Educación y regeneración democrática

Todo indica que España se enfrenta al fin de un ciclo histórico. Son muchos los síntomas: seis años de crisis que arrojan unos datos económicos ciertamente preocupantes y una cifra de paro que ha instalado en la frustración a varias de las generaciones de jóvenes mejor preparadas de la historia de este país; un fracaso insoluble del sistema de organización territorial que amenaza con la ruptura del Estado; una corrupción rampante, instalada de forma generalizada y definitiva en la política y que corroe a otras muchas esferas públicas y privadas alimentando la cultura del “todo vale”; una sociedad civil desarticulada y adormecida, cuyos tímidos esfuerzos regeneracionistas se ven asfixiados por el ejercicio sesgado del poder o por dogmatismos más propios de un régimen autoritario que de una democracia participativa; unos medios de comunicación muchas veces irresponsables que coquetean con la mezquindad y se contaminan de intereses partidistas; y una vida cultural paralizada por su extrema dependencia de lo público.

A todo ello se una la quiebra del principio de separación de poderes, con una justicia politizada, una Administración pública desmesurada y un Ejecutivo que legisla a base de Decretos-leyes al frente de un desfigurado régimen parlamentario que es fruto de una mala legislación electoral favorecedora del bipartidismo y de las minorías nacionalistas, que parecen haber cambiado el consenso constitucional por el hacha de guerra.

El mundo de la política es un reflejo de esta crispada realidad nacional, pero también es el crisol de muchos de los males apuntados. Al aludido problema de corrupción se une el generalizado falseamiento de la representación política mediante “partidos de empleados” –como recientemente los ha calificado Manuel Jiménez de Parga-, cuyo único mérito es haber cumplido diligentemente el cursus honorum de la profesionalización política dentro de la estructura del partido, lo que ha acabado por extender el descrédito y la desesperanza entre la ciudadanía. Ésta parece a día de hoy más que hastiada, desfondada. Y lo que es peor, puede acabar siendo una sociedad a la deriva, con el riesgo de poder convertirse en una víctima propicia de los radicalismos más exacerbados o de un populismo ramplón y demagógico.

La falta de actuación y de compromiso cívico en esta coyuntura es una grave falta de ciudadanía. Por eso me parece tan oportuno como imprescindible la declaración que el pasado mes de julio hizo pública UNIJESPor la regeneración democrática de la vida pública en España‘. A partir de un conjunto de principios que reivindican el papel capital de la política para recuperar un espacio de libertad y participación ciudadana comprometido con valores humanistas, los centros universitarios de la Compañía de Jesús en España han lanzado al terreno del debate público una serie de propuestas y líneas de trabajo que persiguen una auténtica regeneración de la vida pública española, que tiene uno de sus pilares fundamentales en la misión social de la educación superior universitaria.

Como ya advirtiera el genial Bertrand Russell en plena efervescencia de los movimientos totalitarios de la primera mitad del siglo XX, la única protección eficaz contra los radicalismos y contra los llamamientos demagógicos al odio de lo que es opuesto o extraño a las propias convicciones es la educación. Comparto plenamente este juicio, hoy más que nunca. Estoy plenamente convencido de que la educación es el mejor camino para profundizar en la democracia y en la progresiva realización de un mundo en el que los seres humanos, todos los seres humanos sin distinción ni discriminación alguna, puedan disfrutar de la dignidad que les es inherente.

La educación así entendida trasciende y va mucho más allá de la instrucción y de los niveles o etapas de la enseñanza. Profundiza en lo humano, alejándose de los dictados de esta sociedad generadora de desigualdades que parece reclamar personas competitivas más que personas competentes, o acaso meras “piezas de recambio”. La educación en valores a la que me refiero, por decirlo con palabras de la Declaración Universal de Derechos Humanos, es la que “tiene por objeto el pleno desarrollo de la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos humanos y a las libertades fundamentales; favorecerá la comprensión, la tolerancia y la amistad entre todas las naciones y todos los grupos étnicos o religiosos“. Desde esta visión, la educación –y desde luego también la universitaria- va efectivamente más allá del conocimiento o del saber concreto: es el único instrumento del que podemos valernos para la subversión del desorden establecido.

La educación, en el confuso y convulso mundo en que vivimos, debe aspirar a formar a cada uno de nosotros en el valor la responsabilidad, poniendo de manifiesto que los derechos tienen límites y que no todo vale; y en los valores de la igualdad, de la justicia social y de la solidaridad, para instalar –como ha dicho Pedro Casaldáliga– “el ideal de la libertad en el ideal de la igualdad”.

La globalización ha aumentado el foso entre la riqueza y la pobreza, una situación injusta que la crisis económica y social ha agudizado en perjuicio de los más débiles, de los marginados y de los excluidos, a escala mundial y en el interior de nuestras sociedades: como consecuencia de todo ello -y es en lo que estamos en España y en toda la Unión Europea- el modelo de economía social de mercado está seriamente amenazado. Peor aún, estamos insensiblemente instalados en una especie de “cultura de desigualdad”. La educación en la solidaridad, es decir, en las exigencias del interés general, es la dimensión en la que educación nos muestra con mayor claridad su carácter de instrumento para la subversión del desorden establecido.

El fundamento de esta afirmación está bien expresado en las siguientes palabras de la Declaración Universal de Derechos Humanos:toda persona tiene deberes respecto de la comunidad, puesto que sólo en ella puede desarrollar libre y plenamente su personalidad“.  Desde una perspectiva complementaria, uno de los preceptos más señeros de la Constitución Española proclama que “La dignidad de la persona, los derechos inviolables que le son inherentes, el libre desarrollo de la personalidad, el respeto a la ley y a los derechos de los demás son fundamento del orden político y de la paz social”.

En efecto, el problema capital de la teoría política es justamente ese: cómo combinar la libertad personal y el grado de iniciativa individual necesario para el progreso con el grado de cohesión necesario para la convivencia. Esto último incluye la satisfacción de necesidades colectivas, de objetivos de interés general que están expresados en nuestra Constitución, que siempre implican límites y recortes de la libertad individual y que aluden a esos “deberes” para con la comunidad que nos incumben a cada uno de nosotros.

Esos deberes de cada ciudadano hacia la comunidad deben ser entendidos como un ingrediente imprescindible en la búsqueda de un concepto más amplio de la libertad, esto es, en la búsqueda de un mundo en el que todos los seres humanos, liberados del temor y de la miseria, puedan disfrutar de la dignidad inherente a cada persona, lo que conlleva un compromiso ineludible con los valores de la solidaridad y de la dignificación del otro.

Por eso, cada uno de nosotros debería preguntarse: ¿acaso soy yo el guardián de mi hermano? La respuesta desde la educación en valores que practican y proclaman los centros educativos de la Compañía de Jesús es tan clara como rotunda: sí, sin duda, porque la obligación de respetar y promover los derechos humanos no incumbe exclusivamente a los poderes públicos, sino que es una tarea que nos corresponde a todos si de verdad queremos ser ciudadanos y no meramente súbditos.

Creo que en nuestra Andalucía, donde tantos y tan importantes progresos se han realizado en materia educativa en estas últimas décadas, desde la preescolar e infantil a la universitaria, debemos seguir esforzándonos para la realización del objetivo de educar para la libertad, en la responsabilidad, la igualdad y la solidaridad.

Puede que estos objetivos parezcan utópicos. Desde el equipo docente de la Universidad Loyola Andalucía no lo creemos así. Pues para nosotros son la expresión de una esperanza ­que, como dijera el poeta Charles Péguy, no es una virtud como las demás sino contra las demás. Y también son expresión de un compromiso: el de contribuir al pleno desarrollo de la dignidad intrínseca a todo ser humano y favorecer la solidaridad colectiva.

Autor

Juan Antonio Carrillo Donaire

¡Atrévete a saber, da el primer paso! Este verso de Horacio nos anima a la búsqueda del conocimiento y al logro del equilibrio interno, al establecimiento de una vida a partir de valores y principios éticos. El conocimiento inspirado en valores y orientado a la acción, al servicio a los demás, es el mejor instrumento para la subversión del desorden establecido. Se trata de aprender a ser, pero también de atreverse a hacer. Porque además de atreverse a saber, es imprescindible saber atreverse.

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