El optimismo inteligente

Vaya por delante que no soy psicólogo. Tampoco ningún experto en pensamiento positivo, ni siquiera un seguidor de los cientos de blogs sobre optimismo, felicidad o autoestima que hay en Internet. Más aún: solo he leído un libro de Punset (sí, vale, pero tengo un salvapantallas de Mr. Wonderful). Así que estas palabras no son más una reflexión dominguera sobre tópicos y actitudes.
Tengo que reconocer que soy refractario al “buenismo”. Me irritan las posturas facilonas y algo bobaliconas, casi de eslogan barato: “tú puedes si lo intentas con toda tu alma” (eso depende… y no sé qué pinta aquí el alma); “sonríe siempre” (coño, no quiero sonreír siempre); “las cosas irán a mejor” (o no), etc.
Os podéis imaginar que también me alteran las alusiones al corazón, al alma y a otros intangibles: “poner todo el corazón”, “he puesto toda mi alma” y otras sentencias parecidas que, con mucha frecuencia, se esgrimen como atenuantes por la falta de habilidad, de dedicación o de esmero.
Parece (inexplicablemente para mí) que dejarse llevar por una supuesta pasión interna, una fuerza motriz incontrolable que sale del ¿corazón? es mejor que la preparación profesional o intelectual, que el esfuerzo y el mimo por hacer las cosas bien, o que el reconocimiento sincero de que hay cosas que no sabemos hacer o con las que no podemos lidiar.
Claro, los pesimistas recalcitrantes son igual de odiosos (o más). Instalarse en el fatalismo, especialmente cuando no se hace nada por cambiar lo que se pueda cambiar, es de un cinismo insoportable. Por no hablar de que los pesimistas son gente muy tóxica y destructiva, que siempre juega con ventaja: si las cosas salen bien, es una excepción a la regla.
Entiendo que ponerle pasión a nuestra actividad diaria es un plus, algo que diferencia a las personas que disfrutan o viven intensamente lo que hacen de las que no. Eso lo entiendo (y supongo que a eso es a lo que llaman “corazón” y “alma”).
Comprendo también que una cierta dosis de confianza en nuestras posibilidades (salpicada de mucho realismo, please) y una predisposición amable y risueña hace la vida más agradable a los demás. Yo trato de ponerlo en práctica, lo prometo. Lo único que digo es que no sé por qué en la ecuación del optimismo de frase ingeniosa al que me refería antes pocas veces aparece la razón como variable.
¿No creéis que una orientación al optimismo con inteligencia, capacidad de análisis y, especialmente, de realismo sobre lo que podemos lograr y lo que no es un cóctel perfecto? A mí me lo parece. ¿Y a vosotros?

Autor

Juan F. Plaza

Docente e investigador en Comunicación. Profesor de Comunicación Escrita en la Universidad Loyola Andalucía, coordinador del Aula Literaria Loyola y escritor. Mi investigación está orientada al estudio de las representaciones de varones y mujeres en los medios de comunicación de masas. De vez en cuando, escribo para no odiar. Puedes seguirme en Twitter: @woodyplace y en mi blog juanplaza.es

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