Los mártires de la UCA y la labor de monseñor Romero en El Salvador.

Los mártires de la UCA y monseñor Romero

El pasado mes de noviembre pude participar en los actos conmemorativos del 25 aniversario de los mártires de la UCA en El Salvador. En el centro del cartel anunciador junto al árbol de la cruz no se encontraban Ignacio Ellacuría, Ignacio Martín-Baró, Segundo Montes, Amando López… sino monseñor Romero, abrazado por un niño, rodeado por el pueblo más sencillo y seguido también por algunos pastores.

No se puede entender a los mártires de la UCA, ni su legado, sino en relación con la vida y muerte de monseñor Romero. Los jesuitas quisieron proseguir el surco abierto y abonar las semillas plantadas por Romero, y hacerlo, en su caso, desde la institución universitaria. A aquél mártir de la fe, le siguieron en vida y después de su muerte, los que también serían fieles hasta el final. Trataron de proseguir la función profética, desenmascaradora y animadora de los dinamismos más humanizadores de la sociedad, como ya hiciera Romero. Se sintieron impulsados y sostenidos por la fe de Romero en Jesús de Nazaret. El movimiento del Espíritu que ya estaba transformando la vida y la misión de la Compañía de Jesús liderado por Pedro Arrupe en aquellos años postconciliares, se continuaba en la Iglesia y en la sociedad salvadoreña liderado por Romero. Era un momento de paso, de marcha, de transformación.

La estela de monseñor Romero

En esa estela, podemos entender a Ellacuría cuando formuló teológicamente la significación de este acontecimiento en el que él mismo y sus compañeros estaban afectados: “con monseñor Dios pasó por El Salvador”. Si Dios adviene es en la historia, que no es un espacio neutro, sino el lugar donde las acciones y relaciones humanas se entrecruzan posibilitando o imposibilitando la vida personal y colectiva. En El Salvador que vivió Romero como pastor de la Iglesia a finales de los 70 y hasta su asesinato el 24 de marzo de 1980, había muchas vidas violentadas, impedidas, represaliadas, acalladas, silenciadas.  En este contexto, ¿qué hacer como pastor y como Iglesia? El anuncio de la fe, no se podía separar de la lucha por la justicia y la denuncia de las injusticias: “Queremos ser la voz de los que no tienen voz para gritar contra tanto atropello contra los Derechos Humanos”, señaló  en una de sus primeras homilías como arzobispo de San Salvador. Jesús no se anunció a sí mismo, sino al reinado de Dios, que es vida plena compartida, relación social sin dominio o violencia. Por ello, cuando Ellacuría publicó en los 80 su obra “Conversión de la Iglesia al reino de Dios para anunciarlo y realizarlo en la historia”, estaba expresando también el acontecimiento de Romero. La Iglesia sólo tiene sentido saliendo fuera de sí misma, descentrada, orientada a dar respuesta a las necesidades del mundo en que vive, rehaciendo la historia, como hizo Romero.

Una Iglesia así, puede ser una Iglesia significativa en el mundo, para creyentes y para no creyentes. Puede convocar la esperanza para quienes  desde distintas tradiciones convergen en la afirmación de los seres humanos humillados, violentados, excluidos. En el 25 aniversario de los mártires de UCA pudimos celebrarlo convocados también por la memoria viva de monseñor Romero. Por eso agradecemos el reconocimiento del papa Francisco a la fe de Romero, una fe que ha movido muchas otras fes.

Post publicado en entreParéntesisiniciativa de la Compañía de Jesús con la misión de generar un espacio de diálogo y encuentro fronterizo con las culturas y las religiones de nuestro tiempo.

Autor

Juan Antonio Senent de Frutos

Profesor Titular de Filosofía jurídica y política. Director del Departamento de Humanidades y Filosofía. Coordinador de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría.

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