Humanismo y doctrina social de la iglesia

En este artículo, presento algunas claves de mi segunda tesis doctoral en humanidades y teología. Con un estudio sobre pensamiento social y ética con su antropología en perspectiva teológica. La aportación que puede hacer la conocida como Doctrina Social de la Iglesia (DSI) a un humanismo integral.

En este estudio, en muy buena medida, hemos querido reivindicar las humanidades y el humanismo. En el que la fe cristiana y el catolicismo han hecho una aportación imprescindible, y que puede orientar con sentido a la cultura, a la educación y la vida social; frente a la colonización de la razón científico-técnica, instrumental e individualista que está mercantilizando e instrumentalizando toda la vida, la cultural, educativa, social y ecológica.

Humanizar la sociedad

El humanismo antropológico, ético y espiritual, con las disciplinas de las humanidades como son la filosofía o la teología e incluyendo a las ciencias humanas o sociales, posibilitan una razón y pensamiento crítico, moral, social y liberador. Lo que permite humanizar a la sociedad, a la cultura y a la misma religión, liberándola de sus patologías como son el afán de dominación e imperialismo, los ídolos del poder y de la riqueza.

Todo este humanismo defiende y promueve que las personas sean el centro, sujetos y protagonistas de la gestión de toda la vida cultural, social, económica y política.

Cuando la cultura o la ciencia, la política y la economía no tienen como centro o clave a la persona, no está al servicio del ser humano, se convierte en un régimen totalitario, opresor e injusto. El humanismo tiene como entraña la promoción de la sagrada e inviolable vida y dignidad de la persona, que está por encima de cualquier realidad, sistema e ideología política, económica o tradición cultural.

Nos muestra toda una antropología integral y solidaria que respeta e incluye todas las dimensiones de las personas, a todos los seres humanos con una ética y amor fraterno universal.  Frente a todos los totalitarismos e individualismos insolidarios, como son el liberalismo capitalista o capitalismo y el comunismo colectivista (colectivismo) o fascismos, el ser humano es el principio y sujeto de todas las relaciones u orden y sistema.

La persona es alteridad, un ser en inter-relación fraterna y solidaria con los otros, con toda la humanidad, al servicio del bien común y de la justicia con los pobres de la tierra. La persona y la sociedad-mundo están en co-dependecia al servicio mutuo para el desarrollo integral de la persona y de la comunidad social e histórica. Todo (el ser humano con el universo o cosmos) está relacionado con todo.

De esta forma, el mercado y la economía se asientan en la ética, sirviendo a la satisfacción de las necesidades de las personas. Con la finalidad del destino universal de los bienes, que tiene la prioridad sobre la propiedad, para que se distribuyan de forma justa, para que se repartan con equidad todos los recursos para todos los seres humanos.

Condiciones laborales humanizadoras

La propiedad solo es legítima y moral si cumple con esta destinación universal de los bienes, con esta justa distribución de los recursos. El trabajo está sobre el capital, la vida digna y derechos de la persona trabajadora está antes que el beneficio y la productividad o medios de producción. Con un salario justo para el trabajador y su familia, un trabajo decente y unas condiciones laborales humanizadoras que ninguna ley mercantil puede impedir.

La empresa tendrá que ser una comunidad de personas, en una economía social y cooperativa. En donde todos los trabajadores y miembros participen, gestionen, socialicen y protagonicen la vida (medios de producción, propiedad y destino) de la empresa. Con una verdadera ética de la empresa y responsabilidad social corporativa. Al servicio del bien común de los trabajadores y de la sociedad-mundo, de la dignidad del trabajo y de la justicia social-global frente a toda desigualdad e injusticia social, planetaria y ecológica.

Una política y democracia que sirviendo a este bien común, unas condiciones sociales que perfeccionen y desarrollen integralmente a la personas, haga realidad el principio de subsidiariedad. Esto es, que todas las bases de la comunidad y de la sociedad, todas las personas u organizaciones sociales y pueblos sean los artífices o co-gestores de la vida social, cultural, política y económica.

En una democracia realmente participativa, autogestionaria y moral por la justicia y promoción integral con los pobres de la tierra. Contra todo elitismo, “liderismo” o vanguardismo que impide el protagonismo real de las personas, de los pobres y de los pueblos en dicha promoción.

De ahí que para todo lo anterior, sea necesario e imprescindible esta persona nueva o renovada, en la pobreza solidaria y liberadora con los pobres de la tierra. El ser humano cooperativo que en la solidaridad fraterna vive en comunión de vida, bienes y luchas por la justicia con los otros, con los pobres y pueblos; frente al egoísmo burgués e individualista con sus ídolos de la riqueza, del querer ser rico, del tener y del poder, del materialismo, consumismo y hedonismo.

Es la persona para los demás al servicio de la fe y de la justicia, en comunidades solidarias y liberadoras con los pobres, en salida hacia las periferias sociales y existenciales. Se trata de ir estableciendo la civilización del amor, del trabajo y de la pobreza, la globalización de la solidaridad y del desarrollo sostenible; frente a la del egoísmo, del capital y de la riqueza, del individualismo y de la competitividad que destruye la vida de las personas, pueblos y del planeta.

Una sociedad-mundo reconciliado con Dios, con los otros, con los pobres y con la tierra. En una ecología espiritual, humana social y ambiental, con perdón y paz justa en contra de toda guerra, violencia e injusticia.

Es una sociedad y mundo acogedor, con una ética del cuidado y de la hospitalidad hacia todo ser, hacia las persona, los pobres como son los migrantes o refugiados y el hábitat ecológico. Un mundo sin barreras ni fronteras, reconciliado en la paz y la justicia con los pobres, que supere toda discriminación y exclusión, que libere de la cultura del descarte y de la globalización de la indiferencia.

Tradición ignaciana

Tal como nos enseña todo lo dicho hasta aquí el pensamiento social cristiano, la DSI y lo más valioso de la tradición ignaciana. Ahora que la Compañía de Jesús vive una nueva Congregación General, creemos que la misión ignaciana y de los jesuitas debe seguir transitando, actualizando y profundizando todo lo que hemos expuesto en este artículo.

En esa fidelidad al carisma y profecía de San Ignacio de Loyola, que se renueva en nuestro mundo e historia. Y en todo servir y amar, buscando la mayor gloria de Dios (magis) en todas las cosas, al servicio de la fe y de la justicia en una opción por los pobres, en dialogo con las culturas y con las religiones, al cuidado de la creación.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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