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Jose Maria Castillo, durante un instante de su entrevista sobre la afectividad.

José María Castillo: «San Ignacio pensó en los Ejercicios para cambiar la afectividad y la totalidad que abarca y determina el comportamiento de una persona»

Invitado por el director del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía, Juan Antonio Senent, recientemente ha visitado el Campus de Sevilla el profesor José María Castillo. Teólogo de formación, su investigación está especializada en la cuestión de la afectividad desde los ‘Ejercicios Espirituales’ de San Ignacio a la luz de la teología de Francisco Suárez (1548-1617). Esta investigación la ha desarrollado principalmente en la Universidad Gregoriana bajo la dirección de Ignacio Iparraguirre SJ en la pasada década de los 60.

(P): ¿Qué papel juega la afectividad en los ‘Ejercicios’ de San Ignacio?

(R): En primer lugar, aclarar que la palabra afectividad no aparece, ni puede aparecer, porque en el siglo XVI y XVII ese término gramaticalmente o fonéticamente no se utilizaba. Se hablaba de afectos o afecciones. Es verdad que en el libro de los Ejercicios no aparece demasiado esa terminología. Suárez habló de esto en concreto, el tratado que él dedica, los capítulos que él dedica dentro del Estudio de Instituto de la Compañía de Jesús a los Ejercicios Espirituales.

De lo que yo he podido estudiar en ese punto concreto y sobre este asunto en particular, la formulación más exacta que se puede hacer, a mi modo de ver, es que para Suárez cada ser humano, cada persona es lo que es su vida afectiva, su afectividad, de tal manera que sin exageración de ningún tipo se puede asegurar que en el pensamiento de Suárez cada ser humano es lo que son sus afectos, su afectividad. Es el factor determinante de la persona, de su conducta, de su vida y de su proyecto en general.

(P): ¿Cómo podemos entender qué es el afecto?

(R): El afecto, según el pensamiento de Suarez, es una pasión. Por tanto, según el estudio de las pasiones en Suárez, a lo que le dedican un tratado completo y sumamente bien elaborado y documentado, en la pasión juegan el papel determinante dos componentes: que son la pasividad y la totalidad. Pasividad porque no es algo que yo decido o que yo quiero (eso es la voluntad), la afectividad tiene un plus sobre el querer, el pretender, el proponer, el desear, y ese plus es la pasividad en el sentido de sentirse atraído, algo que tira de mí. Ese factor es capital, y no nos acabamos de dar cuenta de él, y mucho menos de la actualidad que eso tiene en este momento.

Y el otro factor es la totalidad, una posibilidad que totaliza mi vida. Cuando se dan estos dos componentes en un ser humano, a juicio de Suárez y según lo que se puede analizar en psicología y antropología y en la conducta de las personas, una persona que tiene su pasividad centrada en una realidad que totaliza su vida es un factor determinante de la afectividad: podemos hablar del dinero, el poder, el honor, la fama o la importancia una persona. San Ignacio pensó en los Ejercicios para cambiar la afectividad y la totalidad que abarca y determina el comportamiento de una persona.

(P): ¿En qué sentido influye el afecto en las decisiones y en el entendimiento de la realidad?

(R): Es el principio hermenéutico determinante de nuestra visión de la vida de las personas, de las situaciones y de las cosas. Y es el componente, o la fuerza, igualmente determinante de la conducta. Una persona se comporta por aquello que le seduce y por aquello que le seduce en la totalidad de su vida. Si lo que le seduce es el dinero será un ladrón, y lo estamos viendo: ladrones de guante blanco y de camisa blanca que son víctimas de una pasión, la pasión por el dinero, que es la afectividad, el afecto centrado en ese factor.

Esto, por otra parte, en el Evangelio está clarísimo. En el relato del joven rico: «¿Cumples los mandamientos? Los cumplo todos. Entonces te falta una cosa. ¿Qué me falta? Si quieres de verdad llegar a donde hay que llegar, deja todo lo que tienes y sígueme». Es decir, si Jesús no apasionaba a aquel individuo con tal fuerza y con tal amplitud de totalidad, que abarcaba su vida entera, Jesús dice «Servirá para otra cosa, pero para lo que yo quiero, no».

(P): ¿Cómo interviene el afecto en el pensamiento sistemático de Suárez?

(R): Voy a responder a esta pregunta haciendo referencia a un caso que estamos viendo en la actualidad, me refiero a la figura del Papa actual, un hombre que no tiene ideas brillantes, ni las quiere. Y sin embargo es un hombre que ha producido, ha generado una confrontación ahora mismo en la Iglesia y en el mundo que llama poderosamente la atención. El hecho de que un Papa de Roma vaya a Filipinas y celebre una misa a la que asisten más de 4 millones de personas, donde no hay 4 millones ni de creyentes.

¿Qué fuerza de atracción tiene esta persona? O también, en el extremo opuesto ¿qué fuerza de rechazo para que los más altos cargos de la Iglesia no lo soporten? Pongo este ejemplo, porque es de una actualidad enorme y nos ayuda a comprender como Suárez se dio cuenta en toda su obra, no solo en el comentario a los Ejercicios, sino también cuando estudia la conducta humana, la moral, el comportamiento, el pensamiento… Todo está condicionado, filtrado y dirigido por aquello en lo que se centra la pasividad y la totalidad, es decir, el afecto de una persona.

(P): ¿Podríamos decir que la consideración del mundo afectivo puede ser un planteamiento actual, necesario para repensar lo social, lo político, lo moral?

(R): Es la clave por la que tienen éxito o, por el contrario, fracasan tantos movimientos. Yo me he preguntado muchas veces por qué en la España de los últimos 40 años, desde que se aprobó la Constitución, los movimientos cristianos populares, de comunidades o grupos equivalentes, por qué se han movido tanto, han organizado tantas cosas y no han cambiado ni a la Iglesia, ni a la sociedad, ni tampoco la orientación de este país

¿Por qué? A mi manera, porque hay ahí muchas ideas, muchas decisiones, muchos proyectos y muchas iniciativas, pero la afectividad, aquello que apasiona y que totaliza la vida de una persona, muchas veces con los ideales sociales políticos o religiosos más radicales, va conjuntamente con eso, y entonces lo que ocurre es que manda eso y muchas veces eso significa que lo que centra la vida de esas personas es llamar la atención, ser importante, ser famoso y en muchísimos casos: tener dinero como cualquier otro hijo de vecino.

(P): ¿Se puede dialogar con el mundo contemporáneo, con la ciencia contemporánea desde un pensamiento elaborado en el siglo XVI?

(R): No solo se puede, sino que es de lo más apremiante y urgente que debemos hacer, por una razón: la cultura está evolucionando en el sentido de que ha cambiado lo que determina y lo que es la fuerza del poder en nuestras vidas. El poder coactivo ha sido suplantado por el poder seductivo, la coacción ha sido suplantada y en su lugar, se ha colocado la seducción. Lo que manda en nuestra vida es lo que nos seduce: la publicidad, la economía, todo está minuciosamente estudiado y estamos totalmente controlados porque las nuevas tecnologías de la información están pensadas para eso, para controlarnos y de facto estamos controlados totalmente. Y al mismo tiempo nos creemos ser enteramente libres, cuando en realidad lo que nos seduce no es lo que nos asusta, es lo que manda en nuestras vidas.

Esto es de una actualidad apremiante y no caemos en la cuenta. Por ejemplo, cuando voy en un autobús y, de las 40 personas que van en él, 30 por lo menos van con el móvil saciando su curiosidad o comunicándose, y sin embargo al que tienen al lado no le hacen caso. Lo que manda en esas vidas es la tecnología y la seducción que a través de ellas se les propone, y no ya la amistad, la necesidad del otro, la situación que vivimos, y mucho menos para qué, la situación que puedan vivir ahora en Centroamérica o Sudán, donde la gente se muere de hambre de miseria y de carencias. Me parece que esto es tan fuerte, tan determinante, tan actual, tan apremiante que no entiendo cómo ni por qué ponemos toda la atención en la tecnología y no la ponemos en lo que de verdad determina nuestras vidas que es la afectividad.

Autor

Francisco Javier Burrero

Periodista del Servicio de Comunicación y Relaciones Institucionales de la Universidad Loyola Andalucía. fjburrero@uloyola.es Twitter: @javierburrero

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