Reguladores irregulares

La ejemplaridad del funcionamiento de los reguladores de los mercados no debe ser una asignatura pendiente.

Últimamente, a la luz de la crisis sufrida y ciertamente aún no superada de los últimos 10 años, se escucha la afirmación, que se repite y expande como verdad incuestionada, que el capitalismo ha dejado de funcionar. El capitalismo o, en terminología menos agresiva, “los mercados”.

Así, se imbuye la idea que los mercados son un ente con vida propia al margen de la dinámica de la sociedad. Y que en su perverso funcionamiento actúan para dinamitar desde dentro la fibra que da coherencia y estabilidad a la sociedad. Como en una película de terror, en la que el malo actúa guiado por su particular lógica y con el único objetivo de perjudicar a los inocentes (y de paso distraer a los espectadores, claro).

El símil es popular, pero en mi opinión erróneo. Aceptemos hipotéticamente la premisa que el funcionamiento del capitalismo no ha sido el deseado. Que es culpable de la delicada situación de la sociedad en cuanto a pobreza, desigualdad, fragilidad laboral, etc.

La cuestión a perfilar es, si ello es así, quien es el responsable de haberlo facilitado o consentido. Porque los ciudadanos damos un encargo democrático explicito cada cuatro años a un gobierno cuya misión principal en la economía es la de regular y la de regular bien, poniendo por delante de cualquier otra consideración los intereses generales de la ciudadanía.

Es en gran parte la claudicación (en sentido fuerte) o la desidia (en sentido débil) de los gobiernos ante los grupos de presión la explicación, ni que sea parcial, del mal funcionamiento de los mercados. Al igual que en las películas de terror el policía incrédulo, perezoso o negligente es el responsable indirecto de las tropelías cometidas por el culpable.

La credibilidad de los reguladores públicos

Nuestra sociedad necesita urgentemente que el gobierno recupere su credibilidad como agente regulador eficaz y eficiente pues ésta es la única garantía, por limitada que lo parezca, para evitar los abusos sufridos por haberse rendido, sin dar la batalla, ante los grupos de interés particular. Sean éstos bancos, empresas de servicios públicos con adjudicación monopolista, empresas constructoras que son monopolios de facto, o incluso organismos públicos autónomos que actúan en régimen de concesión y se han olvidado que la rendición de cuentas, completa y transparente, es ineludible como muestra de respeto a la sociedad.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? Los reguladores públicos han sido inmunes a las necesidades de la sociedad, han actuado con opacidad y complicidades difícilmente justificables, y el resultado final ha sido un sistema desbocado y fuera de control, que no responde ante nadie. En definitiva, una receta óptima para el desastre.

La credibilidad del sistema en su conjunto, como muy bien indican Acemoglu y Robinson (Why nations fail?), descansa en la seguridad de su marco legal y en la fortaleza insobornable de sus instituciones. La ciudadanía debe ser exigente con los dirigentes, temporales no lo olvidemos, de las instituciones, pues su responsabilidad es consustancial con la promoción de la calidad de vida y bienestar a que los ciudadanos tenemos todo el derecho a aspirar y la obligación de exigir.

La ejemplaridad en el funcionamiento de las agencias públicas de regulación, en particular, y de los gobiernos, en general, no puede seguir siendo una asignatura pendiente.

Ferrán Sancho

Ferrán Sancho

El Profesor Ferrán Sancho está realizando una estancia de investigación en el Departamento de Economía de la Universidad Loyola Andalucía. El Prof. Sancho es Catedrático de Economía en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), investigador del Instituto MOVE (Mercados, Organizaciones y Votos en Economía) en la UAB y profesor asociado en la Escuela de Postgrado de Economía de Barcelona (BSGE).

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