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Post de opinion del profesor de la Universidad Loyola, Eduardo Ibañez.

El político y el científico en tiempos del coronavirus

Max Weber pronunció su famosa conferencia El político y el científico en un ambiente universitario en tiempos de cambios en la Alemania de 1919. Max Weber fue un jurista y uno de los precursores de la sociología, pero también ejerció como político. Defendió la posibilidad, puesta en entredicho hoy en día, de la neutralidad de la ciencia. Él, que que estuvo a ambos lados de la política y de la ciencia, pensaba que desde la ciencia el rol del científico consistía en aportar caminos para las metas trazadas por el político. El político, como también el técnico o el empresario, representa a aquella persona que tiene que lidiar con la compleja realidad, una realidad en la que no es fácil aplicar de manera directa los principios que pueden ser planteados de manera abstracta por el científico. El científico tiene el papel de trazar los caminos posibles y deseables para alcanzar una meta común necesaria, puesto que no todos los caminos son oportunos, desde la perspectiva del científico, puesto que, como afirmamos habitualmente, el fin no justifica los medios.

Pero, en todo caso, el político, conminado por la realidad, va a tener que tomar una determinación. Esta determinación, deberá ser el resultado de una sana tensión generada entre una ética basada exclusivamente en los principios teóricos, la propia del científico, y una ética de la responsabilidad, la del político, que además de estos principios tiene que incorporar, no como criterio decisorio, pero sí como criterio de discernimiento, otros elementos como los recursos, los contextos y las consecuencias de esa decisión.

Crisis de salud pública a nivel global

Vivimos a nivel global una crisis de salud pública, que es ya también una crisis social y una crisis económica en ciernes y creo que es pertinente, de nuevo, actualizar esta reflexión que tan lúcidamente planteaba Max Weber a finales de la segunda década del pasado siglo XX, que además comparte con la nuestra ser también una época de grandes cambios. Nuestros líderes políticos, los de toda la sociedad global, tratan de responder a la realidad que se les presenta con las propuestas científicas, y tratan de respaldar sus decisiones en estas mismas propuestas, pero como ya nos dijo Weber, una respuesta política no va a coincidir al cien por cien con una propuesta científico-teórica, puesto que aquella debe desarrollarse en una realidad más compleja que la de un laboratorio como es la de la sociedad. Desde luego tenemos que agradecer que todos los políticos, unos de una manera más renuente que otros -leo hoy en la prensa que tras las rectificaciones de B. Johnson y D. Trump están los estudios del prestigioso Imperial College-, hayan acabado aceptando las evidencias científicas que se han ido ofreciendo desde los diferentes lugares donde se genera este conocimiento.

Pero una vez más, las evidencias científicas se han encontrado no solo con la dimensión social del ser humano, sino con otra dimensión del conocimiento, la ética, como una dimensión humana insoslayable. Hemos aprendido en estos días palabras como ‘triaje’ -si es que no la conocíamos ya- que hace referencia a la necesidad de arbitrar criterios para discriminar entre pacientes para su atención ordenada en torno a un fin, y específicamente en estos días, cuáles tiene que ser los criterios de priorización cuando se llega a un nivel de colapso. Los profesores de ética asistimos con mucha atención, y con cierta preocupación, al debate ético que está en los medios de comunicación y redes sociales, que dan por hecho que los criterios de la ética utilitarista son los que van definir los protocolos para la definición de la toma de decisión, simplificando la ética utilitarista sería aquella que va a elegir maximizar el resultado con los recursos disponibles en situación de colapso.

Es evidente que la maximización del resultado debe ser un criterio relevante a la hora de la toma de decisiones, que por otro lado es compleja, pero también hay que mostrar otra cara de esta racionalidad utilitarista que se reclama como el sentido común. De hecho, ya hay personas que están diciendo y reclamando que no se las puede dejar atrás de entrada, por su edad, por sufrir alguna patología previa, etc. Estas personas, reclamando su derecho a ser atendidas, están reclamando su dignidad como seres humanos y este reclamo también debe ser escuchado. Esta realidad nos muestra otra perspectiva ética, no se trata de cargar fardos pesados sobre los ya extenuados hombros de los sanitarios, extremadamente sobrecargados, pero sí de generar una reflexión que vaya claramente, mostrando los límites de la racionalidad y de la ética utilitarista.

La ética no es un conjunto de prohibiciones, no son unas normas no escritas, ni siquiera única y exclusivamente unos principios generales, sino sobre todo es el ejercicio de la razón humana, en un contexto concreto, con un horizonte claro de dignidad y justicia. La dimensión ética desarrolla su misión más importante en presentar un horizonte de humanización y humanizador, y, por tanto, es ese horizonte el que debe marcar el camino. Este horizonte nos marca un camino que nos orienta hacia el bien común, que es el bien de todas y cada una de las personas que forman nuestra sociedad y nuestra comunidad, y hacia los derechos humanos -puesto que si no se incluyen a todas las personas, no podemos hablar de derechos humanos-, y es un horizonte no solo para los sanitarios, ni solo para nuestros líderes políticos, sino para toda la sociedad puesto que somos los últimos responsables.

Tendremos que movilizar y articular los medios necesarios para abordar esta nueva y desafiante crisis, y habrá ciertamente quiénes tengan que ejercer su función social, desde su posición política o técnica, desde una ética de la responsabilidad. Pero, por favor, no reduzcamos la dimensión ética humana a una cuestión de utilidad, tenemos que llevar esta dimensión hasta su carácter humano más profundo para no deslizarnos por pendientes peligrosas, hacia el horizonte del bien común y de los derechos humanos.

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