El vicedecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Loyola Andalucia, Pedro Rivas.

Pedro Rivas: “La diferencia entre Europa y los EE.UU. es que este país suele reaccionar con unidad de criterio, y los europeos, no”

El despacho del vicedecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Loyola Andalucía es muy peculiar: un gran mapa de Beirut y otro de Israel y Palestina ocupan la pared más amplia. En la estantería, la foto de un carro de combate destrozado en un campo de batalla de Oriente Medio llama poderosamente la atención. Sobre su mesa, libros y documentos con membretes de organismos oficiales, y otros con logos de universidades nacionales e internacionales ocupan la totalidad de su superficie. Apenas sí queda espacio para el teclado y el ratón del ordenador. Pedro Rivas Nieto es doctor en Ciencias de la Información por la Universidad Pontificia de Salamanca y Master en Relaciones Internacionales por el Instituto Universitario Ortega y Gasset de Madrid, y también actúa como asesor de organismos de seguridad, de candidatos electorales y de gobernantes. Con él hablamos sobre Oriente Medio e Iberoamérica, dos zonas del mundo actualmente en primera plana.

Pregunta: En 2011 gran parte de la sociedad occidental acogió con alegría las revueltas que se estaban produciendo en el mundo árabe. Decían que la ‘Primavera Árabe’, como se la llamó, llevaría la democracia a aquellos países. Hoy, si analizamos país por país, nos cuesta encontrar la democracia, más bien vemos países destrozados (caso de Libia) y gobiernos autoritarios (caso de Egipto). ¿Por qué no ha triunfado la democracia en el mundo árabe? ¿Fue realmente la ‘Primavera Árabe un movimiento popular o había otros intereses?

La Primavera Árabe fascinó a buena parte de los occidentales, especialmente a sus opinadores profesionales, que pensaban que quienes se echaban a las calles pidiendo libertad, formaban la mayoría de la población, y pedían además un concepto occidental de libertad. Se insistía en que en las redes sociales los jóvenes árabes incitaban a tomar las calles para construir una verdadera democracia (de nuevo, al modo occidental). Pero al final, ni libertad al modo liberal, ni democracias de verdad, sino gobiernos en el norte de África formalmente democráticos y netamente autoritarios (como el egipcio), o destruidos (como en Libia), y los cambios en la Península Arábiga fueron inexistentes o devinieron en guerra, como la de Siria.

Hubo espontaneidad en las revueltas, al menos en los orígenes, pero ni las convicciones democráticas eran tan grandes, ni mayoritarias, ni había suficientes fuerzas como para demoler las estructuras autoritarias previas. Al final, en Egipto, por ejemplo, no fueron los demócratas quienes acabaron con el régimen de Mubarak y vencieron en las urnas, sino los Hermanos Musulmanes, depuestos poco después en un golpe de Estado. Teniendo en cuenta que, entre otras cosas, los países árabes están enfrentados entre ellos desde la desmembración del Imperio Otomano y que en la actualidad se vive una situación de guerra fría en la región, las Primaveras Árabes fueron flor de un día, objeto de debate en las universidades europeas y estadounidenses, o en los medios de comunicación.

Pero al final, ni siquiera Túnez (el origen) se libró, porque es verdad que cambió el Gobierno y se moderó, pero los yihadistas más peligrosos y radicales empezaron a ser tunecinos y la seguridad del país empeoró con los cambios.

Vemos como Turquía, Irán y Arabia Saudí están luchando en el campo de batalla (Siria, Yemen, Irak) y en el diplomático, por ser la potencia hegemónica de la región. ¿Cómo ve esta situación? ¿Cómo puede afectarnos a Europa?

¿Cómo la veo? Grave, preocupante. Y lo peor es que no tenemos experiencia previa medianamente sólida de cómo podría afectarnos. Es decir, Arabia Saudí siempre ha intentado capitanear al mundo árabe, lo mismo que Egipto, y a esa relación tensa estamos acostumbrados. Forma parte del ‘estado de las cosas’ desde el orden construido en la región tras la Primera Guerra Mundial y las independencias posteriores al desmembramiento del Imperio Otomano. Pero ahora parece modificarse ese estado natural.

Turquía es un país musulmán, pero no árabe (los turcos descienden de los seljúcidas, son asiáticos) en el que, por vez primera desde los tiempos de Kemal Ataturk, los islamistas parecen tener más fuerza que el Ejército, laicista siempre (no digo laico, digo laicista y garante del laicismo manu militari), y Erdogan ha construido, dentro de la ley, un sultanato mediooriental con aspecto formal de república presidencialista. Ha purgado a las fuerzas armadas, a la policía, a los jueces, a las universidades, ha diezmado a la oposición, y se arroga la legitimidad de construir un nuevo poder imperial en la región, en el país tradicionalmente más moderado del área, y pieza clave en la estrategia de la OTAN para la zona.

Al mismo tiempo, Irán es un país musulmán, pero chií (no sunní, como Arabia Saudí)  y tampoco es árabe, porque su población es irania, también de origen asiático (salvo los tres millones de árabes que viven en la zona fronteriza con Irak del Juzestán, lo que en español llamábamos siempre Arabistán, pero cuya  lealtad nacional es iraní). No parece probable que a corto plazo pueda imponerse uno de esos tres países como potencia clave de la región, pero sí que se encrespen aún más los ánimos porque están interviniendo militarmente, con claridad o de tapadillo, en los conflictos de Yemen o de Siria. Hace pocas semanas estallaba la crisis en la Península Arábiga por la reacción saudí, avalada por un puñado de emiratos, contra Qatar por su apoyo al terrorismo, por ejemplo, ante el desconcierto estadounidense y europeo.

La diferencia entre Europa y los Estados Unidos es que este país suele reaccionar con unidad de criterio, y los europeos, no. Los países europeos hacen grandes declaraciones, pero suelen actuar poco, y en situaciones como las que aquí mencionamos, prefieren que se embarquen otros, como los Estados Unidos, que actualmente se embarcan poco. Por eso, ante la pregunta inicial, de cómo podría afectarnos a los europeos una situación como la mencionada, la respuesta es que apenas tenemos idea clara.

Se ha desatado una gran euforia tras la toma de Mosul por parte del ejército iraquí. Pero la victoria ha llegado tras 265 días de combates, ha costado. De hecho, el Daesh no está derrotado. ¿En qué fase entra ahora esta guerra, qué podemos esperar?

Las guerras contemporáneas tienen una naturaleza compleja, no tanto por la teoría en la que se sustentan, como por su ejecución. Está todo revuelto, sin claras líneas de frente, ni combatientes definidos, ni delimitados campos de batalla, ni distinción entre qué es objetivo legítimo o ilegítimo, o qué reglas de la guerra se van a aplicar. Es claro en el papel, en los tratados y en los documentos. No lo es en la realidad.

El Daesh no está derrotado del todo porque combate de forma ‘ilícita’, es decir, sin reglas, demoliéndolas constantemente, y eso le da ventaja táctica, aunque la capacidad de empleo de la fuerza de quienes lo combaten sea mejor. Por ejemplo: si secuestra población civil para emplear a esas gentes como escudos humanos justo en donde están sus militantes, para los soldados que los combaten es más difícil bombardearlos, aunque sea un objetivo legítimo, porque saben que hay civiles que van a morir. Si en los edificios en donde el Daesh sitúa francotiradores, que serán abatidos por la artillería para permitir el avance de las tropas, se obliga a varias familias a quedar so pena de ser ejecutadas por el Daesh si intentan escapar, se ralentiza el avance de las tropas, porque a cualquier soldado normal, o a cualquier oficial, le surge la duda de qué hacer, y cómo, aunque sea un objetivo legítimo.

Por eso se hace más lento el triunfo, no hay derrotas clásicas, ni quizá batallas decisivas, tal y como se estudia en la polemología, en los estudios de la guerra. Pero sí batallas importantes, como la de Mosul, tanto por el efecto propagandístico, como por el militar y económico.

Se entra ahora en una fase de debilitamiento progresivo del Daesh, de acogotamiento, y de agotamiento, que hará que el Daesh saque su ‘guerra’ del campo de batalla de Irak y la lleve fuera, probablemente a Europa, en forma de terrorismo. Es decir, al ser vencido en su territorio natural, saca su violencia a tierras lejanas para debilitar la unidad de quienes lo combaten. Será probable que asistamos a nuevos atentados del Daesh en Estados Unidos o en Europa (más en Europa), y en ciudades africanas y asiáticas no porque este grupo sea muy fuerte, sino porque está debilitándose. Mantener un frente militarmente es difícil; poner una bomba en un aeropuerto, atropellar a media docena de viandantes en una calle, o acuchillar a los pasajeros del metro, es fácil. Por ello, lo probable es esperar cierto recrudecimiento del terrorismo a medida que militarmente se debilita (que no se diezma) al Daesh.

Más de seis años de guerra en Siria. Se está viviendo un drama humanitario del que la sociedad de aquel país tardará en recuperarse. Con tantos intereses en juego, ¿cree que la solución llegará por la vía militar o por la diplomática?

Creo que, a corto plazo, la solución no llegará de ninguna forma. Eso mantendrá la actual sangría, quizá reducida, pero avanzando. Y, a un plazo lejano, no soy capaz de adivinar por dónde vendrá. Sería un gran mentiroso si dijera lo contrario. Lo que se adivina en el horizonte es que sin bombardeos rusos, hoy por hoy, no puede debilitarse al Daesh ni a grupos con vocación autoritaria contrarios al actual Gobierno; con bombardeos rusos, se debilita a la oposición democrática al régimen de Al Asad y se lo refuerza, lo cual dificulta unas justas, o al menos razonables, conversaciones de paz para que el país tenga cierto carácter democrático.

Sin intervención estadounidense será difícil impedir que los rusos organicen por su cuenta y riesgo el futuro del país, que será conveniente para sus intereses clásicos de contar con salida natural al Mediterráneo, como hubiera querido Pedro el Grande. Y con participación estadounidense será difícil contar, salvo que estando las cosas entre Trump y Putin como están, los EE.UU. se avengan a conceder cierta ventaja a Rusia. Esta nueva etapa de guerra fría, de incertidumbre en la región, dificulta aún más hacer previsiones. Lo único seguro es que continúa el desplazamiento de población, las rutas ilegales para los refugiados, y la muerte de población civil. Los augurios son malos.

América del Sur vive también una época de cambios. Los mandatarios que abanderaron el llamado ‘Socialismo del Siglo XXI’ (Chaves, Correa, Kirchner, Lula), están dejando paso a otros líderes que parecen no seguir por el mismo camino. En Venezuela, la sociedad está rota: hay dos bandos claramente enfrentados; En Ecuador Rafael Correa ha dejado el cargo criticando a su sucesor, Lenin Moreno; En Argentina Macri se hizo con el poder; En Brasil no paran de salir escándalos de corrupción que salpican tanto a Lula como a Dilma. ¿Qué está pasando, está cambiando el ciclo?

Está cambiando el ritmo y América está en su propio momento. Aquel continente tiene una historia singular que, en los últimos años, había modificado la de otras zonas del mundo. Su ‘Socialismo del siglo XXI’ (ayudado en su construcción por españoles o alemanes, por ejemplo) , además de permitir la consolidación de los países del ALBA en la región, alteró el pensamiento de la parte de la izquierda europea. A la vista está en ciertos revolucionarios de novísima apariencia que, en el fondo, añaden retórica vana y redes sociales al leninismo de toda la vida.

El continente pacífico (porque no había tenido guerras interestatales en el siglo XX, sino conflictos intraestatales volcados especialmente en guerrillas y narcotráfico), se hacía campeón de ideologías y geopolíticas nuevas, como la que pretendía instaurar la Venezuela bolivariana. Pero el ciclo ha cambiado, las ideologías de nuevo cuño -reaccionarias por su obsesión revolucionaria- se desinflan e incluso los liberales, como Macri, tomaron el poder en las urnas contra todo pronóstico peronista.

Las FARC, la última narcoguerrilla peligrosa continental, mal que bien, han llegado a acuerdos con el Gobierno, y eso sí, la delincuencia común y organizada y los problemas de seguridad se agravan en América de forma imprevista. No sé si asistimos a un cierre de ciclo, pero sí a un cambio de paso, normal por otro lado.

Colombia es un país donde existen varios grupos violentos. El Proceso de Paz con las FARC ha traído muchas discusiones. ¿Cree que se ha hecho lo correcto? ¿Qué cree que le espera a Colombia en los próximos años?

En el segundo acuerdo, que según el presidente Santos nunca se iba a poder alcanzar porque el primero firmado con las FARC era lo máximo posible (y, sin embargo, se hizo en muy poco tiempo), hubo logros muy relevantes: los acuerdos de paz se excluyeron de la Constitución colombiana, de forma que ya no eran intocables para futuros gobiernos; se desmontaron las condiciones de ‘cogobierno’ de las FARC, mediante las cuales tenían funciones de vigilancia y control; se decidió que la justicia transicional no pudiera suplantar a la ordinaria; que las FARC concurrieran a las elecciones en igualdad de condiciones con los demás partidos, y no con ventaja previa; o que asumieran mayores compromisos con las víctimas (reparaciones económicas, por ejemplo).

Pero eso hay que bajarlo al terreno, al día a día. Y Colombia se encuentra con que, a pesar de la esperanza, la criminalidad organizada va a aumentar porque muchos miembros de las FARC van a integrarse en las llamadas bacrim (bandas criminales), y que va a tener que aplicar otro proceso negociador con el ELN. Que el mismo día de la firma de los acuerdos algunos frentes de las FARC no se desmovilizaran, o que siguieran cobrando las vacunas (las extorsiones), o atacando a poblaciones concreta,s es indicativo de que no será un camino de rosas.

Les esperan años duros a los colombianos porque, al igual que las heridas profundas tardan en cicatrizar más de lo que nos gustaría y dejan cicatrices visibles, lo mismo ocurrirá con este asunto. Es difícil hacer la paz y vivirla cotidianamente cuando se ha vivido emocionalmente en guerra, y cuando se podía obtener lo que diera la gana con las armas en la mano. Habrá que ver, poco a poco, el resultado.

Autor

Francisco Javier Burrero

Periodista del Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía. fjburrero@uloyola.es Twitter: @javierburrero

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