Los dilemas del Sistema Internacional

Dilemas del sistema internacional

Finalmente, parece que 2017 se va a cerrar, en lo que al panorama del Sistema Internacional se refiere, con unas expectativas más optimistas que las auguradas por los escenarios consumados durante el año anterior. El freno –relativo- al ascenso de la ultraderecha en Europa, la aparición de nuevos y plurales liderazgos para impulsar los acuerdos de París en materia medioambiental o de la agenda de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible, el principio de acuerdo en las negociaciones sobre el Brexit o la derrota del Estado Islámico en Próximo Oriente son algunas buenas noticias que el orden internacional parece obsequiarnos para estos días tan propicios.

No obstante, la gobernanza del Sistema sigue enfrentando mayores y más graves riesgos de los que cabía esperar hace apenas una década. La herencia del proyecto de orden unipolar estadounidense que se rompe en septiembre de 2001 no sólo fue la aparición de nuevos actores y focos desestabilizadores que hicieron mucho más difícil la consecución de los equilibrios y consensos necesarios. Fue también una crisis financiera y económica colosal que, gracias al empeño de algunos actores, terminó por convertirse en sistémica.

La incapacidad -o el egoísmo- de las élites globales para acordarse de los sectores más populares brindaron los mejores argumentos posibles a quienes terminaron usurpando la voz de aquellos. Este fenómeno, habitual en algunas regiones del mundo como Latinoamérica, terminó apareciendo en todos los países por una u otra razón. Pero dejando a un lado aspectos como el potencial disruptivo de algunos líderes surgidos al amparo de estos procesos coyunturales, un segundo aspecto, éste de carácter más estructural, que enfrenta el actual Sistema Internacional es la reaparición del gran dilema de las sociedades modernas y abiertas que experimentan períodos de progreso y expansión: optar por las soluciones cosmopolitas o por el repliegue comunitarista.

La primera opción es, todavía hoy, casi una quimera, y como tal aparece atractiva y tentadora, pues supone entrar en un territorio sólo explorado por la Unión Europea. Exige importantes transformaciones, pero está comprometida con la creación de una sociedad internacional basada en los principios del derecho y del humanismo, al modo de Suárez, Kant o Habermas.

La segunda, por el contrario, es bien conocida por la historia del siglo XX, y nos muestra unas sociedades bajo el influjo de la identidad, del proteccionismo y de los consensos de mínimo común denominador, que difícilmente se sustraen a la pulsión realista del poder. Es la voz de Hobbes, Nietzsche o Carl Schmitt.

En este sistema global ya multipolar, cada vez más interdependiente, de lealtades e identidades múltiples y con democracias de distinta intensidad, la pervivencia de un orden westfaliano sin modificaciones de rumbo sustanciales aparece como un obstáculo para la gobernanza sistémica. Hoy, los problemas que afectan con mayor determinación a las sociedades son comunes: el agotamiento de los recursos naturales, el cambio climático, las migraciones, la pobreza, la desigualdad o el terrorismo, entre los de mayor impacto.  Ninguno de ellos se está afrontando de manera satisfactoria. La acción colectiva se ha vuelto más compleja y los intereses con poder de veto son más numerosos y más poderosos.

Sociedad Internacional cosmopolita

Necesitamos, por tanto, una gobernanza global que permita implementar políticas transnacionales que alcancen también a la esfera de las políticas nacionales y locales. Instituciones comunes que permitan dotarnos de instrumentos para resolver los problemas comunes. Que hagan, en definitiva, menos vulnerable al Sistema. Y un Sistema con reglas más democráticas, que alcance mayores cotas de pluralismo, legitimidad y rendición de cuentas.

Para todo esto se requiere pensar en una soberanía post-westfaliana que avance hacia una sociedad internacional más cosmopolita, lo cual no tiene por qué significar la desaparición del Estado-nación ¿Es eso posible? Desde un punto de vista teórico y disciplinar, se cuenta con múltiples acercamientos desde hace tiempo, desde las aportaciones de Andrew Linklater a las de David Held. Desde la experiencia, contamos con el modelo europeo y otras experiencias del regionalismo. Otras opciones estarían en la línea planteada por Dani Rodrik en su ya famoso trilema: o se renuncia a la globalización o a la democracia. La historia nos enseña que tanto la democracia como la globalización pueden ser procesos reversibles, pero ¿realmente es ese el horizonte que merece la pena plantearse?

Francisco Santos

Francisco Santos

Francisco Santos forma parte del departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía.

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