La espiritualidad ignaciana manifiesta una mística la vida cotidiana.

Liderazgo solidario desde la espiritualidad ignaciana

En el Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía, al que pertenezco como Investigador Externo, se siguen desarrollando actividades de investigación sobre la espiritualidad ignaciana. Por ejemplo, acerca de la importancia de la afectividad en San Ignacio de Loyola como estudió el jesuita Francisco Suárez, un autor clave del pensamiento y para estas actividades que organiza dicho Departamento.

Una evidencia más de todo lo que puede contribuir la espiritualidad ignaciana a la modernidad o a la época contemporánea, como es la realidad del liderazgo. Hoy en día, abundan los estudios o publicaciones sobre liderazgo y, como un paradigma, lo que puede aportar la espiritualidad ignaciana a configurar dicho liderazgo de forma adecuada, cualificada.

De esta forma, la importancia que San Ignacio le otorga a los deseos, pasiones y afectos puede fecundar a toda esta promoción de un liderazgo con una razón cordial e inteligencia emocional, sentimental y espiritual, social y ecológica. Ya que en el ser humano y sus grupos, son claves el sentido y motivaciones que mueven a la realización de los diversos trabajos o tareas.

Como aparecen en los Ejercicios Espirituales (EE), el “sentir y gustar las cosas internamente” (EE 2) y la “escuela del corazón”, que orientan la espiritualidad ignaciana, son expresiones de la importancia que tiene la afectividad y los sentimientos. Tales como la compasión, misericordia y el amor que concluye y sintetiza los Ignacianos, con la contemplación para alcanzar este amor (EE 230-237).

Esta razón cordial e inteligencia afectiva con sus emociones, sentimientos y amor mueven al ser humano en su existencia. Como estudian hoy las neurociencias, por ejemplo autores como A. Damasio o la realidad de las neuronas espejos, y la misma psicología. Más en San Ignacio, con los más valioso de la modernidad, hay un equilibrio y articulación fecunda de la emoción con la razón. Lo que da lugar al sentimiento con un pensamiento humanizador o humanista, crítico, ético y liberador que puede actualizar y profundizar lo más valioso de la modernidad o filosofía contemporánea.

Es una inteligencia sentiente, social e histórica que se hace cargo, carga y se encarga de la realidad. Tal como han mostrado autores como Zubiri o el mártir jesuita I. Ellacuría. La vivencia del principio-misericordia que se deja cargar por el don de la realidad y, cargando con ella, asume compasivamente los sufrimientos e injusticias de los pueblos crucificados por el mal e injusticia. Para bajarlos de esta cruz de la muerte injusta, por el servicio de la fe y de la justicia con los pobres de la tierra que, en comunidades de solidaridad, buscan el bien más (magis) universal y la liberación integral.

El liderazgo auténticamente ignaciano se realiza en esa pasión por el seguimiento de Jesús, el Dios Crucificado, y por los pueblos crucificados en la opción por los pobres con la civilización de la pobreza (cf. Carta de San Ignacio a la Comunidad de Padua). Esto es, una existencia de entrega y servicio a los otros, con personas para los demás, en la pobreza que se hace solidaridad de vida, bienes y luchas liberadoras por la justicia con los pobres de la tierra. Frente a los ídolos de la riqueza-ser rico, del poder y la violencia. Estas idolatrías que esclavizan la libertad verdadera que se ejerce en toda esta vida de solidaridad, compromiso y militancia por el Reino de Dios y su justicia.

En contra de todo elitismo y tipo de selectos o “liderismo”, el verdadero liderazgo cristiano e ignaciano se realiza en todo este humanismo espiritual y militante. Por el que las personas, los pueblos y los pobres son sujetos de su vida, autores de su existencia, protagonistas y gestores de su desarrollo, promoción y liberación integral. Es un liderazgo que confía en todas las posibilidades y capacidades solidarias, éticas y espirituales de los seres humamos, las comunidades y de los pobres.

Para protagonizar los procesos emancipadores y liberadores que dan vida, en contra de estos ídolos que producen muerte e injusticia. Es un liderazgo de la ética de la vida y del cuidado, una auténtica psicología humanista y liberadora como nos transmitió ese otro mártir jesuita que fue I. Martín-Baró.

Espiritualidad ignaciana en la vida cotidiana

La espiritualidad cristiana e ignaciana cree en el vigor y ternura de los pobres, de la debilidad, humildad y pobreza solidaria que libera de los falsos dioses de la riqueza-ser rico, poder y violencia que dominan. Estas idolatrías que sacrifican la vida humana y de los pobres en el altar del poseer, lucro y tener que aplastan al ser. Esto es, la existencia fraterna y solidaria de las personas que se entregan, hasta lo que necesitan para vivir, en comunión de vida, bienes y luchas liberadoras por  la justicia con los pobres.

Por tanto, la espiritualidad ignaciana manifiesta una mística la vida cotidiana, que se efectúa por la contemplación en la acción del amor fraterno y solidaridad liberadora, en el servicio de la fe y de la justicia con los pobres de la tierra. Y en la acción que se contempla, con la meditación u oración y discernimiento espiritual, para buscar y hallar a Dios en todas las cosas.

Un discernimiento que siempre nos orienta al encuentro y seguimiento de Dios, revelado en Cristo Pobre-Crucificado y Liberador de los afectos desordenados de estos ídolos de la riqueza-ser rico, poder y violencia. Contemplando ese signo permanente de los tiempos, que son los pueblos crucificados por el mal e injusticia. Se trata de ordenar la afectividad, los deseos y pasiones con el Principio-Fundamento (EE 23) de la libertad verdadera, que nos libera de la codicia e idolatría de las cosas.

Para este seguimiento en el servicio del Reino y su justicia. Llegando así a la plenitud de la vida en la pobreza, sacrificio y humildad con Cristo Pobre-Crucificado (EE 167), que nos lleva a gastar la vida por los demás. En la experiencia de la espiritualidad liberadora de dichas idolatrías de la riqueza-ser rico, del poder y del tener que nos conducen a la esclavitud del mal y pecado (EE 146).

Es la alegría y felicidad real que contempla al Dios Amor, que nos regala toda su creación, bienes y capacidades para que se cuiden y compartan con gratuidad solidaria, equidad e igualdad. El liderazgo ignaciano nos implica y compromete en buscar la civilización del trabajo, la dignidad del trabajador y la persona con sus derechos como es un salario justo.

Con una economía al servicio de las necesidades y desarrollo humano e integral de los pueblos, y una política que promueva el bien común y los derechos humanos. En oposición a la civilización del capital, del beneficio, lucro y mercado a los tanto se idolatran en la actualidad. Tal como nos enseña, todo ello, ese seguidor de Jesús y de San Ignacio como es el Papa Francisco.

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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