Melilla: una frontera hacia la esperanza

Experiencia como voluntaria en el ceti de melilla

En este post me dispongo a narrar la experiencia vivida durante 15 días en un campo de trabajo en Melilla, donde he trabajado como voluntaria en el CETI y he podido conocer la realidad que viven miles de personas, los dilemas de la inmigración y todo lo que se mueve alrededor de ella. También, añadiré la enriquecedora experiencia de vivir en un barrio musulmán y la convivencia con dicha comunidad.

Melilla, ciudad autónoma situada en el Norte de África, a orillas del Mar Mediterráneo, es parte de la región del Rif y limítrofe con Marruecos a través de cuatro fronteras: Farhana, Beni Ensar, Haddú o Barrio Chino y Mariwari. Un lugar que para muchos es tierra santa, una puerta para entrar en Europa. En ella conviven múltiples nacionalidades y religiones (judaísmo, cristianismo, islam, hinduísmo), por lo que la convierte en un espacio enriquecedor y ejemplar cuando hablamos de multiculturalismo y respeto hacia la diferencia.

Mi lugar de residencia en la ciudad estaba situado en el Monte María Cristina, un barrio de mayoría musulmana desconocido para muchos melillenses. En la cima, cerca de la cárcel, se encuentra la casa de las Religiosas de María Inmaculada. Allí las monjas son cuidadas y respetadas por los vecinos del barrio debido a la labor que desarrollan. La casa es un lugar de encuentro, convivencia y acogida donde se realizan actividades tales como: alfabetización, ludoteca, colonias de verano o clases de corte y confección a las que acuden numerosas mujeres que deciden cruzar cada día la frontera marroquí solo para aprender a coser.

Durante mi estancia, pude conocer más de cerca la comunidad y cultura musulmanas en Melilla (gastronomía, tradiciones, etc.). Una de las cosas que más llamó mi atención a la llegada fue el sonido de la llamada a la oración a través de los altavoces de la calle o la celebración de una boda marroquí en la casa de las religiosas – una gran lección para todos, que nos hizo ver que la convivencia entre cristianos y musulmanes no es una utopía, y que el compartir espacios y tradiciones nos une y enriquece. Además, todo esto se hizo más evidente cuando llegué al lugar donde se desarrollaría mi campo de trabajo: el CETI.

Mi experiencia en el CETI de Melilla

Al Centro de Estancia Temporal de Inmigrantes (CETI) llegan aquellos inmigrantes que consiguieron saltar la valla al grito de “Bossa” (victoria), pasar camuflados en coches y camiones o pagando miles de euros en la frontera con la esperanza de encontrar asilo y así poder llegar a la Península de forma segura en busca de una vida mejor, no solo para ellos, sino para la familia que dejaron atrás.

Mi estancia en el centro me ha permitido conocer muchas de esas historias, como la de Samir, un hombre de negocios y su mujer Shaima, psicopedagoga, padres de dos niños de 2 y 4 años que tuvieron que abandonar Siria cruzando varios países hasta llegar a Marruecos y pagando más de 11.000 euros para poder cruzar la frontera y llegar a Melilla.

O Hikari, una joven abogada con un reciente master en International Business que había estado un mes viajando por Yemen en busca de un aeropuerto abierto en el que poder coger un vuelo y así llegar a España.

Sin embargo, una de las historias que más me marcó fue la de Mohamed, un joven guineano que manipulado por las mafias consiguió llegar a Melilla tras pagar 1.200 euros a través de una ruta interminable de dos años malviviendo en uno de los montes marroquíes más famoso, el Gurugú. Este monte está caracterizado por el gran número de inmigrantes que habitan en él (aprox. 2.800). Allí la mayoría de ellos pasan largas temporadas comiendo monos entre otras cosas hasta que consiguen saltar la valla o embarcarse en una patera. Pero el calvario de estas personas no termina cuando llegan al CETI o la Península, ya que siempre existe la posibilidad de expulsión o deportación a sus países, una opción desconocida para muchos de ellos.

Cada mañana caminábamos alrededor de 40 minutos hasta llegar al centro. La primera impresión al entrar en el centro fue muy grata. En medio de todo el bullicio y gris exterior se encontraba un pequeño pueblo con paredes de colores, donde la gente entraba y salía, los niños se divertían en el parque, los jóvenes jugaban al fútbol y otros mientras tanto limpiaban o simplemente paseaban. La acogida y la hospitalidad de cada uno de los que allí se encontraban hicieron que todos mis miedos desaparecieran. Quizás no sea el mejor de los lugares, pero al menos tienen una cama, comida y un lugar en el que sentirse más o menos seguros.

experiencia de voluntariado en el ceti de melilla

La primera semana estuvo caracterizada por la famosa semana multicultural, para muchos la mejor semana del centro. Durante unos días el CETI se llena de actividades deportivas, talleres y una gran exposición mostrando todo el trabajo realizado a lo largo del año. Los niños de la escuela preparan bailes y desfiles para el día final, donde la fiesta y la cultura se hacen presentes. Además, cada día la comida está inspirada en un país, acercándoles así un cachito de la tierra que tuvieron que abandonar.

Recuerdo con una gran sonrisa el día de la comida siria. En la mesa de al lado una familia de origen sirio nos sonreía y nos hacían entender si nos gustaba la comida, compartiendo con orgullo lo que para ellos era un manjar. Sin embargo, uno de los momentos más enriquecedores fue cuando guardamos fila para entrar al comedor: entre tanta multitud yo era una más entre ellos y pude apreciar cada una de sus cicatrices, sus miradas, su olor… que acabó convirtiéndose en el mío propio.

La segunda semana fue muy diferente. Mi trabajo se centró en impartir clases de español y de alfabetización. Las clases estaban llenas de sirios, yemenís, subsaharianos… Muchos de ellos apenas sabían leer o escribir, ni tan siquiera dónde estaban situados en el mapa; sin embargo, otros eran químicos, arquitectos, abogadas, diseñadores gráficos, profesores… Pero a pesar de las diferencias, todos tenían en común las ganas de aprender y buscar un lugar en el que desarrollarse personal y profesionalmente, lejos de la guerra y la injusticia, cuando les toque salir de ahí.

Las salidas hacia la Península se llevan a cabo cada miércoles. Muchos permanecen en el centro alrededor de 3 semanas, aunque otros están periodos más largos. Recuerdo con alegría y tristeza a la vez la noche que fuimos al puerto a despedirnos de ellos. La ilusión y la cara de felicidad de esa gente y sobre todo de los niños no es comparable a nada en el mundo que yo haya vivido.

La historia de Moneim

Esa misma noche conocí a Moneim, un joven de 20 años originario de Alhucemas. Se encontraba allí no porque le tocase marcharse, sino que estaba despidiendo a compañeros que se habían convertido en amigos durante la estancia en el CETI.  La historia de Moneim es una historia de lucha y justicia por garantizar unos derechos mínimos en su país. Él está perseguido por el gobierno marroquí por ser un activista y luchar por los Derechos Humanos.

Sabe que tal vez un día la policía marroquí le encuentre y lo encarcele sin derecho a juicio y quizás pueda acabar muerto. Pero eso no le preocupa demasiado, él sigue peleando por lo que quiere. No pretende refugiarse en ningún país, solo quiere y tiene la esperanza de poder volver a Marruecos y seguir con la batalla. Pero mientras tanto tiene que permanecer allí a expensas de obtener protección internacional.[1] (Al final del post dejaré una de sus entrevistas al diario.es)

Por último, solo me queda agradecer a todas aquellas personas que con nombre propio y en un primer o segundo plano, siempre estuvieron ahí, ofreciéndonos lo mejor de ellos y abriéndonos las puertas de su casa y de su corazón. No puedo estar más agradecida, ojalá hubiese podido quedarme más tiempo. Me llevo el mejor de los recuerdos, lo repetiría mil veces sin ninguna duda.

Yo ahora vuelvo a mi vida, pero nunca me voy a olvidar de cada uno de esos rostros que siguen la lucha y pelean día a día por conseguir sus sueños. Y me quedo con una de las frases que me dijo un chico cuando llegué y que me ha estado acompañado durante toda la experiencia, decía:

“La fuerza de una persona no se mide en sus músculos o físico sino en la mente de cada uno”.  Ía Car

 

Referencias

[1] Entrevistas a Moneim en distintos medios:

 

Texto escrito por  María Carmona, estudiante de 4º curso del Grando en RRII de la Universidad Loyola Andalucía.

Estudios Internacionales

Estudios Internacionales

Blog del Departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía.

4 thoughts on “Melilla: una frontera hacia la esperanza

  1. Buenas noches!!
    Me gustaría realizar un voluntariado similar, me podrías informar de cómo lo realizaste y con quién te pusiste en contacto.

    Un saludo,

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *