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Ignacio José Martínez cuenta su experiencia de voluntariado universitario en Georgia

Haciendo camino más allá de la frontera en Georgia

Dice una leyenda local que, en aquellos primeros compases de la historia, en donde Dios decidió repartir las tierras nacidas de Su creación, pueblos y pueblos llamaron a la puerta para conseguir la mejor porción, todos hicieron cola, todos menos el pueblo georgiano. ¿La razón?

Algo obvia y puede que, vista desde fuera, muy andaluza: el pueblo georgiano estaba de fiesta, disfrutando de la vida que el Todopoderoso les había dado. Pero, llegado el último momento, se dieron cuenta que podían convertirse en un pueblo sin tierras donde crecer, y por ello decidieron ir a rogarle a Dios, con la mala fortuna de que todos los rincones del planeta ya habían sido repartidos.

Así, a última hora y con el ingenio que les caracteriza, se les ocurrió decirle al Padre que la fiesta era en Su honor, y que se uniera al banquete a lo que Dios, complacido, decidió corresponderles entregándoles esa última porción de tierra que quedaba, esa porción que no estaba destinada a ser entregada a ningún pueblo. Dios les entregó, dice la leyenda, el rincón de la creación que se había reservado para si.

Obviamente, el pueblo que hoy habita estas tierras lleva muy a pecho esta leyenda, y la verdad es que no les falta razón pues, visto desde fuera, es como una Suiza sin turistas, un paraje virgen inexplorado, en resumidas cuentas, y viéndolo desde los ojos de un español, Georgia es lo más parecido a una Asturias habitada por Andaluces.

A decir verdad, si no fuera gracias al carácter tan andaluz del pueblo georgiano, mi estancia aquí hubiera sido difícil, ya que en ningún momento (y eso que me mentalicé para ello) pude imaginar lo que viviría aquí. Creo, de hecho, que empecé a ser consciente de la locura que estaba haciendo cuando abrí la puerta del que sería mi hogar durante los dos meses siguientes.

No me preocuparon las 24 horas de vuelos o que el policía fronterizo casi no me dejara entrar en el país por la barba que llevaba. Lo que me hizo realmente darme cuenta de lo que me esperaba era ver una casa sin suelo, casi sin acabar. Lo que me hizo darme cuenta de lo que me esperaba era ver que todo lo que había vivido en el pasado no me valía, sino que cual selva, o me adaptaba o lo pasaría fatal.

Una vez cambiada la mentalidad, me encontré con que la gente aquí es como nosotros: increíblemente amables y abiertos (cuando intercambias un par de palabras con ellos, de partida son algo distantes), amigables, sociables, dicharacheros y risueños. De hecho, les encanta también la cerveza, viviendo mucho la calle, y siempre miran a la vida con una actitud positiva, pues aun sufriendo la situación que tiene su país, están muy orgullosos de su tierra (o sea sé, andaluces en toda regla).

Pero aun con ello, las similitudes no acaban aquí, también compartimos las cosas negativas, véase la impuntualidad y el desorden, por ejemplo, y el no hablar inglés aunque nos vaya la vida en ello, siendo aquí donde un forastero como yo empieza a tener problemas.

Teniendo como gran problema la barrera lingüística, difícil me fue en un principio ayudar en la ONG gracias a la cual llegué aquí. Al inicio me asignaron trabajar con los refugiados y extraer información de sus problemas cara a cara, pero obviamente, sin georgiano (o ruso) era tarea imposible. Tras ello, y tras sentirme algo inútil, me asignaron tareas de búsqueda de fondos, donantes y partnerships; a la par que me encargaban búsqueda de información relacionada con proyectos de desarrollo y lucha contra la pobreza en España, en aras de dar ideas y darle a los proyectos de la organización una visión multidisciplinar.

Situación en Georgia

Después de todo, la situación en Georgia no es que sea de las mejores. Ahogados por Rusia y a medias tintas con la Unión Europea, a este país caucásico (dentro del polvorín que es esta región del planeta) solo le queda el tratar de valerse por si misma, pues de hecho, la situación es más compleja de lo que nos parece en occidente.

Georgia, independiente desde 1991, ha visto en su territorio independiente hasta 5 guerras, limpiezas étnicas de todo tipo y una revolución popular, y el problema es que varios de estos conflictos sucedieron a la vez o se mantienen continuados en el tiempo. La guerra de Osetia de 1991-1992; las guerras de Abjasia de 1992-1993 y 1998; la guerra civil de 1991-1993 (entre seguidores de un presidente que se convirtió en un dictador y sus opositores); la revolución de las Rosas de 2003; y la guerra de 2008 son los exponentes de un gran problema continuo desde que la Unión Soviética decidió jugar con la estabilidad de la región.

A día de hoy, siguen estando vivos estos conflictos, ya que en Osetia la frontera es desplazada día tras día por los rusos y es imposible acceder al enclave (no me dejaron pasar el puesto militar, es ilegal); Abjasia sigue siendo independiente de facto gracias al apoyo ruso (es posible pasar, estuve en la frontera pero o sabes ruso y/o georgiano o no sobrevives, hablar inglés es lo peor que se puede hacer allí); y los desplazados por las guerras y los exiliados por las limpiezas étnicas en ambos enclaves, siguen viviendo en la más absoluta pobreza, lejos de su hogar.

¿Solución? Se antoja difícil. Georgia quiere volver a tomar el mando sobre las regiones ocupadas. Rusia quiere desestabilizar el Cáucaso para evitar su desarrollo y posible capacidad opositora a sus políticas. Georgia quiere entrar en la Unión Europea y en la OTAN para afianzar su democracia y su desarrollo económico. Rusia quiere seguir manteniendo su influencia sobre la puerta sur hacia su territorio.

Este es el resumen, y si volvemos a una solución solo hay dos: dejar de preocuparse por la secesión de ambos territorios y centrarse en el desarrollo de la democracia, sociedad y economía; y esperar a que el nuevo zar ruso encuentre la hora de su muerte. Ambas soluciones tendrán el mismo resultado, que viene a ser el fin del conflicto, y así lo entiende el gobierno georgiano pues, mientras que espera que el reinado de Putin toque a su fin, comprende que en el momento que ambos enclaves vean cuán desarrollado está el país del que se separaron, estos volverán a llamar a la puerta.

Aun así, mucho camino queda por recorrer para que Georgia pueda ser un país sin conflicto y el Cáucaso una zona tranquila, pues una vez que se resuelva el suyo, le quedará ejercer de observador del conflicto que tiene en el sur entre sus países vecinos, el conflicto del Nagorno Karabaj, un conflicto del que puedo decir tras mi viaje a ambos países, se antoja tan imposible de resolver (si no más) como el palestino-israelí, pero eso será otra historia que contar.

Texto y fotografías de Ignacio José Martínez Luque, estudiante del Doble Grado en Economía y Relaciones Internacionales.

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