El cuidado de la casa común

Por el 25 agosto 2015

Por su interés, reproducimos el artículo de Ildefonso Camacho SJ titulado “El cuidado de la casa común”, publicado en la revista La Agenda de la Empresa en su último número

Dos días antes de la publicación de la encíclica del Papa Francisco “sobre el cuidado de la casa común”, Jeb Bush, exgobernador de Florida y posible candidato a la presidencia de Estados Unidos, se refería a ella de forma rotunda: “No me dejaré dictar la política económica por mis obispos, mis cardenales o mi Papa”.

Este nuevo representante de la familia Bush, que se convirtió al catolicismo hace 25 años, piensa que no se puede culpar a la actividad humana del cambio climático, aunque el fenómeno en sí sea aceptado casi unánimemente entre los científicos: una cosa es el hecho; otra, sus causas. Sin conocer todavía el texto, Jeb Bush añadía que la religión debería ocuparse de “hacer mejores a las personas y menos de cuestiones que tienen que ver con aspectos políticos”.

A raíz de la publicación del documento, un clérigo católico norteamericano, Robert Sirico, escribía en las páginas del Wall Street Journal: “Muchos de los contenidos de la encíclica del papa Francisco Laudato si’ sobre la responsabilidad medioambiental plantean un importante desafío a los defensores del mercado libre, a aquellos de nosotros que creemos que el capitalismo es una fuerza poderosa para cuidar la tierra y sacar a la gente de la pobreza”.

Estos dos ejemplos bastan para comprender que la encíclica sobre la ecología que acaba de ver la luz será objeto de debate a muchos niveles, incluso dentro de la Iglesia. En esto contrastará con otros muchos documentos eclesiásticos que pasan totalmente desapercibidos para el gran público, incluso entre los católicos.

Y no es malo que el debate se encienda. Será señal de que el tema es de actualidad. En verdad que el papa Francisco ha sido audaz a la hora de meterse en un terreno tan complejo y debatido. Pero no pretende decir la última palabra, ni formular principios doctrinales indiscutibles, ni dar directrices políticas a los gobiernos. Sólo ha sabido aprovechar esa autoridad moral que ha conquistado en los primeros dos años de su pontificado para hacer una invitación al diálogo. Invita a todos, independientemente de que sean creyentes o no.

Una primera impresión que se tiene al leer el texto es que quien habla lo hace desde una perspectiva que no suele ser la nuestra: la de las mayorías más pobres, que él conoció muy directamente en su país. Eso da a su discurso un tono menos académico o doctrinal, más cercano. Pero no faltan páginas que están dirigidas al mundo de la ciencia, de la política y la economía: en ellas el tono es distinto, más grave y exigente, hasta duro en algunos momentos. Sus reflexiones y propuestas dejan entrever que ha sido ayudado por expertos de distintas áreas.

Problema ecológico

Tres temas destacaríamos de una primera lectura. Apuntan a los niveles más hondos del problema ecológico. El primero es lo que él llama “una ecología integral” para subrayar los vínculos estrechos entre lo natural, lo humano y lo social: no se puede entender uno de esos ámbitos ni afrontar sus problemas sin tener en cuenta los otros dos.

En segundo lugar, la realidad de la pobreza, que está siempre en el centro de sus preocupaciones, no se puede separar del medio ambiente: ni uno ni otro se puede afrontar aisladamente. Por último −y esto nos mete de lleno en el campo de la reflexión filosófica−, detrás de todos estos problemas hay una concepción −tecnocrática la llama− del ser humano y de sus relaciones con la naturaleza que alimenta el deterioro del planeta.

Todo esto −cree el papa− puede ser iluminado desde la fe en el Dios cristiano y sus implicaciones para la vida humana. Pero no quiere limitar sus reflexiones a los creyentes, las brinda a cada persona que habita este planeta.

El texto no agradará a todos. Tampoco se escribió con esa intención. Bastará leerlo con un corazón abierto a problemas que no suelen afectar muy directamente a nuestra vida cotidiana, pero que representan enormes desafíos para el futuro de la humanidad. Tan grandes, que no estaría de más que el mercado libre y el capitalismo, y los defensores de uno y otro, se dejasen también interpelar.

Idelfonso Camacho S.J.

Idelfonso Camacho S.J.

Presidente de la Fundación Universidad Loyola Andalucía

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