Claves de la aportación de los jesuitas mártires de la UCA a la Universidad y el desarrollo integral.

Universidad y cultura para el desarrollo desde los jesuitas de la UCA

Se ha publicado un importante e imprescindible documento, “Ustedes darán también testimonio, porque han estado conmigo desde el principio”, obra de Mons. Escobar Alas, Arzobispo de San Salvador. En el cual se expone muy bien la aportación de los conocidos jesuitas mártires de la UCA, I. Ellacuría, I. Martín-Baró, S. Montes o J. R. Moreno (pp. 75-85) a la vida universitaria, cultural y al desarrollo liberador e integral de los pueblos.

Junto a otros mártires-testigos de santidad y mártires tan significativos de la iglesia del Salvador como Mons. Romero, el también jesuita R. Grande, etc. A continuación, desde dicho documento tan significativo, vamos a presentar y profundizar sobre esta experiencia universitaria y cultural de los jesuitas mártires de la UCA que, como Universidad Jesuita, muestra muy bien toda la fecundidad de la cosmovisión y espiritualidad ignaciana.

Universidad humanista

Con su filosofía, teología y ciencias como las sociales o humanas, Ellacuría, Martín-Baró y sus compañeros jesuitas nos presentan una actividad académica, universitaria y cultural al servicio de las personas, de los pueblos y de los pobres de la tierra. Se manifiesta así el carácter social y público de la Universidad, de la educación y de la cultura que pretende promover el bien común, la justicia con los pobres y el desarrollo humano, liberador e integral.

Es una educación y universidad con una entraña humanista, personalista y ética en donde lo primero es la promoción de las capacidades y posibilidades de las personas, de los pueblos y de los pobres para su realización, desarrollo y liberación integral. Se trata de reconocer e impulsar el dinamismo de las realidades de las personas, de las sociedades y de la historia capacitando y posibilitando que vayan dando de sí esta humanización, libertad y justicia liberadora que constituyen el desarrollo humano e integral.

Con una cosmovisión ética, crítica e histórica de las relaciones inhumanas, de las estructuras sociales perversas y del mal común que, con sus desigualdades e injusticias sociales-globales, sacrifican la vida, dignidad y derechos humanos de los seres humanos, de los pueblos y de los pobres.

Es la inherente misión des-ideologizadora de la filosofía, de la cultura y educación que, como toda verdadera universidad, debe ejercer en la crítica y descubrimiento de las ideologías e ideologizaciones que encubren la realidad, la verdad real, con el mal e injusticia y su mentira para mantener el desorden injusto establecido.

En este sentido, la luz que descubre la realidad social e histórica, la verdad real de la historia, es el signo permanente de los tiempos: los pueblos crucificados por el mal, injusticia y opresión que nos aportan salvación y liberación integral; con el “principio-vida” que discierne y crítica éticamente a toda aquella realidad y estructura social e histórica que impide la vida de las personas, de los pueblos y de los pobres.

Es la ética del desarrollo con el “principio-liberación” que pretender bajar de la cruz a estos pueblos empobrecidos, explotados y oprimidos por el mal e injusticia con la liberación integral de los seres humanos y de los pobres. Todo aquello, toda realidad o relación y estructura social, todo sistema político e histórico, que no promueva la vida, dignidad y la liberación integral es inmoral e injusto, no es ético y hay que rechazarlo moralmente.

De la misma forma, a la vez, la educación con la universidad propone alternativas y horizontes educativos o culturales de utopía, del “principio-esperanza” y liberación integral para revertir la historia y lanzarla en otra dirección con los pobres de la tierra. Frente a todo individualismo burgués y asistencialismo paternalista con sus elitismos, las personas, los pueblos y los pobres son los sujetos protagonistas de su desarrollo, promoción y liberación integral.

Se trata de una pedagogía liberadora en la concientización de los sujetos personales, de los seres humanos y de los empobrecidos u oprimidos para que conozcan, se inter-relacionen y transformen la realidad del mundo. Una educación encarnada que facilita así este método de historización. Por el que voy verificando, en la realidad social e histórica, si realmente se van realizando y llevando a la praxis los conceptos o valores y principios como el bien común, los derechos humanos y la democracia; o si por el contrario, como acontece en la realidad actual, lo que existe es el mal común y la violación de la vida, dignidad y derechos. Con una creciente desigualdad e injusticia social-global en forma de hambre y pobreza, desempleo y explotación laboral, guerras y violencia, destrucción ecológica y exclusión social

Con una educación integral que abarca y promueve todas las dimensiones o diversidad de la realidad personal, socio-estructural y trascendente, la inteligencia humana, social e histórica. Es la inteligencia cognoscitiva en el ver y aprehende la realidad, que se religa a lo real haciéndose cargo de la realidad con sus mediaciones humanas, sociopolíticas e históricas y la razón o ciencias que la analizan analítica e intelectivamente como son las sociales o humanas.

La inteligencia ética que, con un sano juicio, carga con la realidad en la compasión y “principio miseri-cordia” por el que asumo la miseria e injusticia que padece el otro, el pobre en mi corazón, sede de los afectos y sentimientos morales que acogen el dolor y opresión de los pueblos.

La inteligencia práctica que actúa y se encarga de la realidad, con la praxis por la justicia con los pobres de la tierra como sujetos de su promoción y desarrollo liberador e integral. La inteligencia espiritual que se deja cargar por la realidad, acoge el Don (Gracia) de lo real y de los otros, del Otro y Dios, en la memoria de los pueblos, de las víctimas y de los pobres con sus tradiciones, virtudes y luchas liberadoras.

Solidaridad

En esta línea, como nos mostró Ellacuría adelantándose a su tiempo, es la utopía y alternativa de un auténtico desarrollo mundial para esta era de la globalización en la que ya nos encontramos. La civilización del trabajo y de la pobreza frente a la del capital y a la de la riqueza.

Una civilización global donde el motor de la historia no sea el capital, el beneficio y la ganancia que empobrece a la humanidad. Sino el trabajo decente, la vida-dignidad del trabajador y de la persona, con una economía política al servicio de las necesidades de la humanidad, del desarrollo humano e integral de los pueblos y de la justicia con los pobres.

Una civilización de la pobreza entendida como la solidaridad en el compartir los bienes, la vida y las luchas por la justicia como los pobres de la tierra que son los principios de humanización, realización y felicidad; frente a los ídolos de la riqueza-ser rico, del poseer y de tener que se anteponen sobre el ser-persona en esta vida de solidaridad liberadora, produciendo la deshumanización, el nihilismo e infelicidad.

Como nos enseñan la filosofía, ética y las ciencias sociales, Ellacuría mostró muy bien que esta civilización del capital y de la riqueza no es universalizable y que, por tanto, no es ética. Ya que empobrece, oprime y excluye a la mayoría de la humanidad, rechazando así la justicia social y global. No promueve un desarrollo sostenible-ecológico por sus niveles de productivismo y consumismo que, tampoco, se pueden universalizar ya que que destruirían el planeta con su hábitat ecológico.

En esta línea, esta civilización consumista y capitalista produce lacras como las adicciones a todo tipo de sustancias, sepulta en el individualismo posesivo e insolidario. Con un vacío y nihilismo que destruye el sentido, conciencia y vida del ser humano que está llamado a esta vida de amor fraterno, pobreza solidaria y compromiso por la justicia con los pobres la tierra.

Frente a este individualismo del neoliberalismo y capitalismo que es intrínsecamente perverso, hay que promover la fraternidad solidara y la justicia con los pobres. Más frente al totalitarismo de un comunismo colectivista o colectivismo, hay que asegurar la libertad personal y democrática. Se trata del sueño de una humanidad nueva en el don de la vida del amor, de la libertad y de la justicia liberadora con los pobres, de la vida trascendente, espiritual, plena y eterna que en la fe acoge al Dios de la vida y de la paz justa.

Tal como se nos ha revelado en Jesús de Nazaret con el Reino de Dios y su justicia liberadora con los pobres de la tierra, con su Don (Gracia) de la salvación en este amor, paz y justicia que nos libera de todo mal, pecado, muerte e injusticia.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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