Monseñor Romero, jesuita asesinado en la UCA, es reconocido cómo mártir por su labor con los más desfavorecidos.

Monseñor Romero, profeta… y mártir

El martes 3 de febrero pasado, “el Papa Francisco recibió en audiencia privada al Cardenal Angelo Amato, salesiano, prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos. En el transcurso de la audiencia el Santo Padre autoriza a la Congregación a promulgar, entre otros, el decreto de reconocimiento del martirio del Siervo de Dios Oscar Arnulfo Romero, arzobispo de San Salvador, nacido el 15 de agosto de 1917 en Ciudad Barrios (El Salvador) y asesinado, por odio a la fe, el 24 de marzo de 1980, en San Salvador”.

Esa es la noticia oficial. Termina así una espera, que a  muchos se nos hizo demasiado larga, durante la cual la condición de mártir de Monseñor Romero, aunque reconocida por el pueblo fiel y la gente sencilla, se le discutía supuestamente “porque no era claro que hubiera muerto en defensa de la fe”. A partir de ahora ya sabemos que está próxima su beatificación.

Que Monseñor Romero fue profeta es claro. Eso significa, como escribió Jon Sobrino: “Que fue defensor de los pobres, y que por eso fue amado y venerado por ellos. Que fue profeta y denunciador de los poderes militares, oligárquicos y políticos, y que por eso fue odiado por ellos. Que fue voz de los sin voz, y que por eso fue voz contra los que tiene demasiada voz. Que fue creyente y hombre de Dios, y que por eso fue enemigo acérrimo de los ídolos. En suma, que el ‘verdadero’ Monseñor vivió para la justicia y para el Dios de la vida, y que por eso luchó contra la injusticia y los dioses de la muerte”.

El pueblo salvadoreño nunca dudó que además fue mártir. En el patio de la modesta casa donde residió los últimos años, en el interior del recinto del Hospitalito de la Divina Providencia de San Salvador en cuya capilla fue asesinado, se encuentra una inscripción mural que dice en letras grandes: “Monseñor Romero, profeta y mártir”; y debajo, en letras más pequeñas: “Los pobres te llaman: sin prevenir el juicio de la Iglesia”. Un amigo me recuerda la imagen que acompaña este texto. Y observa con mucha razón: “¡Ya no hará falta la acotación!”.

Efectivamente, ahora la Iglesia lo ha reconocido oficialmente. Murió por la fe y la justicia. Les invito a meditar estas palabras suyas, de una entrevista pocos días antes de su muerte:

 “He estado amenazado de muerte frecuentemente. He de decirles que como cristiano no creo en la muerte sin resurrección: si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño.  Lo digo sin ninguna jactancia, con gran humildad. Como pastor, estoy obligado, por mandato divino, a dar la vida por aquellos a quien amo, que son todos los salvadoreños, incluso por aquellos que vayan a asesinarme. Si llegasen a cumplirse las amenazas, desde ahora ofrezco a Dios mi sangre por la redención y por la resurrección de El Salvador. El martirio es una gracia de Dios, que no creo merecerlo.

Pero si Dios acepta el sacrificio de mi vida, que mi sangre sea semilla de libertad y la señal que la esperanza será pronto una realidad. Mi muerte, si es aceptada por Dios, sea para la liberación de mi pueblo  y como un testimonio de esperanza en el futuro.

Puede decir usted, si llegan a matarme, que perdono y bendigo a aquellos que lo hagan. De esta manera se convencerán que pierden su tiempo. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, nunca  perecerá”.

No hay más que decir…

Autor

Jose Juan Romero SJ

Sacerdote jesuita, doctor ingeniero agrónomo y profesor emérito de la Universidad Loyola Andalucía.

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