El director de la Escuela Superior Tecnica de Ingenieria, Fabio Gomez-Estern.

Fabio Gómez-Estern: “No damos a las Universidades la libertad que necesitan para orientar su metodología”

Su trayectoria profesional lo ha llevado a dirigir proyectos tecnológicos de relevancia en los sectores industrial, aeronáutico, naval, de la construcción y de las telecomunicaciones. Tras su andadura inicial en Abengoa y posteriormente en France Télécom en París, se incorporó en 1998 al mundo académico en la prestigiosa Escuela de Ingeniería francesa Supéléc y después en el Departamento de Ingeniería de Sistemas y Automática de la Universidad de Sevilla, del que fue director.

Fabio Gómez-Estern es creador de la plataforma de enseñanza telemática avanzada en ingeniería, Goodle GMS, premiada en el ámbito nacional, con la que trabajan a diario cientos de alumnos de universidades españolas y extranjeras, actualmente dirige la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad Loyola Andalucía.

La ingeniería, según la define la Real Academia de la Lengua Española es el “conjunto de conocimientos orientados a la invención y utilización de técnicas para el aprovechamiento de los recursos naturales o para la actividad industrial”. Por lo tanto, hablar de ingeniería es hablar de un campo muy amplio. ¿Qué rama de la ingeniería revolucionó el siglo XX?

Aunque todas siguen muy vivas, cada rama de la ingeniería tuvo un momento destacado, un lugar especial en la historia, donde su impacto social fue mayor. La ingeniería de minas a finales del S. XVIII, Caminos e Industriales en el XIX, Aeronáutica a comienzos del XX, Informática y Automática a partir de los 70, Telecomunicaciones en los 90, etc.  Ahora, aunque como decíamos todas juegan un papel relevante, han sido asimiladas por la sociedad con naturalidad, mientras que la robótica (en sentido amplio, incluyendo los drones y los vehículos sin conductor), la inteligencia artificial, y las técnicas reprogenéticas se presentan como las más disruptivas.

¿Cual será la que revolucione el siglo XXI? 

Probablemente las dos últimas, porque inciden en la raíz de todas las cosas, y pretenden modificarlas: la genética en el origen de las cosas vivas y la inteligencia como motor de ideas y de cambio. Si ambas cosas se vuelven moldeables, si dejan de ser el marco sólido que conocemos, y pasan a ser flexibles, o líquidas, en el sentido que empleó el pensador Zygmunt Bauman, como lo son actualmente el capital, la industria o el empleo, los cambios serán profundos.

Se repite continuamente que jóvenes visionarios crearon empresas como Apple o Microsoft en unos garajes. ¿Cerramos las universidades y abrimos garajes?

Usando la jerga económica, ambos bienes no son sustitutivos, sino complementarios. Debemos acercar los garajes a las universidades, y viceversa. En el germen de esos famosos garajes hubo buenos estudiantes universitarios, como Steve, Wozniack, o el propio Gates, que aunque no concluyó sus estudios atraído por las enormes oportunidades que se abrían, fue un brillante estudiante en Harvard. El genio de Steve Jobs es más difícil de incubar en el aula ya que surge de manera alternativa, y casi en oposición al conocimiento formal, pero se ha avanzado mucho en entender, reconocer  y propiciar determinados talentos no formales desde las universidades. Loyola pone un gran empeño en fomentar el talento no formal a través de distintas iniciativas.

“Loyola pone un gran empeño en fomentar el talento no formal a través de distintas iniciativas”

Los rankings de las mejores universidades para estudiar ingeniería aparecen siempre ocupados por universidades norteamericanas. Para encontrar alguna española hay que buscar mucho en esas listas. ¿Por qué no tenemos una universidad española en los primeros puestos? ¿Cómo se podría solucionar?

No damos a las Universidades la libertad que necesitan para orientar su metodología, su búsqueda del talento, sus contenidos, su filosofía respecto al cambio, ni siquiera para competir. Sorprendentemente, en un período de cambio radical, estamos sometidos a más normas de carácter unificador y centralizador de las que ha habido nunca, y esto establece unas rigideces que limitan el dinamismo y la competitividad. Las nuevas regulaciones tienen un espíritu positivo en el sentido en que tratan de modernizar la educación superior, en línea con los planes de Bolonia, pero lo hacen de manera extremadamente rígida y centralizada, limitando las posibilidades de adaptación, innovación y competitividad. Para iniciar un nuevo programa formativo universitario, pueden transcurrir años hasta disponer de todas las autorizaciones necesarias, y resulta muy difícil hacer modificaciones a posteriori,  lo cual ralentiza la capacidad de respuesta a los cambios sociales y productivos.

En países como Singapur las tecnologías se aprenden desde muy niño, les enseñan a programar en los colegios y las escuelas reciben el apoyo de las administraciones. Aquí, en España, se recorta la inversión en I+D. ¿Por qué, no tenemos jóvenes que quieran aprender, no tenemos empresas de referencia, no tenemos buenos centros formativos?

España no es un desierto de las tecnologías de la información, de hecho en Andalucía encontramos iniciativas muy interesantes que alcanzan al propio corazón de Silicon Valley. Hecha esta aclaración, la cultura digital en nuestros colegios e institutos es insuficiente. Cuando se crea un curso de verano de robótica educativa, la respuesta es inmediata y positiva, pero a la hora de reforzar las áreas STEM de manera sistemática en el currículo de los adolescentes, se desvanece todo el interés. Creo que detrás de esta cuestión de nuevo aparece la excesiva rigidez del sistema educativo, y al mismo tiempo la falta de actualización en parte del profesorado, que no recibe incentivos adecuados, y que padece la ausencia de criterios más coherentes de selección y promoción.

Se cataloga a los jóvenes como ‘nativos digitales’, expertos en tecnología simplemente por manejar diariamente Facebook o Youtube. ¿Cómo influye esto a la hora de estudiar, o no, una carrera de ingeniería?

En el blog que mantengo en la Universidad dediqué una entrada a la idea de ‘nativo digital’, respecto a la cual hay cierta confusión. En aquel comentario, –Vera Ars se titulaba-  en línea con un artículo reciente de El Mundo, reflexionaba sobre la ilusión de que un niño que maneja un smartphone con cinco años, será un maestro de la tecnología en la edad adulta. Lo que sucede, en mi opinión, es que la tecnología se ha democratizado enormemente gracias a una estrategia muy bien elaborada: la ocultación de la propia tecnología, ofreciendo una cara vez más amable, intuitiva y sencilla, menos tecnológica por así decirlo. El uso que hacemos de la tecnología hoy en día no requiere comprenderla realmente, y eso es bueno, siempre que no nos creamos que ahí acaba todo. El riesgo reside en que, a causa de esta ocultación, se abandone el conocimiento profundo, la capacidad  de cuestionar las cosas, de analizar el entorno con criterio y de crear nuevas oportunidades.

“El uso que hacemos de la tecnología hoy en día no requiere comprenderla realmente, y eso es bueno, siempre que no nos creamos que ahí acaba todo”

¿Representa la inteligencia artificial una amenaza para la organización social y un sustituto inmediato para ciertas profesiones?

Sin duda representará  un cambio desestabilizador. Un estudio de la universidad de Oxford de 2013 estimaba que el 47% de los empleos actuales se verá amenazado por la automatización en una o dos décadas. ¿Cómo nos afecta esto? depende en gran medida de nosotros, de la capacidad de la sociedad de adaptarse en su conjunto. Dar la espalda a la tecnología sería el peor de los errores, ya que siempre habrá otros que no descabalguen, y tomarán distancia con el resto. Debemos hacer un esfuerzo importante para que nuestra sociedad, nuestras comunidades al completo, aborden la educación tecnológica profunda como algo fundamental, de manera que sepamos aprovechar los aspectos positivos de la tecnología, las enormes oportunidades que abre, en educación, medicina, energía, transporte, etc. Hemos de prepararnos para ser útiles en el futuro, no contra la tecnología, sino con ayuda de ella. Pensemos en qué hubiera pasado si una persona hubiera tratado de vencer a  la locomotora en la revolución industrial corriendo por su propio pie. El éxito exige subir al vagón, que en la actualidad se traduce en usar las nuevas herramientas y estar atentos a la oportunidad.

Autor

Francisco Javier Burrero

Periodista del Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía. fjburrero@uloyola.es Twitter: @javierburrero

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