Enseñanza religiosa en los centros públicos

Por el 3 noviembre 2015
Es conveniente enseñar religión en la escuela pública
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Hace un par de semanas, tomando un café con un amigo, surgió el tema de la enseñanza religiosa en los colegios públicos. Con posturas distintas, pero con deseos de diálogo, fuimos capaces de acoger y comprender la postura del otro.

Esta semana, de la mano de Pedro Sánchez, el tema ha vuelto a surgir. ¿Coincidencia? No. En España hay que acostumbrarse a que el tema religioso salga a la palestra con cierta periodicidad. Lo lamentable es que cada vez que surge este asunto no se da un diálogo, sino un monólogo de trincheras sordas.

El diálogo se hace urgente al menos por dos razones: la primera tiene que ver con la importancia de dar razones que lleven a un diálogo constructivo; un encuentro que nos hable de lo que es razonable plantear y vivir en nuestra sociedad. La segunda –ligada a la primera- es que la mayoría de los españoles y españolas no se ubica en los extremos radicales, que son los que suelen visibilizarse más: ni son acérrimos laicistas, ni religiosos tradicionalistas, lo que, de entrada, favorecería las posibilidades de entendimiento.

Planteamiento del problema

Pedro Sánchez ha planteado que quiere promover una escuela púbica laica donde no quepan las enseñanzas confesionales. En el punto 7 del Acuerdo de Compromiso con la Comunidad Educativa, el PSOE afirma:

Defendemos una escuela pública laica como garantía de los valores públicos y respeto de las creencias privadas. La escuela debe integrar en su currículo la enseñanza de los valores públicos que consideramos la base de nuestra ciudadanía, y que, por ello, han de ser cursados por todo el alumnado. De ahí, que en nuestro modelo de escuela pública no quepa la integración, ni en el currículum ni en el horario escolar de enseñanzas confesionales. Para ello se promoverá las reformas del marco legal actual necesarias, así como de los acuerdos internacionales”.

La conclusión es muy simple: no procede la enseñanza religiosa en las escuelas públicas, pues la religión es algo que pertenece estrictamente al ámbito de lo privado.

Entender el origen del problema

Históricamente las razones de la separación de Iglesia y Estado son múltiples, pero creemos que la razón principal es la búsqueda de libertad: la separación entre ambas esferas daba más libertad a la gente para poder vivir las propias creencias y, por otra parte, que el Estado no estuviera supeditado a los poderes de la Iglesia.

Ahora bien, esta razón tiene distintos enfoques en Estados Unidos o en Europa. Los Estados Unidos afirmaba separación de Iglesia y Estado para que todos los ciudadanos puedan vivir libremente sus religiones –sin que nadie sea obligado a la religión del gobernante, como en Europa- y que no hay preeminencia entre una iglesia u otra. Así, democracia y libertad religiosa se entienden mutuamente y se refuerzan.

Pero en Europa, como bien sabemos, la situación era distinta. La religión –especialmente la católica- se manifestaba como una traba para vivir la libertad y la democracia (al respecto conviene recordar la encíclica Quanta Cura y el Syllabus, que mostraban los errores de la modernidad, incluyendo la libertad de culto, separación Iglesia y Estado, entre otras cosas).

Por esta razón, en la búsqueda de independencia y de mayor libertad, muchos liberales exigían, con justa razón, la separación de ambas esferas. Así, en 1904 se da la separación entre Iglesia y Estado en Francia, dando lugar a un modelo de República laica. Este modelo laicista, de origen decimonónico, era profundamente beligerante y confrontacional con todo lo religioso.

Marcel Gauchet señala que, en el marco de la refundación estatal republicana, después de 1875, la llamada ‘cuestión laica’ tuvo un papel protagónico y creador en el nuevo régimen. La tensión separadora vivida entre Iglesia y Estado fue la que logró apalancar al Estado francés en su pedestal. Este espíritu es completamente entendible desde la situación social y cultural de hace 100 años. Pero, ¿vivimos hoy en la misma situación?

Un nuevo tiempo: nuevos modelos

En los últimos años el filósofo alemán Jürgen Habermas ha acuñado el concepto de post secularismo. Habermas asume que se está en un momento de crisis, de cambio de mentalidad. Tiene que haber una búsqueda del reconocimiento recíproco entre las distintas partes, las distintas tradiciones, de la sociedad. Esto significa que “los ciudadanos religiosos y laicos están dispuestos a escucharse mutuamente y a aprender unos de otros en debates públicos”.

Este es un nuevo tiempo, una nueva situación, que Habermas entiende como “sociedad post-secular”. En la propuesta de Habermas no se pretende hacer un sincretismo “secular-religioso”, sino desarrollar la capacidad y la voluntad de aprender del otro.

En una línea muy similar, el filósofo canadiense Charles Taylor afirma que el tiempo de la secularidad –el tiempo del laicismo combativo- ha pasado. Hoy en día distintos pensamientos y tradiciones conviven en sociedades complejas y pluralistas. En esta situación el Estado debería promover los tres valores de la Revolución Francesa: libertad, igualdad y fraternidad.

A partir de la idea de libertad, Taylor entiende que nadie puede ser forzado a creer en una religión determinada. Esto implica, obviamente, el ejercicio libre del culto (o su ausencia) que uno elija. La idea de igualdad, por su parte, significa que debe existir igualdad entre las personas de diversas religiones o de distintos tipos de lo que Taylor denomina creencia básica.

Desde este punto de vista, ninguna religión, o no religión, puede tener privilegios ni puede ser adoptada como el punto de vista oficial del Estado. Por último, la fraternidad implica que las distintas familias espirituales deben ser escuchadas e incluidas en el proceso para determinar cuáles son los fines, e la sociedad y cómo se podrán conseguir esos fines.

El problema fundamental para Taylor, no es que no deba existir separación o autonomía entre las instituciones religiosas y el Estado –que es algo obviamente necesario- sino generar las distintas prácticas para que los distintos grupos, religiosos o no, puedan convivir y ser un mutuo aporte en el espacio público. El Estado, en este contexto, debe buscar la neutralidad y promover, obviamente, el diálogo, la cohesión y la convivencia social.

Nuevos tiempos para nuevos modelos

Volviendo al planteamiento inicial, surge una pregunta inevitable: ¿No será ya tiempo dejar de lado la discusión de religión sí o religión no y abrirnos a nuevos planteamientos?

En un interesante artículo, Carlos García de Andoin, coordinador federal de Cristianos Socialistas, plantea distintos modelos de cómo se ha integrado la religión en los colegios públicos: desde el modelo multiconfesional (Alemania, España, Holanda, Austria), en que la enseñanza de la religión se da bajo diferentes modalidades confesionales, dependiendo de lo que el alumno y su familia elijan, hasta el modelo extraescolar (Francia), en donde la enseñanza religiosa, catequética y pastoral, se permite en las escuelas públicas en horario extraescolar.

Entre ambos polos se da el modelo cultural-no confesional (Finlandia, Reino Unido, Suecia), donde la enseñanza de la religión se enmarca en una mirada más cultural, de las ciencias sociales y las humanidades.

Cualquiera sea el modelo que se elija –aunque en lo personal pensemos que el modelo cultural-no confesional puede ayudar más-, creemos que es fundamental tener, al menos, tres elementos esenciales a la vista que nos lleven a no rechazar, sino más bien acoger la religión en los colegios.

El primero de ellos tiene que ver con algo que ya hemos señalado: la necesidad de reconocer que la diversidad de pensamientos y creencias, en el espacio público, es un valor que vale la pena acoger y promover. El Estado, desde su neutralidad, debe hacer esto; no se puede negar lo religioso desde una pretendida laicidad. Acoger la religión en los colegios es una apertura a atender la diversidad y dejarse interpelar por ella.

El segundo elemento hace referencia a nuestra autocomprensión como sociedad y cultura: ¿alguien puede entender lo que ha pasado en los últimos 500 años de cultura occidental sin hacer una referencia al fenómeno religioso-espiritual? Nuestra comprensión histórica como sociedad pasa por comprender –y no digo compartir- lo que ha sido el fenómeno histórico espiritual desde el cual hemos vivido.

Al menos, por un ejercicio hermenéutico de comprensión de nuestra propia identidad es importante que podamos integrar lo religioso en nuestra formación. Pero esta comprensión –y este es el tercer elemento- no solo es comprensión del pasado, sino que del presente y del futuro.

En una reciente publicación el Secretario de Estado Americano, John Kerry, afirmaba que más le hubiese convenido especializarse en religiones comparadas en vez de ciencias políticas; “la razón es que los actores religiosos y sus instituciones están jugando un papel fundamental en todas las regiones del mundo y prácticamente en todos los aspectos esenciales de la política exterior de los Estados Unidos”.

Comprender nuestro mundo hoy pasa por reconocer, comprender y dialogar con las distintas vivencias religiosas y espirituales. Esto nos enriquece el mundo y nos ayuda a comprenderlo mejor y acoger la diferencia.

Artículo publicado en Redes Cristianas.

Ignacio Sepúlveda del Río

Ignacio Sepúlveda del Río

Ignacio Sepúlveda del Río es profesor del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. A través de este cuaderno, comparte con la comunidad universitaria su reflexión y análisis sobre temas de actualidad, de manera que podamos profundizar con nuestra mirada, más allá del posibilismo inmediato, hacia horizontes de vida digna y buena.

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