El legado del Padre Arrupe para la fe y misión

El nuevo responsable de la Compañía de Jesús, el Padre Arturo Sosa SJ, ha manifestado que se siente continuador del legado de Padre Arrupe. El P. Arrupe fue asimismo general de los jesuitas. Arrupe ha influido de forma muy importante en la institución religiosa fundada por San Ignacio de Loyola y aun, de forma más global, en la propia vida de la iglesia. En esta perspectiva queremos centrar esta reflexión, en el legado y herencia que nos deja el P. Arrupe para la vida de la iglesia, de la familia ignaciana y de la fe en general, para su presente y futuro.

Y empezaremos por lo que, sin duda, era el propio pozo donde bebía Arrupe. Lo que configuraba e impulsaba su vida hasta las entrañas: la relación y encuentro profundo, personal con nuestro Señor Jesucristo, para seguirle y amarle más, como reza la fórmula espiritual ignaciana. La primera clave del legado arrupiano, la clave de bóveda que cimentaba toda su vida y misión, es la espiritualidad y mística cristocéntrica o cristo-teologal. Esto es, el enamoramiento y pasión por Jesús, experienciada en su vida de oración y contemplación del Crucificado-Resucitado. En la liturgia y celebración sacramental-eucarística, en el amor y la pasión por la justicia, en el fermento y devoción mariana, amor por María, la madre de Jesús y de la iglesia.

 El amor y fidelidad profunda de Arrupe a la iglesia

Este seguimiento y unión profunda con el Señor Jesús, le llevaba a la comunión con su pueblo y cuerpo místico, la iglesia. El amor y fidelidad profunda de Arrupe a la iglesia, y con ella a su Pastor universal, al Papa -sucesor de Pedro-, signo también distintivo de la institución que él presidía, es la segunda clave que nos transmite. Un amor y fidelidad verdadera a la iglesia y al Papa, que cimentada en el depósito de la fe eclesial, consistía en la fidelidad, actualización y profundización del Evangelio de Jesús y su iglesia en los tiempos y contextos que le tocó vivir. Esto es imprescindible para que haya verdadero amor y fidelidad eclesial, el abrir los nuevos caminos y surcos en la historia. Por donde el pueblo de Dios puede ir caminando, con  la Gracia del Evangelio en el Espíritu, siempre fermento, renovador y transformador del mundo y de la humanidad.

 

De ahí que esta comunión con Jesús y con su iglesia, llevara al P. Arrupe a  la misión evangelizadora. Él nos enseña, con la iglesia, que la misión del cristiano y del pueblo de Dios es la proclamación y realización del Reino en la historia y en los pueblos; que la iglesia es por naturaleza misionera, que ella no existe para si misma, sino para evangelizar y servir a la humanidad. El camino de la iglesia es el camino de las personas y de los pueblos, la vida del ser humano, con sus gozos y esperanzas, sus tristezas y sufrimientos, en especial de los pobres y víctimas.

Arrupe y la inculturación del Evangelio

Tal como nos enseña la iglesia actualmente. Arrupe fue iniciador y pionero, en esta época contemporánea, de lo que hoy se conoce como inculturación del Evangelio. Nos muestra como la misión evangelizadora, para ser autentica, debe plasmarse en un mutuo dialogo e inter-relación de la fe con la vida y cultura de los pueblos. Una reciproca inter-penetración donde todo lo bueno, verdadero y bello de esta cultura y vida de los pueblos quede asumido y plenificado por la luz del Evangelio que, a la vez, libera y transforma todo lo inhumano, inmoral e injusto.

El P. Arrupe nos muestra como la misión evangelizadora debe hacerse desde esta perspectiva de dialogo sincero y profundo, respetuoso y crítico, desde una fidelidad y creatividad o novedad evangélica. Con alegría y ternura, con libertad y co-responsabilidad mutua entre todos lo miembros del pueblo de Dios, con humildad y profecía. Él nos enseña todo este modo de vida y de comunión, de responsabilidad, de ejercicio ministerial y de  misión eclesial, fiel al Evangelio y a lo mejor de la tradición de la iglesia. Un misión evangelizadora que, de esta forma, dialoga y se inter-relaciona con el pensamiento, con  las distintas ciencias y materias formativas, con las cosmovisiones e ideologías, con la increencia y el ateismo. Y que por lo tanto requiere una formación cualificada, actual e inter-disciplinar.

Un cristiano que no posea esta formación sólida y vida madura, que no sea  adulto en la fe con su diálogo con la razón, no podrá evangelizar de forma adecuada. Desde todo lo anterior, Arrupe fue pionero así en el dialogo ecuménico, inter-religioso e inter-cultural, en la inter-relación de las distintas culturas, cosmovisiones y éticas de los diferentes pueblos o civilizaciones. Para intentar buscar la civilización del amor, la cultura de la solidaridad y el bien común global, como nos enseña hoy la iglesia.

La herencia de Arrupe

Sin duda, una de las claves más importantes de la herencia arrupiana es el constitutivo e irrenunciable carácter o dimensión social-política de la fe, que exige la justicia, la paz y la transformación del mundo, de sus relaciones, estructuras e instituciones. Una fe que se expresa u opta por el amor liberador desde y con los más empobrecidos, oprimidos y excluidos del mundo. Arrupe fue un verdadero profeta que supo denunciar el mal e injusticia, y anunciar el Evangelio de la justicia, de la paz y reconciliación en un mundo profundamente injusto y desigual. Con el empobrecimiento y exclusión creciente del llamado Tercer Mundo o Sur del planeta. Llevó a la Compañía y a la Iglesia por una senda y testimonio coherente, comprometido en la defensa y promoción de la dignidad y derechos del ser humano, de los explotados y marginados de la tierra.

De ahí su elogio y admiración por todos estos testimonios, mártires que entregaron su vida por el Evangelio del amor, la justicia y de la paz, por la Buena Nueva liberadora de los empobrecidos, excluidos y marginados. Testimonios y nombres, que él incluso conoció y trató personalmente. Como Rutilio Grande SJ, Mons. Romero, Ll. Espinal SJ, I. Ellacuría SJ y sus compañeros mártires jesuitas de la UCA (El Salvador), etc. que le dejaron una huella imborrable en su vida.

De estos testimonios y mártires, decía Arrupe, que eran verdaderos modelos y ejemplos para la Compañía de Jesús, para la vida religiosa y de fe en general; que eran prototipo de jesuitas, de miembros de la iglesia y de cristianos para nuestro tiempo. Muchos más cosas se podrían decir del P. Arrupe y su legado espiritual, humano, ético y social. Pero con la intención de no alargarnos más, creemos que lo escrito hasta aquí es lo más esencial de su herencia. Y sirve para tomar conciencia de la talla humana y cristiana del jesuita vasco. Como tantos santos y testimonios admirables a lo largo de la historia de la iglesia, Arrupe supo vivir e ir a lo primordial, a la entraña del Evangelio. Es decir, el seguimiento de Jesús, en la santidad y mística-espiritualidad del Dios del amor, la justicia y la paz. El Dios liberador y universal, de los pobres y excluidos del mundo. Arrupe fue todo un profeta y renovador de la vida religiosa, eclesial y cristiana. Ahora  nos sigue sonriendo y alentando, desde la comunión con el Dios Trinitario y con todos los santos.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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