Agenda

Noticias

Sevilla

Córdoba

Privacidad (y 3)

En las entradas anteriores nos preguntábamos sobre las amenazas a la privacidad derivadas del desarrollo tecnológico, y en dicha búsqueda encontrábamos elementos de dos categorías: los que ocupan el espacio público, con la videovigilancia como máximo exponente, y los que se despliegan en el ciberespacio: la recogida de datos en el seno de las comunicaciones digitales.

Sin embargo la cuestión fundamental no reside tanto en la naturaleza de las amenazas como en las alternativas a la situación y la conveniencia de protegerse. En efecto, la preocupación por la privacidad es una cuestión cotidiana, callejera, y sin embargo raramente entendemos qué daño nos puede causar tanta visibilidad de cara a empresas, gobiernos, y terceros.

Entendemos que los adolescentes corren un grave riesgo al exponer su vida íntima en la red, aportando su ingenuidad o inocencia a las garras del predador enmascarado. Pero una persona adulta que sólo envía emails, expone sus preferencias o ideología, cuelga sus fotos de viajes, felicita por cumpleaños, compra en la red, o busca consejo médico, ¿corre algún peligro?

Los peligros

Los peligros de la privacidad en internet van más allá de la propia incomodidad que nos produce un ojo indiscreto y oculto. En primer lugar, el relato digital de nuestra vida es casi imperecedero. Cualquier amistad pasada inapropiada (aunque no lo sepamos, como sucedió al político Núñez Feijoo), error vital, deuda o inversión fracasada puede convertirse en un elemento público imborrable, para el que ya no cuentan nuestros esfuerzos por enmendarlos.

En EEUU existe un registro público de agresores sexuales que permite ubicarlos dentro cualquier vecindario. Los nombres no se publican pero investigando en los domicilios sería fácil conseguirlos. No dudo del derecho de las familias de disponer de la máxima información antes de exponerse al riesgo de la vecindad de los agresores, por lo que no termino de pronunciarme, pero tengo la sensación de que cualquier caso, aunque haya sido juzgado erróneamente, acarrea una condena vitalicia al insoportable aislamiento social. Sin garantías judiciales ni posibilidad de revisión.

El segundo peligro es el que nos condena a ser el eslabón más débil en el mercado de intercambio de bienes y servicios, públicos o privados.

Efectivamente, en los mercados de competencia perfecta el valor de un bien es el resultado de unos proveedores compitiendo por ofrecer el menor precio posible (a igualdad de calidad) y de los consumidores compitiendo, quizá inconscientemente, por ofrecer el mejor pago posible por los recursos escasos. Una vez llegado al consenso entre ambos grupos, al precio de equilibrio, éste se aplica de forma transparente a todos. ¿Seguro?

Consumidor

No tanto. La competencia perfecta sólo existe cuando la disponibilidad de información es total en ambas partes. El juego se desequilibra cuando la información que el vendedor posee sobre el comprador es abrumadoramente superior a la que el comprador posee  -información asimétrica-.

En tal caso, las alternativas económicas más favorables para el cliente (las de mayor utilidad), dejan de estar disponibles porque reportan menor margen al proveedor. Una empresa con la suficiente capacidad de análisis sabrá cobrar más caro al que más lo necesita. Si hay alguna duda sobre este principio, basta consultar las tarifas de los seguros médicos.

Lo que logra Internet es individualizar a los posibles consumidores (de bienes privados o públicos) categorizándolos, de modo que un potencial mejor cliente (el de mejores recursos) es probable que reciba mejores ofertas o mejor servicio postventa por el mismo precio.

Siendo razonable que un conductor sereno y cuidadoso pague menos por su póliza, la sectorización proveniente del volumen de información disponible tiene un efecto peligroso en la economía doméstica, a base de desagregar los consumidores, aislándolos, dinamitando su capacidad de negociación y cerrando la puerta a lo que antes disfrutábamos como la bondad de la protección social.

Si esto sucede al mismo tiempo en que los proveedores se consolidan y concentran en pocas marcas la mayor parte de recursos, servicios, y ahora información, la protección al ciudadano está en horas bajas. Esta cuestión la aborda con gran tino a la vez que imparcialidad ideológica el economista y profesor de Harvard Michael J. Sandel, en su libro What Money Can’t Buy: The Moral Limits of Markets, cuando analiza el frívolo juego subyacente al mercado de seguros de vida.

La película Moneyball, basada en hechos reales y protagonizada por Brad Pitt, ilustra magníficamente las ventajas que se obtienen en un entorno competitivo (en el que todos estamos), por el mero hecho de poseer más datos que el adversario y los algoritmos adecuados para su proceso: gracias a ello los modestos Oakland Athletics lograron una racha histórica de victorias en la liga de béisbol estadounidense – y cambiaron para siempre la filosofía de fichajes.

Medios digitales

Incluso fuera del ámbito económico, hay una implicación del proceso tecnológico todavía de mayor calado: multiplica el poder del gobernante. Efectivamente las fuerzas de seguridad que detentan la violencia legítima en nombre del estado cada vez poseen mejores medios digitales para facilitar la persecución y prevención del crimen.

En Toronto, Canadá, se ha dotado a los vehículos de policía de un sistema de conexión a bases de datos y software de Business Intelligence desarollado por IBM para estimar con datos estadísticos la posibilidad de que un sospechoso haya sido culpable de un crimen. La sola presencia en las inmediaciones del delito de ciertas personas que responden a perfiles recogidos en redes sociales pueden sugerir su detención. En pocas palabras, la posibilidad de un oráculo del crimen al estilo de Minority Report se hace cada vez más patente.

Aquí el riesgo está no en que un ciudadano sospechoso pueda ser detenido, sino en que los sistemas de vigilancia del gobierno, por su naturaleza digital, escapan fácilmente a toda regulación por su invisibilidad, permiten su uso indiscriminado –es decir, no dirigido por ninguna investigación judicial- y, no olvidemos, tarde o temprano los manejan personas con igual capacidad de errar e incluso delinquir, ahora con una potente arma en la mano. Nunca una asimetría exagerada entre el estado y el ciudadano ha favorecido el sistema democrático.

Como concluye el sociólogo canadiense David Lyon, autor de numerosos ensayos sobre la vigilancia digital, todos estos procesos afectan o afectarán profundamente a nuestras opciones vitales, y conviene tomar conciencia de ello para exigir el rendimiento de cuentas y las limitaciones necesarias a las entidades poseedoras de la información, de modo que nunca se use en menoscabo de la justicia y la garantía de derechos ciudadanos y sociales.

Sobre el qué podemos hacer para limitar el acceso privilegiado a la información ciudadana, cabe citar a Zygmunt Bauman, otro sociólogo, reciente acreedor del premio Príncipe de Asturias. Afirma Bauman que el poder derivado de la globalización de la  moderna sociedad líquida -un concepto introducido por él- es internacional, dado que las finanzas transitan por el mundo ajenos a cualquier frontera, mientras que la acción democrática está circunscrita al ámbito local. Y que la única vía que reuniría el poder con la política – la aspiración fundamental de toda democracia- es la de la acción global.

Los datos también tienen esa naturaleza fluida. Atraviesan fronteras con mayor ligereza aún que los capitales, y por tanto la protección debe abordarse desde el punto de vista global, ya que la tarea de toda agencia de protección nacional se desmorona cuando los datos de los usuarios traspasan las fronteras o directamente se crean en el exterior.

En este sentido sabemos que Internet nos puede traer a casa un formulario en el que rellenamos unos datos, sin necesidad de que la máquina donde se alojen los datos esté instalada en nuestro país. Por tanto nada más que se genera la información (de una compra, de un post como el de este blog), ya está en el extranjero y nada podemos hacer para su control.

Cabe pensar que empresas como Facebook, que finalmente hacen negocios en España, poseen un CIF y están sujetas al control local tienen más dificultades para comerciar con nuestros datos, pero llama la atención que en las cláusulas de acceso al servicio figure nuestro consentimiento para que nuestros datos se transfieran a Estados Unidos. Además es probable que nuestra información, una vez allí, no tenga la misma protección legal que si fuéramos residentes. Otras empresas con sedes en países insospechados lo tienen aún más fácil.

No soy inclinado al fatalismo, por lo que un destierro autoimpuesto al margen de la realidad social de Internet me parece inconcebible. Pero como individuos, debemos tomar conciencia de las implicaciones de nuestros actos. Cuando me conecto, no puedo evitar oír una voz interior que me aconseja, como en tantas películas policíacas, de este modo: “Tiene derecho a permanecer callado. Cualquier cosa que teclee a partir de este momento podrá ser utilizado en su contra”.

Además de la necesidad de conciencia y sentido común como usuarios, también contamos con determinados medios tecnológicos para protegernos, como son las redes privadas virtuales (VPN), un antiguo recurso telemático que últimamente ha incrementado su mercado gracias a su capacidad de ocultar las direcciones IP de los navegantes. Otra estrategia es la diversificación de proveedores: emplear buscadores de Internet alternativos, cambiar de operador de móvil y ADSL cada cierto tiempo, renovar las cuentas email, etc.

Pero no basta con esto. Es preciso que las autoridades participen en la protección de datos, a través de una acción globalizada como sugería Bauman ¿alguien sabe por dónde empezar?

Autor

Fabio Gómez Estern

En este blog el profesor Fabio Gómez Estern, director de la escuela de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía, despieza la actualidad desde una perspectiva dual: la tecnológica y la humana. En este análisis, basado en ensayos, publicaciones y eventos recientes, se trata de señalar qué productos de la ingeniería son susceptibles de modificar los usos sociales. Más que vaticinios, se aportan preguntas: ¿cómo y a qué ritmo se producirá este impacto?, ¿cómo debemos prepararnos para ello? ¿cuáles son las oportunidades que se abren? ¿Es preciso despertar el espíritu crítico e incluso oponer resistencia a dichos cambios? ¿Es, acaso, posible?

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Últimas noticias