El filósofo inglés Thomas Hobbes dice que la guerra consiste en el combate de las pasiones extremas y de la locura de los otros.

Ganar la paz

Alfonso Álvarez Bolado publicó hace unos años un libro titulado “Para ganar la guerra, para ganar la paz”. Me quedo ahora con el título. El mismo nos evoca el desafío no sólo de ganar la guerra, sino el fin el más consistente de posibilitar la convivencia pacífica.

Para ello, y sobre todo, en tiempos de amenazas, de riesgos y de violencia terrorista se suele confiar el aseguramiento colectivo a la inteligencia militar y a las respuestas bélicas. Sin embargo, el problema de la convivencia social no se resuelve militarmente.

El arte de la guerra se presenta como un medio habitual orientado desde una racionalidad estratégica: dominar para no ser dominado, destruir para no ser destruido, conquistar para no ser conquistado, anticiparse en el ataque para no ser atacado. En suma, pretender alcanzar un poder que no tenga sombra de otro poder, y así, poder vivir tranquilos y seguros.

La guerra: un combate de pasiones

Thomas Hobbes, en el ámbito de la geopolítica en la Modernidad, es quien realiza una fundamentación y promoción de una idea de guerra que consiste en el combate de las pasiones extremas y de la locura de los otros, y que se orienta únicamente por una racionalidad estratégica y por una voluntad de poder: todos los medios son lícitos para conseguir la paz, si estos son eficaces.

Todo lo que se considera eficaz, debe ser permitido. La guerra “racional” es una lucha con las pasiones de los otros que impiden o amenazan el respeto al propio bloque. Es así un tipo particular de guerra “justa”. Es una idea típicamente moderna de guerra, que ya no es sólo guerra de legítima defensa (sujeta a reglas) para restablecer un derecho violado, y por tanto, que debe guardar el equilibrio y la proporcionalidad para el restablecimiento de la situación anterior, sino, sobre todo, puede ser guerra total, no sujeta a proporción ni límites.

Por eso, señalaba Carl Schmitt que las guerras modernas devienen guerras totales. En este sentido, las guerras dejan de jugarse dentro de ciertos límites, desarrollándose entonces bajo la forma de “última guerra final de la humanidad”.

“Tales guerras son necesariamente de una particular intensidad e inhumanidad, puesto que superando lo “político”, descalifican al enemigo inclusive en su perfil moral, así como en todos los demás aspectos, y lo transforman en un monstruo feroz que no puede ser sólo derrotado sino que debe ser definitivamente destruido, es decir, que no debe ser un enemigo a encerrar en sus límites”.

Combatir la violencia terrorista

Por ello, Carl Schmitt advirtió que las luchas en la era moderna se llevaban a cabo como luchas finales, por el sometimiento total. El adversario (quien porta o pretende otros modelos sociales) es despojado, mediante la construcción de un enemigo absoluto, de todo vestigio de humanidad y debe ser aniquilado tanto en lo que es, como en lo que representa. Por ello, diríamos hoy, es tan fácil pasar o deslizarnos del combate a la locura de la violencia terrorista, al combate entre civilizaciones, culturas y religiones.

De la lucha contra el fascismo, al fascismo social y político. Por ello, la “centralidad política” (lo que pide el sentido común político) lo ocupan las posiciones extremas y maniqueas, que son las emuladas por los partidos que ejercen/aspiran al poder, que se radicalizan políticamente para presentarse como creíbles y constructores de confianza. El problema no es sólo combatir el terrorismo o el fundamentalismo que genera violencia y muerte, sino hacernos en ese camino totalitarios y despóticos.

El totalitarismo es fuente de conflictos sociales porque se erige en vía única: si lo tiene “todo”, no puede tolerar la diferenciación, la creatividad humana, los procesos de búsqueda y de profundización, en suma, la riqueza humana.

La “única vía” entonces se hace vía intransitable porque impide hacer el camino como sujetos, o impide reconocer otros caminos y produce una nueva forma de dogmatismo y de violencia, es decir, pretende un camino que niega la pluralidad de formas de vida, de caminos de humanización.

Si afirmamos la pluralidad, siempre queda pendiente la lucha contra aquello, que en virtud de la misma pluralidad humana, se cuela de desvarío, de discriminación, de sometimiento y va deshumanizando. Pero esta lucha no puede conducirse tratando a los otros simplemente como objetos, sin contar con ellos en el proceso de crítica y de transformación. Por ello, no se puede luchar por los derechos humanos, violando sistemáticamente derechos humanos.

Por otro lado, la otra dificultad es hacernos despóticos: sin sujeción a límites, legales, éticos o sociales. El despotismo no deja de ser una forma extrema también de locura o de desorden humano: afirmarse uno y su bloque a costa de todo y de todos.

Siguiendo el propio análisis de Hobbes, señalaba que de la disposición de las pasiones surge un complejo equilibrio en la lucha por la vida. Y agrupaba las pasiones en tres niveles: débiles, fuertes y vehementes. No tener apenas pasiones o deseos, es igual a torpeza, incapacidad e inseguridad.

Tener pasiones fuertes, un “fuerte de deseo de poder”, generaría inteligencia, capacidad de anticipación en la lucha, búsqueda de seguridad. Tener pasiones vehementes, conduce a la locura, donde se pierde el sentido de la realidad, y por ello, se pone en peligro el propio poder y la propia vida.

En este límite extremo, surge el límite del poder despótico, aquél que tiene un deseo fuerte de dominación y no conoce otras restricciones (legales, éticas, políticas, ante los otros) que la cantidad de poder que pueda concentrar, y que lo despliega buscando preservar y no poner en peligro el propio poder. Por tanto, cuando crea que está en superioridad y no peligra su poder, atacará, según nos dice.

Ahora bien, entre el poder despótico y la locura hay una invisible línea, que no se puede saber de antemano cuando se traspasa. Como la garantía de éxito de la operación dependerá de que se tenga un conocimiento perfecto de las fuerzas del enemigo, de la capacidad real de las propias, de la situación del campo de batalla y de las consecuencias que se generen en el contexto con las acciones desplegadas, este conocimiento absoluto, no es humanamente posible.

De ahí que un ataque “estratégicamente inteligente” por los riesgos asumidos realmente puede devenir un “ataque loco” (recordemos la guerra de Irak); que genere más inseguridad para sí mismo y su bloque estratégico, que la seguridad que pretendidamente se quería alcanzar.

Toda la inteligencia militar que se sea capaz de concentrar por los servicios de información y de espionaje, apoyados en los avances tecnologías de la guerra y que  darían supuestamente una ventaja comparativa sobre fuerzas enemigas, no es capaz de asegurar el conocimiento perfecto para tomar una decisión estratégica plenamente inteligente. La inteligencia militar, no puede sustituir exitosamente a la sabiduría humana en la elaboración de criterios prácticos para la convivencia.

La racionalidad estratégica no es suficiente para asegurar una actuación ni realista ni buena para ganar la paz. Por eso, los pacifistas y los defensores de los derechos humanos no son un desvarío a combatir, sino quienes introducen una racionalidad humana más sabia y compleja entre la locura de la barbarie y de la amenaza de la guerra total.

Autor

Juan Antonio Senent de Frutos

Profesor Titular de Filosofía jurídica y política. Director del Departamento de Humanidades y Filosofía. Coordinador de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría.

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