Filosofía social y ética de la solidaridad

Por el 3 noviembre 2015
Ética de la solidaridad y filosofía social
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Los sectores apostólicos de la Compañía de Jesús en España han impulsado una reflexión compartida, con un significativo documento titulado Crisis de la solidaridad, solidaridad ante la crisis.

Con motivo de este interesante e importante documento, a continuación queremos comentar, reflexionar y exponer una serie de claves y criterios al servicio de la fe y de la justicia, del bien común y de la solidaridad liberadora con los pobres de la tierra.

La solidaridad es actualmente una clave esencial para comprender la filosofía y el pensamiento social, para la ética y una antropología integral. Tal como se manifiesta, asimismo, en la Doctrina Social de la Iglesia (DSI). Por ejemplo, en el magisterio de Juan Pablo II con la Sollicitudo Rei Socialis (SRS), conocida como la encíclica de la solidaridad, donde el Papa presenta de forma profunda el sentido y significado de la solidaridad.

Lejos de ser una moda y un acto puntual o pasajero, la solidaridad es el proyecto ético y antropológico que realiza las constitutivas dimensiones humanas y morales, sociales y espirituales  de la persona. La solidaridad es un valor y virtud moral, humana y cristiana que es esencial en la existencia.

Es el proyecto de vida que nos religa a los otros y que, de forma constante (firme y perseverante), nos llama a la responsabilidad y compromiso por el bien común, por la fraternidad y la justicia liberadora con los pobres de la tierra.

Lejos de toda imposible neutralidad e imparcialidad, la solidaridad opta y se compromete asimétricamente con los sufrimientos e injusticia que padecen los empobrecidos y oprimidos, se encarna e implica con las asimetrías, desigualdades y dominación que sufren los excluídos y víctimas de la historia.

Solidaridad con los pobres

La solidaridad no es solo compartir de lo que me sobra, sino hasta de lo necesario para vivir. Se vive en la pobreza solidaria compartiendo la vida, los bienes y las luchas con los pobres de la tierra, frente a los ídolos del poder y del poseer, del tener y de la riqueza, de ser rico, que deshumanizan y esclavizan en la insolidaridad.

Es asumir solidariamente las condiciones, causas y proyectos liberadores de los empobrecidos en el mundo que, como sujetos y protagonistas de la historias, buscan su promoción y liberación integral. Por tanto, la solidaridad es la forma de vivir, conocer y comprender, la clave epistemológica y hermenéutica, para des-velar la realidad, para asumir la verdad real en los padecimiento y anhelos de los crucificados por el mal e injusticia en la historia.

Un conocimiento de la realidad y verdad que se hace praxis por la justicia liberadora con los pobres, que confía en el futuro y la esperanza de que las causas de los oprimidos, la justicia y la solidaridad con las víctimas de la historia, vencerá a todo mal, muerte e injusticia.

La solidaridad pretende, pues, una acción y cambio social integral. La conversión personal, el cambio de mentalidad, actitud y corazón que nos lleva a la fraternidad solidaria, a la lucha por la paz y la justicia, a la pobreza liberadora de los ídolos del poder y de la riqueza, del individualismo y del egoísmo.

Y por tanto, a la misma vez de forma inseparable e inter-relacionada, nos lleva a la responsabilidad y compromiso por la transformación de las relaciones deshumanizadas e injustas, de las estructuras sociales de pecado, perversas, de los sistemas políticos y económicos opresores que causan el mal común.

Como se observa, la solidaridad siempre defiende la vida y dignidad sagrada e inviolable de las personas, promueve los derechos humanos  como son los políticos y  sociales, los económicos y ecológicos, los culturales y religiosos. Lo que supone e implica, pues, el servicio y compromiso por el derecho al destino universal de los bienes, por la justa distribución de los recursos para toda la humanidad que hagan posible el bien común, que está por encima del derecho secundario de la propiedad.

La fraternidad y solidaridad con los pobres, entonces, lleva ineludiblemente a responsabilizarse y comprometerse por el estado social de derecho-s que posibilite esta equidad y justicia en el reparto de los bienes. Por la dignidad del trabajo y de los trabajadores, para que haya trabajo para todos en un reparto equitativo, y un empleo decente frente al trabajo basura, precario e indecente.

Con unas relaciones laborales humanizadas como es un trabajo estable, un salario justo, unas jornadas de trabajo humanizadoras que permitan conciliar la vida familiar con la laboral, y el resto de  derechos sociales, laborales y humanos.

Por un sistema fiscal justo, donde contribuyan y paguen más los que más tienen, las rentas más altas y el capital, las empresas multinacionales y financieras-bancarias con sus operaciones bursátiles, financieras, etc. erradicando por tanto los paraísos fiscales y demás fraudes tributarios. Por los servicios públicos que aseguran los derechos humanos. Tales como una renta básica necesaria para la dignidad del ser humano.

La universalidad y calidad de la educación y cultura, de la sanidad y medicamentos. Una  vivienda digna e infraestructuras o equipamientos básicos. Los servicios sociales generales y específicos para la infancia, la familia y la mujer, las personas con diversidad funcional, etc.

Esta solidaridad, en el compromiso por el estado social de derecho-s, requiere transformar nuestro modelo económico financiero-especulativo, y dar paso a una economía real que promueva la inversión ética para la empresa y la economía social o cooperativa, para el empleo de calidad y el desarrollo sostenible.

Regulación ética de la economía

En esta línea, se trata de transformar este modelo de economía basada en el beneficio y competitividad, dando lugar a un sistema económico humanizado cimentado en la cooperación solidaria, en la equidad y en el don de la gratuidad. Lo que conlleva, necesaria y sustancialmente, la regulación ética-política de la economía y del mercado por parte de los estados y de las sociedades civiles, de la ciudadanía cosmopolita en una democracia global. Para evitar así toda esta especulación y usura financiera, que provoca las crisis permanentes y el perpetuo e injusto endeudamiento de las familias, pueblos y personas.

Las finanzas mundiales, el comercio internacional y el sistema laboral global deben ser controlados, regulados por la ética y la política cosmopolita, por las leyes e instituciones planetarias que establezcan una mundialización de la solidaridad y de la paz, de la justicia y del desarrollo sostenible-ecológico.

Frente a la actual globalización neoliberal del capital y de la guerra, del consumismo y de la destrucción ecológica: que cada vez más produce mayor desigualdad e injusticia social-global y ambiental; que expulsa e inmoviliza a los parias de la tierra, como son los refugiados e inmigrantes, se les niega un futuro digno y la misma vida.

Y mientras, el mercado y al capital, convertidos en ídolos, se les deja circular libremente sacrificando, en el altar del beneficio, a los pueblos, causando crisis permanentes, arruinando economías y países, la misma vida de los pueblos y del planeta.

Por todo ello, la solidaridad real e inteligente conoce y comprende bien que la actual ideología del (neo)-liberalismo economicista e individualista y el sistema del capitalismo son, por naturaleza, injustos, inhumamos e insostenible.

Tal como hemos expuesto hasta aquí, las claves y principios de la solidaridad se oponen a la misma entraña del capitalismo con su antropología y ética liberal-individualista. Ya que falsea la libertad con su individualismo insolidario, impone la propiedad, el capital y los medios de producción, como ídolos (falsos dioses) sobre los criterios básicos de la solidaridad y la justica.

Como son el destino universal de los bienes, la dignidad del trabajo y la socialización de la vida empresarial-económica. Como indicamos al principio, todo lo expuesto hasta aquí se encuentra en lo más valioso de la filosofía social y de la misma DSI.

Agustín Ortega

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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