Un recuerdo personal del Padre Arrupe: en el XXV aniversario de su fallecimiento

Por el 2 febrero 2016
Recuerdo del Padre Arrupe en el aniversario de su fallecimiento
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He estado dudando durante varios días si escribir un pequeño testimonio acerca de lo que supuso el Padre Arrupe en mi vida y, concretamente, en mi vocación de jesuita. ¡No he sido testigo de ningún milagro suyo propiamente dicho!

Las dudas se disiparon cuando encontré entre mis papeles esa vieja foto en la que aparezco saludándolo con ocasión de su visita a los compañeros de la residencia de la Rue des Fleurs, en Toulouse (Francia), el 2 de marzo de 1966; me presentaron a él como el único español de aquella numerosa comunidad. “No todo el mundo tiene una foto hablando con un santo”, me dijo uno de mis compañeros. Y me convenció.

Encuentros con el Padre Arrupe

En aquellos años (1964-1968) yo estudiaba ingeniería agrícola en la École Supérieure d’Agriculture de Purpan (Toulouse) por destino de mi provincial el P. José Antonio de Sobrino. Eran los tiempos del inmediato postconcilio. El paso del Padre Arrupe por Toulouse fue una especie de bocanada de aire fresco que nos llenó de ilusión e inspiración.

Tuve algunos otros encuentros directos, pero sin foto: con ocasión de su visita al teologado de Granada en mayo de 1970 –en un contexto relativamente polémico- y, diez años más tarde, en 1980, cuando ya se encontraba muy debilitado en la enfermería de la Curia, gracias a los buenos oficios del querido Hermano Banderas, en una fugaz visita a Roma para la beatificación de José de Anchieta (22 de junio).

En todas esas ocasiones mi experiencia interior fue de gran devoción: sentí claramente –con especial fuerza en la última visita- que me encontraba ante un hombre de Dios.

Pero más que esos fugaces encuentros directos, la persona misma de Arrupe -a través de sus enseñanzas, directrices y orientaciones- y el movimiento de aggiornamento que durante su generalato promovió en la Compañía de Jesús, contribuyeron de forma decisiva a fortalecer mi vocación sacerdotal y jesuita y a orientarla en una plena identificación con las líneas de fuerza, la letra y el espíritu, del Concilio Vaticano II.

No fueron tiempos fáciles; en su vida y en sus enseñanzas encontré un sólido apoyo, apasionadamente cristocéntrico, vitalmente optimista, sin temor al riesgo y a lo nuevo, desde el enfoque hoy tan asumido y enriquecido (al menos a nivel de principios) de la inseparabilidad del servicio de la fe y la promoción de la justicia.

Más allá de los avatares históricos concretos, su liderazgo en la convocatoria y el propio desarrollo de la Congregación General 32, fortalecieron mi vocación: sentía que esa Compañía del Padre Arrupe me ofrecía el marco más adecuado para realizar mi vocación cristiana con un amor efectivo y maduro hacia la Iglesia de la que siempre él quiso ser hijo fiel.

Cuestión aparte es hasta qué punto la Compañía y yo mismo hayamos vivido siempre en fidelidad a su testimonio y directrices. Confío en que, desde el cielo, el P. Arrupe interceda para ello por esta mínima Compañía.

Jose Juan Romero SJ

Jose Juan Romero SJ

Sacerdote jesuita, doctor ingeniero agrónomo y profesor emérito de la Universidad Loyola Andalucía.

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