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José Juan Romero, en la Capilla de La Storta

La Storta: una capilla con resonancias ignacianas

Del 15 al 24 de agosto he acompañado –en una casa de retiro de las afueras de Roma- la experiencia de Ejercicios Ignacianos de un grupo de religiosas Esclavas del Sagrado Corazón. Una de ellas me llevó a conocer la pequeña capilla de La Storta. ¿Qué es y qué importancia tiene este lugar? Lo comparto brevemente con los amigos y amigas interesados en la historia de Ignacio de Loyola y de la Compañía de Jesús.
Era mediados de noviembre de 1537, la Compañía todavía no había sido aprobada por el Papa (ello ocurriría en 1540). En ese lugar, La Storta, según cuenta el propio Ignacio, en su autobiografía: «Y estando un día, algunas millas antes de llegar a Roma, en una iglesia, y haciendo oración, sintió tal mutación en su alma y vio tan claramente que Dios Padre le ponía con Cristo, su Hijo, que no tendría ánimo para dudar de esto, sino que Dios Padre le ponía con su Hijo» (Autobiografía nº 96).
Ignacio iba acompañado de dos de sus primeros compañeros, Pedro Fabro y Diego Laínez, hombres clave del primer grupo de ‘amigos en el Señor’. Precisamente Diego Laínez, segundo superior general de la Compañía de Jesús, en la versión que hizo de esta visión de La Storta, cuenta que el santo le comunicó que “le parecía ver a Cristo cargado con la Cruz y junto a él al Padre eterno que le decía:
– Quiero que tú tomes a este por servidor tuyo.
Y Jesús mismo lo tomaba y le decía:
– Quiero que tú nos sirvas”.
Este aspecto -Jesús cargado con la Cruz- no aparece en la narración del propio Ignacio; y, sin embargo, Ignacio daba a esta versión más validez que a la suya propia. Es decir, el Cristo de Ignacio es el Jesús pobre, humilde y humillado de los Evangelios. Ignacio subraya esta intuición en la meditación de Dos Banderas, una de las fundamentales de los Ejercicios Espirituales – quizá la más inequívocamente ignaciana-.

Meditación

El ejercitante no debe llamarse a engaño: la bandera de Jesús, a la que es llamado, con su trilogía de pobreza – oprobio – humildad, le introduce en una dinámica ‘descendente’. El seguimiento de Jesús no es compatible con la búsqueda compulsiva de “movilidad hacia arriba”.
Por eso, esta meditación es una de las contribuciones más penetrantes y más intuitivas de Ignacio a nuestra comprensión de la realidad; quizá la meditación central de los EE. Hay que seguir a Jesús y servir a su misión, pero no de cualquier manera, sino con el estilo de Jesús.
Nuestra Congregación General 35 (2008) retoma el tema de La Storta varias veces. Entre otras referencias, citaré la que aparece en el decreto sobre la misión: (‘Desafíos para nuestra misión, hoy’), donde se nos urge a “construir un nuevo mundo de relaciones justas”:
Somos enviados a esta misión por el Padre, como lo fueron Ignacio y los primeros compañeros en La Storta, junto con Cristo resucitado y glorificado pero aún cargado con la cruz, como Él sigue trabajando en un mundo que todavía tiene que experimentar la plenitud de su reconciliación. En un mundo rasgado por la violencia, las luchas y la división, también nosotros somos llamados, junto con otros, para llegar a ser instrumentos de Dios que “estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirle cuenta de sus pecados” (2 Cor 5, 19). Esta reconciliación nos llama a construir un nuevo mundo de relaciones justas, un nuevo Jubileo en el que, superando todas las divisiones, Dios restaura su justicia para todos”.
La tentación de nuestros tiempos caracterizados por su ‘liquidez’ y falta de consistencia, es la de ‘salir corriendo’ ante el dolor y las cruces propias y ajenas. Pero para ser fieles a la propia realidad, en palabras de Benjamín González Buelta:
“Muchos servidores creativos del reino de Dios hoy cargan con gran ánimo y fortaleza cruces muy pesadas con su lucha a favor de la paz y la justicia y la defensa de la vida en todas sus dimensiones, que los enfrentan a los poderes establecidos y a los valores dominantes en la cultura. Unos soportan una pasión pública y son figuras con una lucha que recogen los medios de comunicación. Otros viven una pasión creadora sin testigos, en la clandestinidad de su corazón, uniendo su espíritu al corazón de Dios humillado en la creación y en la historia, mientras van colaborando con él en tareas sencillas de agua mansa que va puliendo la piedra o va alimentando la espiga”.
Estas cosas recordaba hoy en la visita a La Storta, esa pequeña capilla de la campiña romana…

Autor

Jose Juan Romero SJ

Sacerdote jesuita, doctor ingeniero agrónomo y profesor emérito de la Universidad Loyola Andalucía.

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