La prohibición del uso del burkini en localidades de la costa francesa ha provocado diferentes reacciones.

El problema del Burkini, ¿cuando nos volvemos intransigentes?

En general el verano es pobre en hechos noticiosos, aunque este verano ha sido un diferente: las Olimpiadas de Río de Janeiro han llenado las portadas de los diarios y han generado largos minutos de los telediarios. Además de las Olimpiadas hemos podido ver, como si fuera una larga teleserie, las negociaciones para formar gobierno en España.

Entre las Olimpiadas y la teleserie política hay una noticia que ha destacado en la temporada estival: la prohibición del uso del burkini en algunas localidades de la costa francesa.

Sobre la prohibición del burkini

Hace poco más de diez años, una diseñadora australiana de origen libanés, Aheda Zanetti, inventó el burkini. La idea era adaptar el burka para que las mujeres se pudieran bañar sin trasgredir los preceptos religiosos de quien lo usa. El burkini, pese a su nombre, no es lo mismo que el burka: no cubre los pies ni las manos y deja ver la cara. Lo interesante de la prenda es que es lo que una mujer musulmana usaría en la vida diaria, pero adaptada a otro contexto.

Durante el mes de agosto,  la alcaldía de Cannes, en la Costa Azul francesa, decidió prohibir el acceso a las playas y el baño a todas las personas que no respeten las buenas costumbres y la laicidad, así como las reglas de higiene y seguridad[1]. La infracción a esta normativa implica una multa de 30 euros. En definitiva, se prohíbe el uso del burkini. En poco tiempo otras alcaldías se han sumado a la normativa de la alcaldía de Cannes.

El tema ha generado tal controversia que el primer ministro francés, Manuel Valls, ha dado su apoyo a los alcaldes que han prohibido el burkini. Para Valls la prenda no es compatible con “los valores de Francia y de la República”. A esto agrega que “las playas, como todo espacio público, tienen que preservarse de toda reivindicación religiosa… el burkini no es una nueva gama de bañadores, una moda. Es la traducción de un proyecto de contra-sociedad, fundado entre otros en el sometimiento de la mujer[2].

Discernir el problema sobre el burkini

¿Cómo poder discernir lo correcto en sociedades complejas, pluralistas y laicas como las nuestras? Obviamente esta pregunta tiene un trasfondo esencialmente ético, pues intenta buscar ciertos mínimos éticos desde donde se puede convivir y construir una sociedad pluralista e inclusiva. Uno de los argumentos utilizados en contra del uso del burkini –tal como ha señalado el ministro Valls- pone el acento en que la utilización de la prenda es una manera de someter a las mujeres; es la manera como los hombres musulmanes someterían a las mujeres al obligarlas a usar una prenda que las cubre totalmente.

Pero este argumento es complejo. Muchas mujeres musulmanas afirman y no se ve por qué no se les debiera creer- que cubrir el propio cuerpo (y aquí no estamos hablando de los extremos, como el burka, sino de la decisión de utilizar algún tipo de velo islámico como el hiyab) es una decisión personal que ha sido tomada libremente. Frente a esta posición muchos contraargumentarán que es difícil que las mujeres musulmanas puedan tomar libremente una decisión al respecto, pues las presiones sociales son muy fuertes.

Ahora bien, el mismo argumento se puede utilizar en contra de las modas occidentales. En definitiva, el argumento utilizado recuerda mucho la distinción entre libertad negativa y libertad positiva, considerando la primera como la falta de impedimentos para realizar una acción y la segunda como el autodominio y la autorrealización.

En la argumentación de Valls se corre el peligro de que sea un grupo de personas –en este caso el Estado- quienes sean los que verdaderamente sepan cuál es la autorrealización de las personas pasando por alto sus preferencias y decisiones personales.

Un segundo argumento de los detractores del burkini tiene relación con el “laicismo”. Es lo que afirma Valls cuando dice que todo espacio público debe preservarse de toda reivindicación religiosa. El laicismo o secularismo –que estrictamente no son lo mismo, aunque los usamos como sinónimos- plantea, resumiendo mucho, la separación de Iglesia y Estado, por una parte, y la vivencia y práctica privada de las convicciones religiosas, por otra.

Es decir, por un proceso histórico que se ha vivido mayoritariamente en Occidente –aunque no de manera igualitaria en todas las sociedades occidentales- se ha separado la esfera pública de la privada. A la segunda pertenecería la religión. Así, toda persona puede vivir sus creencias, pero en la esfera privada. En la esfera pública, en cambio, se espera que las personas tengan un comportamiento “neutro”; es decir, que no manifiesten sus creencias religiosas.

La idea que hay detrás del laicismo es que el Estado debe ser completamente neutro frente a las creencias religiosas de la gente que conforma la sociedad y, además, debe asegurar que esta neutralidad se manifieste en la esfera pública.

La separación de Iglesia y Estado, así como la distinción de esferas, es algo correcto y necesario en sociedades pluralistas y diversas como las nuestras. Pero –y he aquí el punto importante- los ciudadanos religiosos, así como los no religiosos, debieran tener el derecho de expresar sus convicciones religiosas en el espacio público.

Acoger el pensamiento religioso en la esfera pública no es importante solamente por un ejercicio democrático y de tolerancia hacia las creencias del otro; hay algo más: no privarse de importantes reservas para la creación de sentido que son significativas para la sociedad y la convivencia común. Esto no significa volver al pasado, sino dar un paso hacia el futuro, hacia una convivencia de tolerancia activa sustentada en el diálogo democrático y en respeto de los derechos de cada uno.

Cuando negamos al otro la expresión de su identidad –religiosa o no- lo que hacemos es decirle que no pertenece a nuestra comunidad y que su concepción de mundo no tiene cabida en la nuestra. Es posible que uno de los errores del laicismo sea la incapacidad de aceptar un solo tipo de discurso dentro de la sociedad: el propio. Aquel que detenta un discurso diferente queda excluido.

La neutralidad del Estado se debiera entender desde los tres principios de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad. Libertad para expresar libremente las propias identidades y diferencias. Que el Estado trate todos discursos –sean religiosos, agnósticos, ateos-, dentro de los principios democráticos, con igualdad: todos pueden aportar en la construcción de la sociedad y aportar sentido a ella. Por último está la fraternidad: más allá de las distintas comprensiones de mundo todos nos podemos encontrar como parte importante de una sociedad que se construye entre todos.

***

[1] En: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/12/actualidad/1471003957_038249.html

[2] En: http://internacional.elpais.com/internacional/2016/08/17/actualidad/1471424814_656670.html

Autor

Ignacio Sepúlveda del Río

Ignacio Sepúlveda del Río es profesor del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. A través de este cuaderno, comparte con la comunidad universitaria su reflexión y análisis sobre temas de actualidad, de manera que podamos profundizar con nuestra mirada, más allá del posibilismo inmediato, hacia horizontes de vida digna y buena.

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