Del GIA al Daesh: la evolución del terrorismo reciente en el Sahel

Evolución del terrorismo en el Sahel: del GIA al Daesh.

El Sahel, la zona de transición entre el desierto del Sáhara y la sabana, es un territorio agreste y complejo. Lo es si hablamos de medio ambiente, y también si lo hacemos de terrorismo. En él se ha fortalecido hace ya tiempo el islamismo que, aunque no encaje en la herencia cultural de los tuareg –“los hijos de las nubes”, dicen de sí mismos-, atrae a no pocos jóvenes por la perspectiva tanto de beneficios materiales, como de camaradería y de sentido.

Rebus sic stantibus, en el Sahel se ha intentado la construcción del califato, porque es fácil que al golpear los intereses de las industrias del petróleo y del gas, desaparezca -o se reduzca- la inversión extranjera, se debilite a los gobiernos de la zona, se achiquen sus lazos con gobiernos extranjeros y aliados, y sea más fácil establecerlo.

No hay que olvidar que El Sahel y el Magreb fueron claves para algunos ataques terroristas a Europa, como el de Madrid de 2004. Y a esto puede añadirse además que, a los islamistas menos acomplejados –y pocos lo están-, les parece aceptable traficar en drogas porque esto ayuda a demoler a las corruptas sociedades occidentales. No es que esta idea la escriban en textos arcanos o se deduzca tras hacer exégesis de su doctrina, sino que lo dicen apasionadamente a quien quiera escucharlo. Estos factores dan pistas de la relevancia de la región.

Origen del terrorismo en el Sahel

Las raíces del terrorismo en el Sahel se remontan a la guerra civil argelina de los años noventa del siglo XX tras el proceso electoral fallido de 1992, cuando se impidió que el Frente Islámico de Salvación (FIS) tomase el poder que había ganado en las urnas. Dos años después, sectores más radicales, junto con muyaidines argelinos retornados de Afganistán, fundaron el Grupo Islámico Armado (GIA) y, con Layada como jefe inicial, combatieron con gran dureza al Gobierno de Argelia y a quienes se les opusieran.

En 1997, un grupo numeroso de miembros del GIA se pasaron al Grupo Salafista para la Predicación y el Combate (GSPC) como forma de obtener apoyos entre la población o, al menos, de lavar su imagen dada la virulencia con la que el GIA se comportaba.

La eficacia que contra él demostró el régimen argelino en su lucha antiterrorista lo fue debilitando y el GSPC fue desplazándose de forma progresiva al Sahel empapándose de delito común, en concreto de delincuencia organizada, para lograr nuevos ingresos. Conocida era su costumbre de secuestrar occidentales para obtener ingresos con el pago de rescates.

Se pasó de rescates en los que se pedían alrededor de 150.000 euros a rescates en los que el botín ascendía a 7,5 millones de euros. Este procedimiento tenía un efecto ventajoso para todas las partes, porque los traficantes de personas facilitaban miembros, redes financieras y capacidades logísticas, y los yihadistas les daban a aquéllos poder político, fuerza armada útil para sus actividades y capacidad propagandística.

Tan buena fue la relación que llamó la atención de Al Qaeda aquel éxito y surgió el luego muy conocido Al Qaeda en las Tierras del Magreb Islámico (AQMI). Éste, dividido en cuatro brigadas de entre medio centenar y un centenar de hombres, se dedicaba a actividades múltiples, desde hacer el yihad hasta el tráfico de armas y de personas, o el contrabando de tabaco.

Estos éxitos se volvieron en su contra pues siguió una estrategia errática ya que las diferencias ideológicas, tácticas, de actividades delictivas y de objetivos mermaron su unidad. Y, en 2011, surgió el Movimiento para la Unicidad y la Yihad en el África Occidental (MUYAO) como escisión de AQMI en la región, que hizo algo muy interesante: defendió los intereses de las comunidades locales al unir sus preocupaciones con el discurso yihadista del grupo.

Como ha habido tantos grupos en la región alrededor de Al Qaeda, las fronteras entre ellos y AQMI han sido porosas para, según fuera lo que hiciera falta, intercambiarse. Lo que daba la sensación de ser una estructura jerárquica controlada desde la Cabilia argelina era –y es- operativamente una organización muy fragmentada y descentralizada en alianzas diversas.

Es verdad que las desavenencias internas dañaron internamente a AQMI, pero los grupos yihadistas del Sahel –AQMI, al MUYAO, Al-Mulathameen, Ansar Dine, entre otros- también hicieron causa común para intentar lograr el califato, si bien sus capacidades operativas eran menores que sus deseos y ambiciones. Por eso en Malí se desgastaron tanto tras la Operación Serval. Y en 2013 surgió Al Morabitum, el grupo de Mojtar Belmojtar, para unir a todos los musulmanes desde el Nilo hasta el Atlántico.

Califato en el Sahel

En la actualidad, muchos yihadistas aspiran a establecer un califato en el Sahel. El Daesh ha sido el ejemplo con más repercusión mediática, aunque cada vez esté más debilitado en la zona. Cuando a partir de 2014, tras sus sonoros éxitos en Irak y en Siria, intentó establecerse en África, pareció desplazar a Al Qaeda. Como triunfaba en Oriente Medio, daba la impresión de poder abanderar el yihadismo internacional menguando la fuerza y la imagen de un grupo más tradicional, más convencional, como Al Qaeda, y logró que en el yihadismo del Sahel se produjeran no pocas diferencias.

Los éxitos en Egipto y en Libia del Daesh, con los grupos y wilayas que le juraban lealtad, debilitaron a AQMI e hicieron lo mismo con Boko Haram. Y eso que, en 2015 y en 2016, el grupo africano llegó a matar a más civiles de lo que el Daesh había matado en Siria y en Irak en esas mismas fechas.

Un sector poderoso de Boko Haram no le es leal y, aunque otro, el más organizado, el de Habib Yusuf, tanto por necesidad económica como por convicción, sí lo es, está debilitado por la acción de la Fuerza Operativa Conjunta Civil (FOCC) del norte de Nigeria –civiles armados para proteger a sus comunidades- y por la alianza militar de los Gobiernos de Camerún, Chad, Níger y Nigeria, que han fundado una Fuerza Multinacional Mixta. Ese sector de Boko Haram necesita al Daesh para seguir adelante, pero la conclusión es que Daesh pierde terreno en el Sahel a favor de Al Qaeda.

Actualmente, es Al Queda la que se está recuperando en el Sahel. La derrota militar en Libia del Daesh y la pérdida de territorio en Irak y Siria le ha restado el apoyo que le habían ido dando quienes querían subirse a un caballo ganador. Y, como Hansen ha recordado, el Daesh está perdiendo en África porque Al Qaeda ha sabido debilitar a los sectores que desertaban y ha matado a los simpatizantes que podía.

Además, ha sabido adaptarse a las redes sociales aprendiendo de los aciertos del Daesh, que acomodó su mensaje al lenguaje y a los códigos de las redes sociales y de internet, y no al revés, que es lo que en su día había hecho Al Qaeda. Si Al Qaeda se expande en el Sahel gracias a que grupos distintos coordinan –a pesar de sus diferencias- sus redes regionales, surge una suerte de franquicia en la que se comparten relaciones y objetivos, adiestramiento, finanzas, armas y se llevan a cabo operaciones conjuntas.

Es más, el Daesh no puede sustituir a Al Qaeda capitaneando el yihadismo en el Sahel porque AQMI ha sabido percibir el carácter local de los grupos yihadistas de la región, incluida la autonomía operativa. Algunos grupos que estaban en el Daesh  están regresando a Al Qaeda, que parece triunfar en el Sahel, siempre cambiante, siempre mutable, como su misma naturaleza.

Pedro Rivas

Pedro Rivas

Pedro Rivas formar parte del departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía.

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