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Fernando Delage, experto en temas internacionales de la Universidad Loyola Andalucia.

Fernando Delage: «Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política»

Fernando Delage Carretero es un especialista de las relaciones internacionales. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla, fue becado por el ministerio de Educación de Japón para estudiar un master en Relaciones Internacionales en la Universidad Keio, en Tokio. Desde entonces, ha dedicado su labor como investigador a estudiar las relaciones internacionales asiáticas.

Autor de múltiples publicaciones entre las que destacan ‘La República Popular China y la reconfiguración del orden asiático’; ‘El auge de Asia: implicaciones estratégicas’; ‘EEUU y Japón: La Estrategia de Confrontación’; ‘Japón, el fin de una época’; ‘Estabilidad y Capacidad como Legitimidad: El PLD Japonés’; o ‘El nuevo orden internacional en Asia-Pacífico’, el profesor Delage ha sido también director de la Casa Asia en Madrid; director de Relaciones Internacionales del Ayuntamiento de Madrid y redactor jefe de la revista Política Exterior.

Recientemente, ha recibido de manos del embajador de Japón una distinción concedida por el Ministro de Asuntos de Exteriores japonés por contribuir a la mejora de la amistad y el mutuo conocimiento entre España y Japón. Fernando Delage desempeña su labor docente e investigadora en la Universidad Loyola Andalucía en el Departamento de Estudios Internacionales, con él hablamos sobre los principales temas de actualidad de Asia.

(P): El 29 de enero de 2002 el presidente George W. Bush, durante su discurso del Estado de la Unión, utilizó la expresión ‘eje del mal’ para describir a los regímenes que supuestamente apoyaban al terrorismo internacional. Mencionó a tres países: Irak, Irán y Corea del Norte. Desde entonces, los medios de comunicación no dejan de mostrarnos noticias de ensayos militares y provocaciones del régimen de Kim Jong-un. ¿Es real la amenaza de Corea del Norte, o las demostraciones de fuerza sólo buscan reforzar al régimen e impedir una intervención extranjera?

(R): Corea del Norte está desarrollando su arsenal a un ritmo que sorprende incluso a los expertos. Contar con un instrumento de disuasión frente a Washington y reforzar internamente su régimen es la principal motivación del programa nuclear de Corea del Norte. No obstante, Kim Jong-un sabe que la mejor manera de debilitar la posición norteamericana es poniendo a prueba sus alianzas: Washington carece de opciones militares políticamente viables, al tiempo que Tokio y Seúl no pueden hacer depender sus respectivas estrategias de seguridad de una impredecible administración norteamericana.

Por otra parte, Corea del Norte actúa en un entorno regional sujeto a una profunda transformación, como consecuencia en particular del ascenso estratégico de la República Popular China y de sus claras intenciones revisionistas. Pekín comparte el objetivo de una península desnuclearizada y la urgencia de mitigar la escalada de tensión, pero Corea del Norte representa un útil instrumento de negociación en su relación con Estados Unidos al que no va a renunciar.

Un escenario bélico parece descartable por sus consecuencias, pero el tiempo juega a favor del desarrollo del arsenal nuclear norcoreano. Es una perspectiva que también inquieta a China, aunque la garantía de no agresión que quiere Pyongyang sólo se la puede dar Estados Unidos.

(P): ¿Se está produciendo una redistribución de las esferas de poder en la zona?

(R): En el contexto de una administración norteamericana con tendencias proteccionistas y aislacionistas, y una Unión Europea en uno de los momentos más difíciles de su historia, Pekín se encuentra ante una oportunidad única para influir en la reconfiguración del orden internacional.

Son muchos los expertos que coinciden en resaltar la voluntad china de reconfigurar la dinámica geopolítica de la región y minimizar la posición ocupada por Estados Unidos desde el fin de la Segunda Guerra Mundial. China querría recuperar algo parecido al orden sinocéntrico en Asia que definió las relaciones internacionales de Asia hasta la irrupción de Occidente a mediados del siglo XIX.

Una indicación de esas posibles intenciones fue la primera cumbre sobre la Ruta de la Seda celebrada en Pekín el pasado mes de mayo, con la presencia de más de 30 jefes de Estado y de gobierno. Fue una demostración más del creciente peso geoeconómico de la República Popular. Mediante un gigantesco plan de inversiones que multiplica por diez el Plan Marshall a precios actuales, China está invirtiendo en el desarrollo de infraestructuras en los países de su periferia. Con ello no aspira únicamente a crear una red de interconexiones de transporte, oleoductos y telecomunicaciones. El comercio y las inversiones acompañan una iniciativa que, al integrar económicamente el continente euroasiático y el espacio marítimo Indo-Pacífico, tiene el potencial de transformar la economía, las finanzas y las instituciones globales.

Es una iniciativa que le enfrenta a otras grandes potencias. Rusia ve con no disimulada preocupación cómo crece a su costa la presencia china en Asia central. India la rechaza al considerarla como un medio dirigido a facilitar la proyección china en Asia meridional y el océano Índico. Japón, aislado por su posición geográfica, está poniendo en marcha un plan regional de infraestructuras conjunto con India, a la vez que ha comenzado a hacerse con importantes contratos de obras públicas en países como Malasia y Filipinas.

(P): En 2013 el presidente Xi Jinping anunció la creación de la ‘Nueva Ruta de la Seda’, ¿en qué consiste?

(R): El proyecto surgió como respuesta a las necesidades internas chinas para encontrar un nuevo motor de crecimiento ante una fase de desaceleración. Para ello, se pensó en realizar inversiones en infraestructuras en otros países con el objetivo de unir China con Oriente Próximo, África y Europa. Sin embargo, la ampliación de su agenda y de países participantes hacen cada vez más obvias sus implicaciones geopolíticas. Mediante el uso de su capacidad económica y financiera, Pekín intenta lograr la paridad con Estados Unidos y la reconfiguración del entorno exterior a su favor.

Moscú se ha visto obligado a seguir una política de acercamiento a China, y Putin ha hecho hincapié en vincular su proyecto de Unión Económica Euroasiática con la iniciativa de la Nueva Ruta de la Seda que propone Pekín para no se aislado. Aunque los objetivos de Moscú y Pekín son incompatibles a largo plazo, la expansión de este proyecto refleja la formación de un espacio geopolítico con enorme potencial, como revela la reciente incorporación de India y Pakistán a la Organización de Cooperación de Shanghai, ya integrada por China, Rusia y cuatro repúblicas centroasiáticas. La mera pertenencia de China e India, dos países que suman el 40 por cien de la población mundial, y que serán las dos mayores economías hacia mediados de siglo, parecen dar forma a una Eurasia llamada a convertirse, un siglo después de que el británico Halford Mackinder teorizara sobre el mismo, en el centro del orden mundial.

(P): El último Congreso del Partido Comunista de China elevó al presidente Xi Jinping, al nivel de los máximos líderes históricos de la República Popular: Mao Zedong y Deng Xiaoping. Esto no ocurrió con sus dos antecesores. ¿Qué significa esto?

(R): El pasado 18 de octubre se inauguró el XIX Congreso del Partido Comunista Chino, la convocatoria quinquenal en la que la mayor organización política del mundo (cuenta con más de 85 millones de miembros), renueva sus órganos internos y fija las grandes orientaciones políticas para el lustro siguiente. Entre sus decisiones, se acordó incluir en la Constitución china el ‘pensamiento’ de Xi Jinping como parte integrante de la ideología del Partido Comunista, junto al marxismo-leninismo y el pensamiento de Mao Tse-tung.

Desde su nombramiento como secretario general a finales de 2012, Xi ha neutralizado a sus principales rivales políticos y asumido un cargo tras otro, como la presidencia de las comisiones sobre reformas económicas y sobre seguridad nacional, creadas por él mismo en 2013. También fue formalmente designado ‘núcleo central’ del partido, título que ostentaron Mao Tse-tung y Deng Xiaoping, aunque no lo recibieron con tanta celeridad, así como ‘comandante supremo’ de las fuerzas armadas (sus dos antecesores, Jiang Zemin y Hu Jintao, no lo fueron).

Hasta ahora, el ‘Sueño Chino’ era el eslogan que definía las prioridades de Xi desde su nombramiento como secretario general; un discurso que lejos de ser un mero recurso retórico está vinculado a dos objetivos a alcanzar en coincidencia con dos conmemoraciones históricas: convertirse en la mayor economía del mundo en 2021 (centenario de la fundación del Partido), y en una sociedad próspera y moderna, que contaría además con el mayor presupuesto de defensa del mundo, hacia 2049 (centenario del nacimiento de la República Popular).

En el XIX Congreso, Xi se ha fijado el propósito de que China “realice su modernización socialista” hacia 2035, es decir, una fecha a mitad de camino entre las dos señaladas anteriormente. Hay quien ve en ello la intención de Xi de permanecer en el poder más allá de 2022, cuando venza su segundo y—en teoría— último mandato. También es un año, 2035, con el que se quiere hacer hincapié en la calidad del crecimiento económico, más que en su ritmo, algo fundamental para que China no se vea atrapada en el estatus de un país de ingresos medios cuando se acelera el envejecimiento de su población.

(P): El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha realizado recientemente una gira que le ha llevado a Japón, China, Corea del Sur, Vietnam y Filipinas. ¿Intenta Estados Unidos reafirmar su posición en la zona?

(R): Se trata del segundo gran viaje al exterior, una gira de 12 días, del presidente Donald Trump. Como comentas, le ha llevado a cinco países de Asia: Japón, China y Corea del Sur (los tres grandes del noreste asiático); y dos naciones del sureste de la región: Vietnam y Filipinas.

Con los tres primeros ha predominado la agenda bilateral: comercio y seguridad, pero también se ha discutido sobre la evolución del desafío norcoreano, ya que Estados Unidos carece de opciones de actuación en solitario.

Tras diez meses en la Casa Blanca, el principal problema asiático de Trump es la ausencia de una política. Ni en el departamento de Estado ni en el Pentágono se ha nombrado aún a los responsables de Asia, mientras también siguen vacantes no pocas de las embajadas de Estados Unidos en la región. Tampoco se ha expuesto una estrategia articulada sobre los objetivos de la administración, aunque se espera que lo haga en su discurso en Danang, Vietnam, donde participaré en su primera cumbre del foro de Cooperación Económica del Asia-Pacífico (APEC).

Asia nunca ha sido más importante para el futuro económico y estratégico de Estados Unidos y, sin embargo, se acelera la percepción de debilitamiento de su posición. Se cree que, tras este viaje, Washington va a formular alguna iniciativa dirigida a equilibrar la Nueva Ruta de la Seda china, a la vez que por boca de su secretario de Estado, Rex Tillerson, ya  ha declarado que India será uno de sus principales socios de preferencia para contrarrestar las ambiciones económicas y geopolíticas de Pekín.

Autor

Francisco Javier Burrero

Periodista del Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía. fjburrero@uloyola.es Twitter: @javierburrero

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