Libertad de expresión y Ética

Por el 18 febrero 2016
La libertad de expresión debe respetar criterios éticos
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Ha causado impacto en la opinión pública diferentes actos o declaraciones que se han realizado. Tales como la celebración, en Madrid, de la Cabalgata de Reyes o una obra de teatro para niño/as y hecha por los conocidos ya como “titiriteros”, las declaraciones de un conocido periodista deseándole la muerte a sus adversarios políticos, etc. Lo Primero que hay que dejar claro es que, evidentemente, en una democracia y estado de derecho-s, la libertad de expresión, de crítica u opinión es un derecho más que consagrado.

Más, para que sea legítima y adecuada, toda libertad o derecho debe estar asentada en la ética y valores como: el respeto a la vida y dignidad del otro, a las creencias y religión en el marco ético, de los derechos humamos; la paz y la no violencia, etc. Obviamente, no se trata de censurar y prohibir todo lo que se haga. Mucho menos judicializar o criminalizar cualquier expresión pública, social o cultural. En este sentido, las cuestiones y consecuencias jurídicas imputables de cada acto- ya que además no es nuestro campo específico-, habrá que resolverla en cada realidad concreta y por las responsabilidades o leyes pertinentes.

Y es que representar en público cómo se ahorca a un juez, se viola a una mujer, se apuñala a una religiosa con un crucifijo, se asesina a un hombre, se intenta un aborto y se muestra una pancarta a favor de una banda terrorista (o dos): no es lo más correcto ni ético, no es lo humanizador ni justo; menos aun cuando al mismo tiempo no se deja claro, y sin la más mínima ambigüedad, que todo este terrorismo, violencia e injusticia no es moral. Cuando no se rechaza clara y contundentemente, dicho terror, violencia e injusticia, todos estos atentados contra la vida y dignidad de las personas.

En esta línea, una cosa es describir la realidad de la violencia e injusticia que existe. Y otra cosa es hacer apología de ella o legitimarla, sin rechazarla clara y éticamente. Tal como es ahorcar a un juez, violar a religiosa y mujer, asesinar a un hombre, apuñalar a una religiosa, practicar un aborto… Hay que deslegitimar y rechazar siempre, de forma diáfana, con vigor cualquier forma de violencia y atentando: contra la vida y dignidad de las personas; en contra de la libertad de creencias y religión en el marco de los derechos éticos-humamos; cualquier injusticia u opresión

Debería quedar claro que la violencia, la corrupción e injusticia siempre está mal. La cometa quien la cometa, y más si se dirige a los niños, venga de donde venga, ya la haga izquierda o la derecha, el capitalismo y sus empresas o el comunismo y el estado… No vale decir que una cosa es aceptable o justificable porque los otros lo hacen. ¿Qué pasaría, por ejemplo, si dicha obra de teatro la hubiese hecho el partido o grupo opuesto, y si en vez de ser jueces, banqueros o religiosas los que sufren todas esa violencia e injusticia, la hubieran padecido miembros del otro partido, grupo u organización social… Lo hubiéramos legitimado o defendido de la misma forma?

Vivimos desgraciadamente tiempos de confusión e incultura, de relativismo e individualismo ya sea a nivel moral, ético o social-político. Hay que educarse, formarse y vivir en todos estos valores o principios morales, antropológicos y ético-políticos que son universales. Son los que nos constituyen como humanos y que hacen posible la justicia y la libertad, la igualdad y la participación democrática, la solidaridad y la paz, la no violencia y la fraternidad. Todos estos valores y principios posibilitan una educación-formación integral, una cultura y arte humanizador, una opinión pública e información en la verdad, en la justicia y en la paz fraterna.

Agustín Ortega

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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