China y la integración de Eurasia

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Si algo caracteriza a una gran potencia en ascenso es la ambición de reconfigurar a su favor el entorno regional y global, determinando sus principios, reglas e instituciones. Estados Unidos construyó su posición internacional mediante el establecimiento de un conjunto de organizaciones —económicas, políticas y de seguridad— que articularon el orden liberal posterior a la segunda guerra mundial. Setenta años más tarde, es la República Popular China quien aspira a rehacer un sistema internacional en cuya definición no participó.

La crisis financiera global de 2008, la superación del PIB de Japón para convertirse en la segunda mayor economía del planeta en 2010, y la estrategia de reequilibrio hacia Asia impulsada por la administración Obama a partir de 2011, situaron a China ante la necesidad de formular una estrategia que facilitara la adaptación del orden internacional a sus intereses.

La prioridad de asegurar la sostenibilidad de su crecimiento mediante un cambio de modelo productivo, una vez agotado el de las tres décadas anteriores, sus imperativos de seguridad y sus aspiraciones como gran potencia, están detrás de una serie de iniciativas que Xi Jinping —nombrado secretario general del Partido Comunista Chino en noviembre de 2012— comenzó a proponer a partir del año siguiente. Sin renunciar al desarrollo de su poder militar, también sujeto a un acelerado proceso de modernización, Pekín concluyó que sus capacidades económicas y una diplomacia proactiva le proporcionan los mejores instrumentos para perseguir sus objetivos.

Objetivos de China para la integración en Eurasia

El primero de ellos es el de corregir el dominio occidental de las instituciones financieras y comerciales. China no quiere acabar con el orden de Bretton Woods, pero sí transformarlo desde dentro y completarlo con otras instituciones lideradas por ella misma, como el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (AIIB en sus siglas en inglés) o el Nuevo Banco de Desarrollo de los BRICS.

Si logra que las estructuras de la gobernanza mundial representen en mayor medida los intereses de las economías emergentes, la República Popular obtendrá un papel decisivo en la determinación de las reglas y de la agenda global. El resultado de lo que los expertos chinos denominan “Globalización 2.0” sería pues una gradual redistribución de poder en el seno del sistema multilateral.

En la misma dirección va orientado un segundo objetivo: la integración económica de Eurasia mediante redes de infraestructuras de transporte, energía, telecomunicaciones y parques industriales, que propiciarán a su vez un mayor flujo de inversiones e intercambios comerciales.

A medida que China refuerce su posición en este nuevo nodo de la economía mundial, sus Estados vecinos tendrán que adaptarse a las preferencias de Pekín o arriesgarse a su aislamiento económico y político. La Nueva Ruta de la Seda (la “Belt and Road Initiative” en su denominación oficial) es el mejor reflejo de la intención china de consolidarse —éste sería el objetivo final— como la potencia indiscutible en el espacio euroasiático.

Infraestructuras, comercio e inversiones conducirían a China, situada en el centro también de una nueva arquitectura de seguridad panasiática, concebida como alternativa a las alianzas bilaterales de Estados Unidos que han asegurado la estabilidad de la región desde la década de los cincuenta. La esfera geopolítica resultante otorgará a Pekín, como mínimo, un estatus de igual de Washington.

El sueño euroasiático chino, ¿cómo puede conseguirse?

¿Demasiado ambicioso? Al menos tanto como los obstáculos. El sueño euroasiático chino sólo resultará viable si puede mantener su crecimiento económico en el futuro, y las inversiones previstas en la Ruta de la Seda (once veces el Plan Marshall a precios actuales) no abultan una deuda nacional ya inmanejable. También requerirá que puedan superarse los múltiples problemas que surgirán en la ejecución de los proyectos, incluyendo la seguridad de los trabajadores chinos —en Pakistán se han destinado más de 3.000 soldados a su protección— y las reacciones negativas locales (de las que ya ha habido pruebas en Sri Lanka o Myanmar, entre otros países).

Por último, deberá evitarse la formación de una coalición antichina: India y Japón ven con recelo una estrategia diseñada para restringir su margen de maniobra internacional, mientras que Rusia e Irán son también potenciales elementos de contraequilibrio. China, por resumir, no podrá avanzar en sus planes sin un escenario de estabilidad económica y social interna, y sin la colaboración activa de otros Estados.

Pese a todas las dificultades, al asumir el liderazgo internacional en defensa de la globalización frente al nacionalismo económico de la actual administración norteamericana, y promover la integración de las distintas subregiones asiáticas —de la que es muestra, además de la propia Ruta de la Seda, la reciente ampliación de la Organización de Cooperación de Shanghai a India y Pakistán—, China mitiga su vulnerabilidad y maximiza sus opciones mientras reduce las de Estados Unidos. La percepción de que las grandes iniciativas geoeconómicas y geopolíticas están hoy en manos de Pekín resulta así inevitable.

Para Europa el desafío tampoco es menor. No son sólo Trump y el Brexit, además de la crisis del euro y de los refugiados, los factores que obligan a un reajuste del proyecto europeo: el renacimiento de Eurasia como concepto económico y estratégico debe estimular asimismo un debate sobre cómo responder a la transformación en curso del poder global.

La crisis de Ucrania ya fue una ilustración de que distintos modelos de orden político compiten en la mayor masa continental del planeta —donde se concentran el 70 por cien de la población y de los recursos— por la definición de las reglas de juego del futuro.

El desplazamiento del centro de gravedad mundial hacia el Indo-Pacífico, con China al frente, agrava la pérdida de peso geopolítico del Viejo Continente. La defensa de sus intereses pero también de sus valores democráticos demanda por tanto que Europa no se contente con ser el pequeño apéndice occidental de Asia que describió Paul Valéry hace casi un siglo. Se abre una nueva era que requiere una mayor ambición exterior.

Fernando Delage

Fernando Delage

Fernando Delage es miembro del departamento de Estudios Internacionales de la Universidad Loyola Andalucía.

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