La pobreza también afecta al desarrollo del cerebro de los niños

Recientes estudios muestran los efectos negativos de la pobreza en el desarrollo del cerebro infantil.

Es importante subrayar la palabra también en el título de este artículo, ya que la pobreza se puede representar como un círculo de efectos negativos que impiden al individuo vivir con dignidad y ser dueño de su futuro. La escasez de recursos tiene un impacto directo en la nutrición, el acceso a la educación, la salud y la exposición a situaciones adversas y de inseguridad de diversa índole.

En las viviendas que carecen de recursos básicos se producen mayores problemas de salud. También hay mayor riesgo de violencia, siendo las mujeres particularmente vulnerables. Vivir en condiciones de pobreza repercute en los niveles de estrés, ansiedad y depresión de las familias y tiene un efecto profundo en las relaciones afectivas y sociales que se dan entre los miembros de la propia familia, y también entre estas familias y su entorno social.

En estas condiciones, hay también mayor riesgo de adicciones al alcohol y otras drogas que ayudan a afrontar la situación muy a corto plazo, pero tienen efectos devastadores en el individuo a medio y largo plazo. De forma colateral a todas estas condiciones, la pobreza pone a la familia en riesgo de marginación social y laboral, lo que a su vez causa mayor escasez y adversidad. De esta forma, el círculo se nutre a sí mismo como una bola de nieve.

Efectos colaterales de la pobreza en el desarrollo del cerebro de los niños

Por si esto fuese poco, desde el campo de la Psicología y la Neurociencia se han llevado a cabo numerosas investigaciones en los últimos años que muestran los efectos colaterales de la pobreza en el desarrollo del cerebro y las capacidades cognitivas de los niños que crecen en entornos de pobreza.

El cerebro es un órgano tremendamente plástico. Esto significa que el cerebro crece en conexión con la experiencia. Las experiencias del niño nutren al cerebro y le hacen crecer de forma óptima. El grado en que el desarrollo intelectual y emocional del niño es estimulado por sus cuidadores repercute en el crecimiento del cerebro y también en la eficacia con la que funciona. La parte más plástica del cerebro, y por tanto también más vulnerable, es la que alberga las capacidades mentales superiores del ser humano, que son el lenguaje, la atención, la regulación de emociones y del comportamiento, la memoria y el razonamiento.

Un dato robusto que nos da la investigación en Psicología es que estas capacidades suelen ser menos óptimas en niños y niñas que crecen en entornos de pobreza. El fracaso escolar y los problemas de comportamiento se dan con más frecuencia en niños de familias con menor estatus socio-económico.

Además de este dato, los avances tecnológicos de los últimos años en neuroimagen han permitido estudiar el impacto que tiene la pobreza en el desarrollo del cerebro. Las partes del cerebro más importantes para el lenguaje, la atención y el aprendizaje se ven particularmente afectadas. Estas partes del cerebro se desarrollan en menor medida en niños y niñas que crecen en entornos de mayor pobreza.

La investigación muestra de forma muy clara que son los efectos colaterales de la pobreza, y no los ingresos de la familia per se, los que se relacionan con un desarrollo menos óptimo del cerebro. Las oportunidades de aprendizaje, el uso de pautas educativas consistentes y que se transmiten sobre una base de afecto son cruciales y se asocian con un mejor funcionamiento del cerebro.

Además, los efectos del entorno socio-económico se observan desde los primeros años de vida. El cerebro de los bebés de apenas un año ya muestra un funcionamiento más avanzado cuando los bebés están siendo criados en entornos de mayor nivel socio-económico. Crecer en un entorno seguro y rico en oportunidades de aprendizaje, a la vez que sentirse querido y guiado con sensibilidad y afecto son los dos aspectos del entorno que parecen ser más importantes para el desarrollo del cerebro. Desafortunadamente, la pobreza deteriora enormemente la capacidad de los cuidadores para proporcionar estas condiciones a los menores.

Pobreza no es igual a sencillez y humildad, tampoco se puede definir exclusivamente como la falta de recursos económicos. El bienestar emocional y el acceso a oportunidades no está reñido con la sencillez, pero sí se ve tremendamente afectado por la pobreza. El cerebro crece mejor cuando lo puede hacer en condiciones de bienestar emocional y de acceso a recursos básicos de educación. Que la pobreza afecte al propio desarrollo del cerebro de los pequeños no solamente es injusto para los niños que nacen en familias con menos recursos, es también una forma de prolongar la pobreza de una generación a la siguiente.

La investigación de la neurociencia pone un nuevo dato sobre la mesa que no podemos ignorar. Otro motivo más para que veamos la necesidad de luchar contra la desigualdad de oportunidades. ¡Queremos padres sanos, felices, educados y con recursos para todos!

Charo Rueda

Charo Rueda

La Dra. Charo Rueda es Profesora Titular de la Universidad de Granada, donde compagina sus labores docentes en el Departamento de Psicología Experimental con su investigación en el Centro de Investigación Mente, Cerebro y Comportamiento (CIMCYC). Es directora del grupo de Neurociencia Cognitiva del Desarrollo y Secretaria de la Sociedad Europea para la Psicología del Desarrollo. Uno de los objetivos de su trabajo es el estudio del desarrollo de la atención y la auto-regulación, así como las diferencias individuales en este proceso, tomando una perspectiva multidisciplinar que integra aspectos genéticos, neurofisiológicos, cognitivos, sociales y educativos.

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