La desigualdad de la renta y la riqueza

Análisis de la desigualdad de la renta y la riqueza.

Durante los últimos años el interés por la distribución de la renta y la riqueza se ha incrementado a prácticamente el mismo ritmo que aquellas empeoraban.

El último hito de esa creciente relevancia lo constituyó la publicación por parte de Oxfam del informe Una economía al servicio del 1%. Acabar con los privilegios y la concentración de poder para frenar la desigualdad extrema. En él la ONG alertaba de que en 2015 únicamente 62 personas (frente a las 388 de 2010) poseían la misma riqueza que la mitad más pobre de la humanidad.

El informe de Oxfam se ha unido a los múltiples estudios realizados por distintos organismos internacionales (como el Banco Mundial, el FMI, la OCDE, el PNUD o UNICEF) y los análisis de economistas de renombre (como Atkinson, Piketty o Stiglitz), alguno de ellos premio Nobel. Según Branco Milanovic, “nunca en la historia había habido tanta desigualdad” como ahora.

A pesar de la evidencia aportada por esos organismos y académicos, otras instituciones y economistas han comenzado a publicar diversos artículos de opinión en los que tratan de negar las explicaciones dadas al fenómeno y cuestionan su importancia misma. Según este tipo de argumentos, lo relevante no es la desigualdad de la renta, sino la evolución de la pobreza y sólo el crecimiento económico permitiría, gracias al “efecto goteo” (trickle down, en inglés), salir de ella.

Distribución de la renta

Las políticas redistributivas que busquen reducir la desigualdad supondrían un obstáculo a dicho crecimiento, ya que eliminarían los incentivos al trabajo y la inversión. Más aún, al impedir que cada quien sea recompensado por su esfuerzo, estarían destruyendo la supuesta base meritocrática de nuestra sociedad.

Existiría un trade-off (o incompatibilidad) entre eficiencia y equidad, por lo que bastaría con asegurar la igualdad de oportunidades en el mercado para que la desigualdad de la renta se convirtiese en un motor del progreso. De este modo, quienes nos preocupamos por ella estaríamos, en realidad, “sucumbiendo a la tentación de la envidia”. Ese es, en resumen, el mantra repetido por múltiples think tanks y líderes de opinión.

Sin embargo, varias son las cuestiones que dejan de lado. En primer lugar, la distribución de la renta es uno de los determinantes últimos de las tasas de crecimiento económico. En efecto, según novedosos análisis macroeconómicos, existen, de manera general, dos tipos de economías: unas “guiadas por los beneficios” y otras “guiadas por los salarios”.

En las primeras la reducción de los salarios y el consiguiente incremento de la rentabilidad empresarial promueven la mejora de la competitividad externa y la inversión. De esa manera, impulsan el crecimiento, a pesar de la creciente desigualdad a la que van asociados. En las segundas, sin embargo, los menores salarios y mayores beneficios disminuyen el consumo interno, ya que concentran la renta nacional en las manos de las familias de mayores ingresos, las cuales tienden a ahorrar una proporción mayor de sus ingresos.

Desigualdad de la renta y la riqueza en la sociedad actualEsa disminución de la demanda obstaculiza, así, la expansión de la actividad económica. Las estimaciones realizadas muestran que, tanto a nivel mundial, como de muchas economías nacionales, el crecimiento se encuentra guiado por los salarios.

Por lo tanto, las políticas que fomentan la reducción de los salarios, provocando el incremento de la desigualdad, son en realidad contraproducentes. Una idea de la que también se han hecho eco investigadores del FMI.

En segundo lugar, la reducción de la desigualdad de la renta es una condición necesaria para la erradicación de la pobreza, como explica el PNUD. Es cierto que, tal y como argumenta el último Nobel de Economía, Angus Deaton, una parte de la desigualdad es consecuencia del proceso de industrialización, el cual permitió mejorar sustancialmente los estándares materiales de vida, al menos de la población de las economías avanzadas.

Más aún, aunque no son la regla general, en algunas de las economías actualmente semi-industrializadas dicho crecimiento también ha permitido reducir la pobreza monetaria. No obstante, incluso en esos casos exitosos, la desigualdad ha puesto un límite por debajo del cual la pobreza no ha podido reducirse. No sólo eso, sino que en muchas economías el incremento de la desigualdad se encuentra detrás del fuerte impacto que la actual crisis ha tenido sobre las condiciones de vida de una mayoría de la población.

En tercer lugar, una cada vez mayor desigualdad de renta y riqueza puede poner en riesgo la cohesión social, al tiempo que concentra el poder político. En efecto, el incremento de la desigualdad de la renta se encuentra detrás del deterioro de la exclusión social (variable en niveles especialmente altos en Andalucía).

La desigualdad importa

Esto por sí mismo supone un importante impedimento para asegurar la efectiva participación política de todas las capas de la población. Pero no sólo eso, sino que como distintos estudios politológicos revelan, la creciente desigualdad se encuentra también vinculada a una cada vez mayor capacidad de influencia de los estratos más ricos de la sociedad en las decisiones políticas.

En síntesis, la desigualdad importa, no sólo por su incidencia en el crecimiento, la pobreza y la cohesión social, sino también para asegurar un funcionamiento efectivamente democrático del sistema político. Lejos de existir una incompatibilidad entre unos y otros objetivos, todos ellos sólo pueden alcanzarse simultáneamente. No en vano, dadas las limitaciones medioambientales existentes, lograr una mayor equidad ha pasado a ser la única manera de mejorar el bienestar.

Ricardo Molero

Ricardo Molero

Profesor auxiliar del Departamento de Economía. Licenciado en Economía, con premio extraordinario de fin de carrera, por la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y Máster en Gestión Internacional de la Empresa por el Centro de Estudios Económicos y Comerciales (CECO) del Instituto Español de Comercio Exterior (ICEX). Es Doctor en Economía por la UCM. Ha sido investigador pre-doctoral en el Departamento de Economía Aplicada I (Economía Internacional y Desarrollo) de la UCM y coordinador de la base de datos de estadísticas de varias ediciones del anuario económico publicado por el ICEX. Galardonado con la Beca Asia-Pacífico del Instituto de Crédito Oficial (ICO) en 2011 y con el accésit del VI Premio José Luis Sampedro en 2013. Investigador en temas relacionados con la distribución de la renta.

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