suicidio.

Estas ciencias sociales con la psicología social, como ya nos mostró lo más valioso de la filosofía y del pensamiento con corrientes como las inspiradas por la fe o el personalismo, nos muestran la interrelación inseparable entre la persona y la comunidad social.

Ciencia y psicología social

Tal como afirma muy bien el Concilio Vaticano II,

“la índole social del hombre demuestra que el desarrollo de la persona humana y el crecimiento de la propia sociedad están mutuamente condicionados; porque el principio, el sujeto y el fin de todas las instituciones sociales es y debe ser la persona humana, la cual, por su misma naturaleza, tiene absoluta necesidad de la vida social. La vida social no es, pues, para el hombre sobrecarga accidental.

Por ello, a través del trato con los demás, de la reciprocidad de servicios, del diálogo con los hermanos, la vida social engrandece al hombre en todas sus cualidades y le capacita para responder a su vocación. De los vínculos sociales que son necesarios para el cultivo del hombre, unos, como la familia y la comunidad política, responden más inmediatamente a su naturaleza profunda” (GS 25).

La ciencia y psicología social nos muestra esta interacción mutua entre lo micro y lo macro (N. Elías), lo subjetivo y objetivo (Berger-Luckmann), el mundo de la vida y los sistemas (Habermas), la acción y la estructura social (Giddens), los hábitos y los campos sociales (P. Bourdieu).

De esta forma, por este inherente carácter social e histórico del ser humano, la patología y el mal personal cristaliza en estructuras sociales perversas e injustas que, a su vez, retroalimentan y propagan social e históricamente este mal en las comunidades y en el mundo.

El pensamiento latinoamericano con autores como los jesuitas I. Ellacuría e I. Martín-Baró (padre de la psicología social latinoamericana), junto al pensamiento social cristiano o doctrina social de la iglesia (DSI), nos muestran muy bien esta visión más social, estructural, global, crítica-ética, antropológica e histórica de la realidad.

En esta línea, es el conocido como pecado (violencia) estructural. Y, por contra, la gracia con sus dimensiones sociales e históricas, el amor civil y social, la caridad y solidaridad política en la opción por la justicia con los pobres que, a la búsqueda del bien común más universal, nos libera de dicho mal estructural. Tal como nos enseña este pensamiento y DSI, por ejemplo, San Juan Pablo II en su segunda encíclica socialSollicitudo rei sociales (SRS).

“Si la situación actual hay que atribuirla a dificultades de diversa índole, se debe hablar de « estructuras de pecado», las cuales —como ya he dicho en Reconciliatio et paenitentiase fundan en el pecado personal y, por consiguiente, están unidas siempre a actos concretos de las personas, que las introducen, y hacen difícil su eliminación. Y así estas mismas estructuras se refuerzan, se difunden y son fuente de otros pecados, condicionando la conducta de los hombres. «Pecado» y «estructuras de pecado», son categorías que no se aplican frecuentemente a la situación del mundo contemporáneo.

Sin embargo, no se puede llegar fácilmente a una comprensión profunda de la realidad que tenemos ante nuestros ojos, sin dar un nombre a la raíz de los males que nos aquejan… Existen unos mecanismos económicos, financieros y sociales, los cuales, aunque manejados por la voluntad de los hombres, funcionan de modo casi automático, haciendo más rígida las situaciones de riqueza de los unos y de pobreza de los otros” (SRS 36).

Las adicciones son síntomas de la despersonalización

El egoísmo e individualismo contemporáneo con sus ídolos de la riqueza-ser rico, del tener por encima del ser (SRS 28), del hedonismo y del poder se han plasmado en una estructura social, económica y política que genera una auténtica realidad de pecado estructural. Si como nos enseña la psicología y las mismas neurociencias, el ser humano está constituido por el amor y la cooperación solidaria en la responsabilidad por la justicia, y se le esclaviza con estas idolatrías que deshumanizan, entonces la persona se rompe y destruye, cae en el vacío existencial y en el sin sentido nihilista.

Las adicciones al alcohol u otras drogas, las toxicomanías, al sexo con  lacras como la pornografía o la prostitución y la misma pedofilia, a las nuevas tecnologías, las ludopatías o el consumismo son síntomas de esta despersonalización. Es efecto de la falta de sentido, la deshumanización y la ruptura de la persona. Al no realizar su vocación y misión en la vida que es todo este amor fraterno y compromiso solidario por la justicia, la persona se vacía existencialmente, niega su ser humano.

Se esclaviza con todos estos falsos dioses y se angustia, se deprime e incluso llega al suicidio, una auténtica plaga actual. Tal como ha estudiado la psicología social, sin toda esta identidad personal con los lazos afectivos de amor, sin los vínculos familiares, comunitarios, sociales y solidarios donde nos desarrollamos como personas: el ser humano se niega a sí mismo; no madura ni se realiza personalmente.

Como ya apuntamos desde la ciencia y la psicología social, estas adicciones y patologías u otros problemas actuales no son únicamente un asunto personal sino que están enmarcados en los contextos sociales, históricos, económicos y políticos. Existen unas clases-grupos sociales y una estructura (estratificación) social con unos poderes culturales, políticos, económicos, comerciales y financieros que dominan e imponen todas estas adicciones, consumismos y estilos de vida hedonistas e inhumanos.

Y todo ello para su lucro y ganancia, las adicciones o consumismo es su negocio, y para la manipulación de la conciencia. Ya que a este ser humano materialista-economicista, hedonista, consumista e individualista fácilmente se le deshumaniza, se le aliena y manipula para que no desarrolle un pensamiento y conciencia crítica, ética y social en la militancia solidaria por la justicia; frente a todo este mal, desigualdad, injusticia y deshumanización.

De esta forma, con este ser humano pasivo y sumiso ante todos estos poderes, los privilegios e intereses del sistema dominante quedan asegurados. El Papa Francisco nos transmite todo ello de forma clara, mostrándonos que, en la crisis que

“atravesamos y su origen, hay una profunda crisis antropológica: ¡la negación de la primacía del ser humano! Hemos creado nuevos ídolos. La adoración del antiguo becerro de oro (cf. Ex 32,1-35) ha encontrado una versión nueva y despiadada en el fetichismo del dinero y en la dictadura de la economía sin un rostro y sin un objetivo verdaderamente humano.

La crisis mundial, que afecta a las finanzas y a la economía, pone de manifiesto sus desequilibrios y, sobre todo, la grave carencia de su orientación antropológica que reduce al ser humano a una sola de sus necesidades: el consumo.

Mientras las ganancias de unos pocos crecen exponencialmente, las de la mayoría se quedan cada vez más lejos del bienestar de esa minoría feliz. Este desequilibrio proviene de ideologías que defienden la autonomía absoluta de los mercados y la especulación financiera. De ahí que nieguen el derecho de control de los Estados, encargados de velar por el bien común. Se instaura una nueva tiranía invisible, a veces virtual, que impone, de forma unilateral e implacable, sus leyes y sus reglas” (EG 55).

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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