Espiritualidades y ciencias, ¿algo se está moviendo?

Por el 13 octubre 2015
Los ámbitos culturales y los saberes universitarios optan por el diálogo entre las espiritualidades y las ciencias.
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Cada vez está más presente en el debate cultural, y también entre los saberes universitarios, un intento de acercamiento y de diálogo entre las espiritualidades y las ciencias. Recientemente recibía la comunicación de la Jornada sobre Espiritualidad, ciencia y cultura, con ocasión de un homenaje al científico y teólogo Teilhard de Chardin a los 60 años de su muerte, en el ámbito de la Universidad de Barcelona.

Por mi parte, acabo de regresar de un congreso internacional de filosofía intercultural en el Instituto Superior de Filosofía Bonó de Santo Domingo sobre “Tradiciones de formación, espiritualidad y universidad. Hacia una transformación intercultural de la educación superior”. La cosa se repite igualmente en publicaciones, nuevos programas docentes

Todo esto que empieza a resultarnos casi habitual, aunque sea todavía un camino en gran parte por explorar, desde el siglo XIX hasta hace unas décadas, no podía provocar sino extrañeza, cuando no irritación, desde las propias disciplinas científicas.

¿Por qué dialogar con ámbitos “no científicos”, qué podrían decirnos? Fue el triunfo de la mentalidad positivista y analítica en las ciencias que colonizó incluso en parte a la filosofía. A lo más que se podía aspirar en un momento de máxima apertura, era al “diálogo interdisciplinar”, aquí terminaba el reino del debate razonable o del mutuo enriquecimiento.

¿Están cambiando nuestros marcos de comprensión del mundo? Observó Zubiri que los horizontes de intelección, aquello que nos permite ver o percibir la realidad, cambian de forma casi imperceptible para los mismos sujetos y generaciones que viven y entienden el mundo desde un marco de comprensión dado. Pero, por qué llegan a cambiar y cómo vislumbramos esos cambios.

La forma “connatural” de ver las cosas, empieza a mudar cuando estas no encajan bien. Es decir, cuando hay un desajuste entre nuestros hábitos intelectuales y el mundo que habitamos y que parece escaparse más allá de nuestras lentes habituales, obligándonos a buscar otras lentes para ver mejor.

Objetivo versus subjetivo

Uno de esos hábitos intelectuales era dividir el mundo entre lo objetivo y lo subjetivo. El conocimiento sólo podría acceder de forma rigurosa, verificable, evidente al reino del mundo empírico, lo que se puede objetivar y determinar porque tiene una estructura estable y visible que reconocer. Y a ello podemos acceder de una forma pública o al alcance de cualquiera que quiera acceder a ello. Por eso se podrían legitimar ante cualquiera.

Las ciencias empíricas o naturales que desarrollaron este hábito intelectual son las que obligaron a las “ciencias del espíritu”, aquellas que giraban sobre el hombre y sus construcciones o realizaciones a reorientar su método, incluso su nombre. En realidad, lo que habría que dejar es de hablar y de buscar algo tan vaporoso, inasible e invisible como el “espíritu”.

El campo de lo subjetivo, el ámbito interior de cada cual, era algo a lo que no podíamos acceder de modo público y objetivable. Relevante, porque desde el mismo establecíamos los intereses y los valores, decidíamos el curso mundanal de nuestra vida.

Pero ni los intereses que queremos y debemos perseguir, los valores que nos inspiran, las decisiones a tomar, o el modo de configurar nuestra instalación en la realidad pueden ser objeto propio de las ciencias, sino el campo de la moral, las religiones o de la libertad personal o política.

Por decirlo con Weber, los juicios de valor que guían la marcha personal o social pueden ser vistos en sus consecuencias externas pero las ciencias sólo podrían hablar desde fuera de ellos, aun sobre sus efectos o los medios estratégicos para realizarlos.

Pero la comodidad de la distinción separadora del sujeto y el objeto tuvo especialmente una quiebra con la “nueva física”, la física cuántica. El principio de incertidumbre de Heisenberg rompió la seguridad metodológica y cosmológica de la que habían disfrutado las ciencias de la naturaleza.

Todo conocimiento es conocimiento interviniente y en lo real nos encontramos también lo indeterminado, lo que puede ser de varios modos, un campo de posibilidades abiertas que parecía reservado al reino de lo subjetivo. Reaparece la complejidad e incertidumbre en lo real que habían sido arrinconadas, pero también la interconexión, o mejor, la respectividad fundamental entre el sujeto y el mundo.

Una revuelta contra la injusticia de tal forma de construir el conocimiento pretendidamente objetivista y neutral, también se dio en la filosofía y en las ciencias sociales con la teoría crítica de la sociedad de Horkheimer.

Diálogo de saberes

En cambio, hoy empieza a exigirse una ampliación de nuestros modos de acceder a la realidad y empezar a conjugar el análisis con nuevas síntesis en busca de una mayor reflexividad y responsabilidad con nuestro presente y futuro. La Carta sobre la transdisciplinariedad firmada, entre otros por Edgar Morin, en la década de los noventa puede considerarse un reflejo de ello en el nuevo tiempo.

El nuevo camino nos impulsa a un diálogo de saberes que va más allá del diálogo interdisciplinar si este se enmarca en una tradición monocultural, como la moderna que ya ha jerarquizado conocimientos y excluido saberes que no encajan en el campo científico como único lugar del saber.

Por ello, no debe ser monocultural, sino intercultural, dada la riqueza de caminos de la humanidad. Apunta por ello a la “trans-disciplinariedad”, como señala el filósofo Gerardo Remolina lo que lleva a la “necesidad de apertura de todas las disciplinas, a lo que atraviesa y trasciende.

Por consiguiente, a trascender el dominio de las ciencias exactas a través de su diálogo y reconciliación, no solamente en ciencias humanas, sino también con el arte, la literatura, la poesía y la experiencia interior. Conduce, por consiguiente, a una actitud abierta a los mitos y las religiones; a una reevaluación de la intuición, del imaginario, de la sensibilidad y del cuerpo en la transmisión del conocimiento”.

Por ello, incluye pero trasciende los saberes científicos en un diálogo con los saberes culturales, religiosos y espirituales de la humanidad, diálogo que en última instancia, puede ayudar a resituar la tarea del conocimiento con una mayor amplitud y profundidad. Y con una mayor justicia.

Juan Antonio Senent de Frutos

Juan Antonio Senent de Frutos

Profesor Titular de Filosofía jurídica y política. Director del Departamento de Humanidades y Filosofía. Coordinador de la Cátedra Latinoamericana Ignacio Ellacuría.

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