De Mussolini a Bolsonaro: el nuevo fascismo

El surgimiento del neofascismo

Cuando leemos u oímos hablar sobre el fascismo, recordamos a Hitler, Mussolini, el Holocausto y el terror que invadió Europa y se extendió por el mundo. Pero cuando los estudiosos de la política se sientan frente al papel a definir este fenómeno, se hallan en una difícil encrucijada. Entonces, ¿qué es el fascismo?

A pesar de que la pregunta parece simple, la respuesta no lo es. Por un lado, podemos reconocer que la dictadura de Pinochet fue fascista, así como la de Mussolini. Pero cuando analizamos el sistema político, social, y sobre todo económico, encontramos innumerables diferencias. Podemos detectar qué es fascista, sabemos cómo huele y a qué sabe, pero no podemos definirlo bajo una única oración.

Señales de alerta del fascismo de Umberto EcoEl fascismo fue y sigue siendo un fenómeno difuso, diferente en cada país y en cada momento de la historia. Por ello, el escritor italiano Umberto Eco, que vivió durante su infancia bajo el régimen de Mussolini, escribió en 1995 su artículo Ur-fascismo.

Con el objetivo de captar su esencia para reconocerlo en tiempos venideros, ideó 14 puntos, aunque según el reconocido autor italiano, no tienen siquiera que cumplirse todos, pues un orbe fascista podría organizarse bajo el amparo de cualquiera de ellos.

Hoy en día, nos encontramos ante un auge de movimientos populistas de extrema derecha al que a menudo se relaciona con el fascismo. Denominarlos así tiene muchas implicaciones, el lenguaje tiene mucho poder, especialmente en la época digital que vivimos.

Por tanto, es preciso hacer un análisis sobre si estas acciones están justificadas, pues puede que no siempre sea del todo correcto denominarlos así, ya que estos movimientos radicales se ven bien diferenciados de aquellos que vimos nacer en el siglo XX.

La evolución del fascismo en neofascismo

El fascismo se ha renovado y diferenciado lo suficiente para que merezca recibir otro nombre: neofascismo. El propio artículo de Eco expresa (1995, p. 8) “Hay que tener en cuenta que el fascismo nunca nacerá hablando de reabrir Auschwitz o de camisas negras, la vida no es tan simple.”

Probablemente uno de los puntos más importantes de su renovación es su posición ante el capitalismo. El propio Hitler, en un discurso en el que citaba al entonces expresidente del partido nazi, decía ser nacionalsocialista y anticapitalista: (Toland, 1992, p. 224). Es poco probable que Trump, Le Pen o Bolsonaro realicen estas afirmaciones.

Se debe a que lo que surge hoy día es algo diferente, aunque igual de turbio. Igual que el original se camuflaba detrás de propaganda supuestamente socialista, hoy se disfraza de capitalismo exacerbado, pues sus medidas populistas se encaminan a otras necesidades. El sistema capitalista llevado al extremo de los años 20 y 30 se ha sustituido por la socialdemocracia, y los movimientos reaccionarios se aprovechan de ello para crear odio con su política antisistema, antifeminista, antiinmigración, antiecológica, etc.

Aunque probablemente el rasgo más importante que separe el fascismo del neofascismo sea la violencia. Los grupos paramilitares de Hitler y Mussolini son sellos de gran importancia que amedrentaron a la población para ayudarlos tanto a hacerse con el poder como a mantenerlo. No podemos elogiar a Bolsonaro o Trump de pacifistas, pero está claro que no hay uso de la violencia directa o armada en este sentido (aunque indirecta sí, mediante la liberación del uso de armas). Por eso no podemos definir el fascismo de forma aislada y sí contextual, porque no es algo concreto, definible. Es tan abstracto como el triunfo del discurso anti, visceral y adversario de la libertad.

En palabras de Luisa Melero Valdés (2014, pp. 123-125)

“esta nueva extrema derecha tiende a ocultar sus vínculos con el antiguo fascismo (…), no existe intención aparente de expandirse territorialmente fuera de sus fronteras, desaparece el anticomunismo de su discurso (con algunas excepciones), ya no es la población judía la principal perseguida sino la musulmana, critica fuertemente el Estado de bienestar y defiende el liberalismo económico, (..) y adopta un discurso aparentemente democrático aunque tanto los valores como las medidas no respondan a tal proyecto.”

Claves del nuevo fascismo

Jason Stanley, filósofo estadounidense de la universidad de Yale, sintetizó 10 claves del neofascismo en su libro How fascism Works: the politics of us and them:

como funciona el fascismoPodemos entender estos puntos como una concreción, una continuación de los anteriores de Eco. No son análisis contrapuestos, pues incluso coinciden en mucho, y sobre todo pretenden analizar el fascismo como una nebulosa.

Por otro lado, ¿qué otras herramientas podemos usar para identificar estos movimientos de una manera más directa y objetiva? Por ejemplo, Steve Bannon es un ejecutivo de medios estadounidense que se dedica a organizar la propaganda de movimientos de extrema derecha. Fue jefe de estrategia de Donald Trump[1], asesor de Bolsonaro[2], y de Marine Le Pen[3]. Hacer un seguimiento de esta figura de tanta importancia puede darnos pistas sobre estos partidos.

En la era de las redes sociales, cuando incluso son utilizadas para las campañas electorales, cualquier tipo de interacción son señales que puedan servir.

Queda a juicio del lector reconocer con los instrumentos aportados en el artículo estos movimientos, pues su objetivo no es señalar a un grupo, sino que éste tenga capacidad de hacerlo por criterio propio cuando se le presente la ocasión.

Las formas se han renovado; las acciones, también. Ya no tememos cámaras de gas, pero las minorías y la democracia siguen siendo el foco del peligro. Mientras que otros partidos responden a unas elecciones democráticas en la rendición de cuentas, la trama rusa o el encarcelamiento sin pruebas convincentes de Lula con el posterior nombramiento del juez como ministro de justicia hablan mucho de la fragilidad de nuestras democracias en favor de estos movimientos.

Cuando la democracia entra en peligro, también lo hace la libertad de las personas. El chivo expiatorio utilizado en la propaganda luego cobra realidad, pues las políticas anti suceden y colectivos como LGTBI, inmigrantes y mujeres se ven privados de derechos.

El mensaje anti sólo puede triunfar cuando hay descontento en la población con el funcionamiento del sistema. La táctica de los partidos ultraderechistas se ha basado en buscar, e incluso en gran medida inventar problemas que supongan una amenaza para los ciudadanos. Como en Brasil, donde la corrupción ha servido como caldo de cultivo tanto para la destitución de un presidente legítimo como para la manipulación de la ultraderecha.

La incapacidad de los sistemas democráticos para acabar con la corrupción provoca que el discurso populista triunfe. Por otro lado, el miedo a estos partidos provoca reacciones que no ayudan a combatirlos. Criminalizar a sus seguidores, exagerar su discurso, convertirlo en una guerra izquierda-derecha en vez de democracia-antidemocracia, o atacar con intolerancia a estos partidos sólo aportan razones para que ganen adeptos. En este sentido, es posible que incluso llamar a estos grupos neofascistas suponga un error de estrategia. Combatirlos se convierte en una ardua tarea. ¿Y cómo lo hacemos? A pesar de que no hay una respuesta clara, sí hay mecanismos.

Karl Popper[4] fue el autor de la llamada paradoja de la tolerancia:

La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquellos que son intolerantes, (…) el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. (1945, p.512)

Custodio Velasco, Ignacio Molina y Luis García Tojar[5] coinciden en la importancia de la educación para erradicar el peligro que la extrema derecha supone hoy en día para las democracias occidentales.[6]

El profesor Velasco profundiza en la necesidad de conocer el pasado y en el fomento del pensamiento crítico para combatir la “política de las emociones”. El sociólogo Tojar ahonda en la importancia de que los partidos tradicionales abandonen sus malos hábitos, como la corrupción, para deslegitimar el razonamiento “todos son iguales”.

La historia del siglo XX ha dejado como legado (entre otras muchas cosas) teorías como la del famoso “Fin de la historia” del profesor Fukuyama (1990, p.31), en la que las democracias liberales han ganado la partida al resto de formas de gobierno. O la defensa de la democracia Winston Churchill en su discurso en la Cámara de los Comunes, donde explicaba la imperfección de este sistema, pero también la necesidad de entender que es nuestra mejor alternativa.[7]

Sin embargo, no debe olvidarse que la democracia es frágil. Debe ser cuidada con esmero pues puede enfermar y, por tanto, su vida peligra. Para realizar esta tarea hace una falta una combinación de instinto (valores como la empatía, la libertad o la igualdad) y educación (en pensamiento crítico y en sus instituciones). No cuidarla no sólo la expone a enfermedades que le pueden ser fatales, sino que su inocencia la lleva a ponerse a sí misma en riesgo.

Atendiendo a estos razonamientos, debemos profundizar en las instituciones y los valores democráticos y proteger los intereses de todos, tratando de evitar errores cometidos en el pasado y protegiéndola de la “política del sentimiento”, que pueden dañar la sociedad democrática occidental y la paz y concordia.

Texto escrito por: Ignacio Garijo, alumno el Grado en Relaciones Internacionales

 

Referencias:

Ignacio Garijo

Ignacio Garijo

Estudiante del Grado en Relaciones Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía.

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