La libertad real que elige y se autodetermina correctamente emplea la razón científica, antropológica y ética.

Libertad ética, ciencia y antropología

Tal como nos muestran los estudios e investigaciones, y nos transmite la fe e iglesia con los queridos Papas como Francisco, nuestro mundo está marcado por el individualismo y, como consecuencia, por el relativismo posmoderno. La posmodernidad y el neoliberalismo capitalista, que imperan en nuestra época, han dado paso al debilitamiento de la razón.

Una disolución antropológica en la que el ser humano es negado, un eclipse moral donde los valores y principios éticos se oscurecen, dejando de arrojar luz sobre la vida. De ahí que Francisco afirme: “en la Exhortación apostólica Evangelii gaudium me referí al relativismo práctico que caracteriza nuestra época, y que es «todavía más peligroso que el doctrinal»…

Es la lógica interna de quien dice: «dejemos que las fuerzas invisibles del mercado regulen la economía, porque sus impactos sobre la sociedad y sobre la naturaleza son daños inevitables». Si no hay verdades objetivas ni principios sólidos, fuera de la satisfacción de los propios proyectos y de las necesidades inmediatas, ¿qué límites pueden tener la trata de seres humanos, la criminalidad organizada, el narcotráfico, el comercio de diamantes ensangrentados…? ” (LS 122-123).

Libertad ética

Esta negación de la razón, de la naturaleza humana y de la conciencia moral que se separan u oponen a la libertad tiene como consecuencia este individualismo relativista, que alimenta la ceguera ética y antropológica. Y es que, como sigue mostrando Francisco, “los derechos humanos tienen su fundamento en la naturaleza que aúna objetivamente al género humano. Ellos fueron enunciados para eliminar los muros de separación que dividen a la familia humana. Y para favorecer lo que la doctrina social de la Iglesia llama desarrollo humano integral, puesto que se refiere a «promover a todos los hombres y a todo el hombre […] hasta la humanidad entera». En cambio, una visión reduccionista de la persona humana abre el camino a la propagación de la injusticia, de la desigualdad social y de la corrupción”.

La historia del pensamiento y de la filosofía, con lo más valioso de los autores clásicos o modernos e incluso contemporáneos, desde sus distintas perspectivas nos transmite que la verdadera libertad se efectúa en la religación a lo real, a la verdad real y al bien universal del ser humano que hay que respetar como fin.

La vida y condición humana que se  asocia a la verdad y al bien más universal, con su dignidad sagrada e inviolable, es la clave para la realización de la libertad que, inseparablemente, está unida al dinamismo ético y social. Con los valores como la justicia, la fraternidad y la solidaridad. Por tanto, no hay verdadera libertad ni elección real sin ajustarse a la razón y naturaleza humana, a la realidad (verdad real) de la persona con su vida ética, valores y principios que lo orientan.

Tal como nos enseñan las diversas ciencias naturales y sociales o humanas junto a la filosofía, la persona es un ser que se encuentra en comunión fraterna y solidaria con los otros, con la vida, con la naturaleza y con todo el cosmos. En el dinamismo trascendente de la existencia. De esta forma, la libertad y realización humana consiste en este respeto, cuidado y promoción de la vida en todas sus fases, dimensiones y aspectos.

“Cuando no se reconoce en la realidad misma el valor de un pobre, de un embrión humano, de una persona con discapacidad -por poner sólo algunos ejemplos-, difícilmente se escucharán los gritos de la misma naturaleza. Todo está conectado. Si el ser humano se declara autónomo de la realidad y se constituye en dominador absoluto, la misma base de su existencia se desmorona…. Es, por ejemplo, la íntima relación entre los pobres y la fragilidad del planeta. La convicción de que en el mundo todo está conectado, con la crítica al nuevo paradigma y a las formas de poder que derivan de la tecnología, la invitación a buscar otros modos de entender la economía y el progreso. El valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida” (LS 16, 117).

Por ejemplo, las comunidades andinas e indígenas con el buen vivir nos muestran esta ecología integral, con la reciprocidad solidaria y sacralidad de la vida en la comunión espiritual con la comunidad, con la naturaleza y con Dios mismo.

No puede existir, pues, un supuesto derecho de libertad y elección que esté por encima de esta vida sagrada e inviolable del ser humano, de la naturaleza y de los otros; que vaya en contra de la dignidad y del bien común más universal.

Ecología humana

La libertad real que elige y se autodetermina correctamente emplea la razón científica, antropológica y ética para esta protección y cuidado de la vida: desde el inicio con la concepción hasta el final natural de la vida; en todo el trascursos de la existencia con la justicia social, global y ecológica con los pueblos, con los pobres de la tierra y esa casa común que es el planeta tierra; en la diversidad y complementariedad bio-antropológica de un hombre con una mujer, que se unen en el amor fiel y fecundo con el matrimonio, conformando la familia e hijos al servicio de la solidaridad y el bien de la sociedad-mundo.

Francisco insiste en que “la ecología humana implica también algo muy hondo: la necesaria relación de la vida del ser humano con la ley moral escrita en su propia naturaleza, necesaria para poder crear un ambiente más digno. Decía Benedicto XVI que existe una «ecología del hombre» porque «también el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo».

En esta línea, cabe reconocer que nuestro propio cuerpo nos sitúa en una relación directa con el ambiente y con los demás seres vivientes. La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación.

Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda «cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma»” (LS 155).

La antropología y ética que orientan la libertad real se deben basar en estas esferas biológicas, psico-corporales, humanas y sociales. En la XXIV Reunión General de la Academia Pontificia para la Vida, Francisco nos transmite toda esta trascendente enseñanza antropológica y ética.

“Una visión integral de la persona, que trata de articular con creciente claridad todos los vínculos y las diferencias concretas en las que habita la condición humana universal y que nos involucran a partir de nuestro cuerpo”.

Nos manifiesta una ética de la responsabilidad ante “todas las condiciones difíciles y todos los pasajes delicados o peligrosos que requieren una sabiduría ética especial y una valiente resistencia moral: sexualidad y generación, enfermedad y vejez, insuficiencia y discapacidad, privación y exclusión, violencia y guerra”.“La defensa del inocente que no ha nacido, por ejemplo, debe ser clara, firme y apasionada, porque allí está en juego la dignidad de la vida humana, siempre sagrada, y lo exige el amor a cada persona más allá de su desarrollo. Pero igualmente sagrada es la vida de los pobres que ya han nacido, que se debaten en la miseria, el abandono, la postergación, la trata de personas, la eutanasia encubierta en los enfermos y ancianos privados de atención, las nuevas formas de esclavitud, y en toda forma de descarte “(GE 101).

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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