Peter-Hans Kolvenbach

Recuerdos personales del padre Peter-Hans Kolvenbach

El sábado 26 de noviembre fallecía en Beirut el padre Peter-Hans Kolvenbach, que fue superior general de la Compañía de Jesús desde 1983 hasta 2008. La prensa ha publicado mucha información sobre su vida. Esta breve nota recoge algunos recuerdos míos, muy personales, del trato con él.

Las primeras veces lo encontré en ocasiones aisladas. En 1984 fui a Roma; él estaba recién nombrado general y yo comenzaba como rector en la Universidad Pontifica Comillas. Poco antes de la Congregación General 34 coincidimos en reuniones de un grupo al que se encargó preparar material previo de trabajo. Cuando en 1995 esa Congregación General se reunió en sesión plenaria me sorprendió que escuchó a todos e intervino solamente en muy pocas ocasiones señaladas. Lo encontré después ocasionalmente en otras varias reuniones. Pero los años de trato más intenso fueron los seis años que pasé en Roma, de 1998 a 2004.

Kolvenbach no se prodigaba en vida social. Atendía a visitas y actos de la Compañía de Jesús y reducía al mínimo posible otros encuentros. En la comunidad de la Curia no se dejaba ver mucho. En el comedor de comunidad lo veíamos muy pocas veces. Desayunaba y cenaba muy temprano. Ya más avanzada la mañana lo vi a veces después del briefing tomar de pie una taza de café. A mediodía comía casi siempre aparte en un pequeño comedor en el que recibía, como invitados, a provinciales, obispos, embajadores, a jesuitas que venían de todo el mundo. En ese pequeño comedor se prolongaba a veces la comida con una conversación de sobremesa.

En su vida en la Curia era enormemente austero. Pasaba los inviernos con una permanente bronquitis y no consentía que le cuidasen mucho la salud. Sus vacaciones de verano eran de un día en el que salía muy temprano de la curia y lo llevaban en coche a una casa en los Abruzos. Allí llegaba a hora de desayunar, conversaba un poco con todos, descansaba un rato y volvía a Roma por la tarde, el mismo día. En verano, al caer la tarde, lo veíamos pasear, él solo, un rato por la terraza.

Kolvenbach se levantaba muy temprano y celebraba privadamente la Eucaristía en rito armenio, en una pequeña capilla anexa a su despacho. Estaba bien informado sobre lo más importante de la política mundial. En momentos muy difíciles para la Compañía, supo llevar con suma delicadeza y acierto las relaciones con la Santa Sede. Conocía los nombres de muchos jesuitas, los cargos que habían desempeñado, las misiones para las que eran más aptos. Una parte muy importante de su tiempo la dedicaba a estudiar la correspondencia muy extensa  que llegaba sin parar de todas las provincias de la Compañía –carpetas llenas, muy gruesas– y preparar indicaciones para la respuesta. Como hombre de estudio, universitario, le gustaba reservarse el tiempo de la tarde sin visitas y se aislaba para leer y preparar documentos de trabajo. Como resultado de ese estudio conocía hechos y publicaciones muy interesantes de la historia de la Compañía, que salpicaban después sus homilías e intervenciones. Como general pronunció en universidades de la Compañía de Jesús veinte discursos, que siguen siendo fuente de reflexión y orientación.

De lunes a viernes, cada mañana el padre Kolvenbach acudía a la sala de reuniones a las siete y media y esperaba allí hasta las ocho examinando documentos. Sabíamos que en ese rato estaba accesible por si teníamos que comentarle algo. Desde las ocho hasta las ocho y media, terminando muy puntualmente, celebraba una reunión –briefing– con sus consejeros. Aprovechaba esos encuentros para informar sobre encuentros y visitas que había hecho o le habían hecho y pedía parecer sobre asuntos pendientes. También los consejeros presentábamos ahí informes escritos, especialmente cuando volvíamos de un viaje al que habíamos ido con alguna misión especial. Asimismo el padre Kolvenbach nos sometía allí a revisión las cartas o los documentos que después se enviaban a toda la Compañía. Casi siempre se hablaba en italiano pero él preparaba los borradores en francés, en una antigua máquina de escribir a la que siempre le decíamos que tenía que ponerle una cinta nueva. En ese círculo reducido se desenvolvía con mucha familiaridad y alegría con nosotros.

A los que trabajábamos con el padre Kolvenbach él nos trató con exquisita delicadeza y nos apoyó en todas las dificultades que encontramos. Cada semana teníamos con él media hora de despacho. Si además surgía algún asunto que requiriese respuesta más rápida le dejábamos una nota escrita a su puerta. Si la dejábamos por la mañana, a la tarde teníamos respuesta; si la dejábamos por la tarde, estaba respondida antes de las ocho de la mañana. Un jesuita de la Curia me contaba que, por encargo del padre general, preparó unos estatutos para una de las actividades apostólicas. Este jesuita trabajaba hasta tarde por la noche y dejaba lo que había preparado en la puerta del padre general. A las ocho de la mañana siguiente lo recogía ya revisado y continuaba.

Cuando se le aceptó su renuncia, el padre Kolvenbach volvió a Beirut a colaborar en la Universidad Saint Joseph, como había hecho muchos años antes. No era el lugar más fácil, pero allí quería volver. Allí lo ha llamado el Señor. Yo doy gracias al Señor por haberlo conocido de cerca y por haberme enseñado en la fibra humana del padre Peter-Hans Kolvenbach como se puede, desde la mayor sencillez, dar un gran ejemplo y rendir un incansable servicio de entrega a la Iglesia y a la Compañía.

Autor

Guillermo Rodríguez Izquierdo SJ

Guillermo Rodríguez-Izquierdo es físico y jesuita. Trabaja en la Universidad Loyola Andalucía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Calendario de Eventos

« Jul 2017 » loading...
Lun Mar Mie Jue Vie Sab Dom
1
2
3
4
5
6
7
8
9
10
11
12
13
14
15
16
17
18
19
20
21
22
23
24
25
26
27
28
29
30
31