Noticias

Sevilla

Córdoba

Pedro Rivas imparte la ponencia inaugural de las Jornadas ‘Comunicación y Democracia’

Pedro Rivas, vicedecano de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la Universidad Loyola y miembro del departamento de Estudios Internacionales, ha sido el encargado de impartir la ponencia inaugural de las Jornadas ‘Comunicación y Democracia’. Las jornadas, realizadas de forma virtual, han sido organizadas por el Centro Integrado de Formación Profesional de Medina del Campo con colaboración de la Universidad de Salamanca.

Pedro Rivas expuso durante su intervención ‘la íntima ligazón de la educación y de la democracia’ y realizó una  una defensa de la democracia entendida como régimen político y como «estado de las cosas», en la que la educación es uno de los factores principales para garantizar la calidad de la democracia, especialmente de la liberal.

Cuatro ideas enarboladas como aparentes principios democráticos

En la ponencia se atacaron cuatro ideas que se enarbolan frecuentemente como principios democráticos y que solo lo son en apariencia. El primero sugiere que los derechos y los hechos se consiguen por el mero hecho de enunciarlos y, la forma de obtenerlos, es mediante el empleo sistemático de la negociación. Se deduce de aquí que mediante el diálogo con el otro, que por el hecho de serlo parece que tiene parte de razón, se llegará a acuerdos estables.

A este pensamiento anterior de carácter relativista se le une una segunda idea que se desprende de él: se niega la objetividad y, al hacerlo, coloca a una sociedad en la senda de la banalidad del mal. Se niega la universalidad de ciertos principios y se repite la atroz corrupción de creer que, si todo es relativo, se puede banalizar el Holocausto o el crimen.

Desconfianza de la democracia liberal

El vicedecano de Loyola explicó que todo este entramado se puede orquestar porque como se concreta en una tercera idea,  incluso en Occidente se desconfía de la democracia liberal como forma de gobierno. Quienes así lo hacen es porque confían más en la involución o en la revolución y, por tanto, consideran que la democracia liberal ha quedado superada de facto por los acontecimientos y por la ideología.

La propuesta subyacente a esto es una nueva democracia, carente de contenido sustancial, alguno de cuyos ejemplos son las repúblicas cuyos Estados presumen de tener no tres poderes, sino cinco.

Lo que se desprende de aquí -cuarta idea- es que los valores -que ya no son universales, incluso los que sí lo fueron- se subordinan a las civilizaciones. No caben juicios metaculturales, cada sociedad deberá seguir su propio camino, la democracia podrá ser distinta en función del lugar en que se aplique. Lo que a priori parece razonable entraña un grave problema, porque deberíamos pensar que si la defensa de los Derechos Humanos, la división de poderes, la igualdad de hombres y mujeres o la igualdad ante la ley son vicios etnocéntricos o criterios universales que mejoran la convivencia, da igual en donde se produzca.

Estas cuatro ideas quizá se puedan conjurar -siquiera levemente- con otras dos que valen para educar, que son en realidad una: ante modelos teóricos idóneos debe primar la experiencia, y ante la perfección debe primar la imperfección.

La experiencia como enseñanza

La experiencia es más valiosa que las ideas abstractas porque los modelos teóricos idóneos siempre se vuelven guías para la acción. Parece que sus valores y sus ideas son los que deben modificar la realidad, con frecuencia sin pensar en sus efectos. Y en democracia, las ideas están al servicio de las sociedades y de los hombres y mujeres libres que las habitan, no al revés. Embutir en una sociedad un modelo idóneo, que conculque lo que la experiencia enseña, entraña riesgos para la supervivencia y para la sociedad, no la mejora, porque lo inexistente valioso (la utopía), razonado en términos de bueno y malo -no de mejor y peor- a veces daña más que sana.

Esto ocurre porque frecuentemente se soslaya que sabemos poco acerca de qué es el ser humano. Sabemos qué hace, hasta dónde llega, no cómo es, y lo que sabemos del hombre es que es imperfecto y limitado. Si él es el sujeto histórico, sobre esa experiencia cabe organizar la convivencia, no sobre un modelo teórico perfecto acerca de cómo debería ser el hombre y la sociedad en la que habita.

El resultado precario en que una sociedad consiste, producto de una larga civilización, a veces se desmonta de golpe, y se daña a quienes se quiere salvar, a los sectores más débiles de esa sociedad. La sociedad es efímera, frágil, imperfecta, limitada, como el ser humano.

Facilitar la convivencia, la principal misión de la democracia liberal

Rivas concluyó su ponencia exponiendo que  la propuesta de soluciones permanentes ante problemas transitorios no augura nada positivo. Quienes enarbolan las cuatro ideas antes citadas tacharían de ideológica la afirmación anterior, cuando en realidad lo ideologizado está en esas cuatro ideas. Es decir, las democracias liberales no aspiran a solucionar el gran problema de la vida, porque dan solo respuestas prácticas a lo que pueden, pero esa es su única y principal misión: facilitar la convivencia, lograr que transcurra con menos sobresaltos, y no solucionarlo todo.

Autor

Nuria López

Periodista del Servicio de Comunicación, RR.II. y Marketing de la Universidad Loyola. nlopez@uloyola.es Twitter: @Nurialsanchez

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *