Neurociencias y Filosofía del Derecho desde lo Ignaciano

Por el 24 junio 2015

La Universidad Loyola Andalucía ha creado el Laboratorio de Neurociencia Humana, que se enmarca en el fuerte compromiso que ha adquirido esta Universidad con la excelencia en la investigación. En donde se busca una investigación de calidad, con un marcado impacto social y con la intención última de mejorar la calidad de vida de las personas. Asimismo, el director del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía, Juan Antonio Senent, ha intervenido en el congreso ‘Modernityand the Variety of Reformations’ con la ponencia ‘Ignatian Modernity as another modernity’.

Celebrado en la Facultad de Teología de la Universidad de Viena y coorganizado por el grupo de investigación ‘Religion and Transformation in Contemporary European Society’ de la Universität Wien y la holandesa Radboud Universität Nijmegen, el profesor Senent desarrolló las líneas principales y diferenciales que articula la tradición ignaciana en el contexto moderno. Su ponencia sobre es fruto de la investigación desarrollada en el Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía sobre la “matriz cultural ignaciana  y giró sobre la propuesta cultural que nace desde la tradición espiritual ignaciana en Europa a partir del Renacimiento”, explica el profesor Senent.

Desarrollo humano

Creemos que estas investigaciones y acciones universitarias pueden contribuir al desarrollo humano e integral de las personas y pueblos, a una educación y formación global que posibilite el bien común. Efectivamente, los estudios de  neurociencias en dialogo con la filosofía y la teología, con la tradición cristiana e ignaciana nos presentan toda una antropología y ética cualificada, integral. Un ser humano que se constituye en lo más profundo de su ser, pensar y actuar desde una vida afectiva y espiritual, con las experiencias, sentimientos y valores que nos humanizan y liberan globalmente.

El ser humano está conformado por el amor y la cooperación solidaria, por la empatía o compasión y justicia hacia los otros, por el compromiso y responsabilidad moral ante el sufrimiento e injusticia que padece el otro. El ser humano se realiza en esta vida espiritual, ética y social en el don y alteridad  de los otros y del Otro, en la inter-relación con los otros seres humanos, con la naturaleza o creación y con Dios. Las personas van logrando el sentido y la felicidad de la existencia en el servicio de la fe, de la cultura y de la justicia liberadora con  los pobres, encarnada en la realidad social e histórica. La persona es movida por los afectos del corazón, por la razón cordial.

Esta antropología y ética, inspirada en la espiritualidad, busca las mediaciones e instituciones culturales, sociales o políticas para el bien más universal, para que la fraternidad solidaria y justicia con los pobres sean efectivas, transformadoras. La compasión, el amor y la ética es constitutivamente  pública, social y política ya que pretende el bien común y la justicia con los pobres, que se vaya transformando o renovando las relaciones e instituciones, las leyes y las estructuras sociales e internacionales, los sistemas políticos y económicos. Las normas, leyes y sistemas solo son legítimas y justas si responden a la auténtica naturaleza del ser humano, a esta antropología y ética que promueve el bien común y la justicia con los pobres, la dignidad y derechos humanos, la vida y protagonismo de las personas. Cualquier ley o norma que no se ajuste a la vida y dignidad del ser humano, que no sea  justa e impida la ética del bien común: no hay que obedecerla; antes bien, hay que resistirlas cívica y pacifícamente, oponerse a ella y buscar otras más justas, más éticas.

Esta antropología y ética integral abarca e incluye todas las dimensiones del ser humano como lo espiritual y lo material-físico o corpóreo, lo personal y lo sociopolítico. Y, por tanto, fundamenta muy bien los derechos humanos, sociales y de los pueblos que han de guiar a toda ley o sistema en la búsqueda del bien común. Tales como la vida y las libertades civiles, la alimentación y el agua, la educación y la salud o sanidad, el desarrollo humano-ecológico y la paz, un trabajo digno y la vivienda o el resto de infraestructuras que efectúan el bien común y la justicia. En la ética de la fraternidad universal y en nuestra era global, esto supone unas leyes y autoridades mundiales, internacionales que hagan posible la civilización del amor, la globalización de la justicia, de la paz y del desarrollo sostenible; frente a la globalización neoliberal del capital y del mercado libre como ídolo, de la guerra y de la destrucción ecológica.

La ética ha de orientar a las leyes y a la política para el bien común que a su vez, en el protagonismo democrático de las personas y pueblos, ha de regular y controlar a la economía para que sirva a las necesidades vitales de los seres humanos. Hay que asegurar y promover los valores o principios éticos y claves sociales, para que configuren las leyes u ordenamientos jurídicos en el bien común, la dignidad y la justicia con los pobres. Tales como el destino universal de los bienes que tiene la prioridad sobre la propiedad ya que esta última, debido a su carácter social, solo es legítima si realiza esta equidad y justa distribución de los recursos o bienes, destinados en común a toda la humanidad.

Ello requiere la pobreza evangélica en solidaridad liberadora con los pobres de la tierra, que va en contra de los ídolos de la riqueza y del tener, del ser rico, que esclavizan y oprimen al ser humano. El trabajo decente, la dignidad del trabajador-a y sus familias con un salario justo, que está por encima del capital y que solo es moral si asegura todas estas condiciones laborales y humanizadoras. Es una empresa y economía  cooperativa, social y democrática, desde el don y solidaridad, donde los trabajadores sean los protagonistas y gestores de la vida empresarial. Como nos enseña todo lo anterior la tradición ignaciana y su pensamiento social, la Doctrina Social de la Iglesia, y está mostrando el Papa Francisco con su enseñanza, por ejemplo, en su última encíclica Laudatio SI.

Agustín Ortega

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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