El arte asiático y occidente

El abismo cultural que separa a Oriente y Occidente es mucho mayor que la distancia en kilómetros. Es increíble que, a pesar de los miles de años de existencia de las culturas de los países más alejados de nosotros, no se haya despertado antes el interés por conocerlos. Europa se ha considerado siempre el centro del mundo, y no ha prestado mucha atención por conocer otras culturas más lejanas.

Cuando Japón abrió sus puertas al mundo occidental en el siglo XIX, y las primeras obras de arte japonés fueron conocidas en Europa, el arte realista de Francia y de otras escuelas europeas empezaba a buscar nuevos derroteros por haber alcanzado ya un grado de saturación[1]. Entonces fue la escuela japonesa de pintura de Ukiyo-e la que ofreció un modo nuevo de aprehender el objeto del mundo físico, muy distinto del realismo europeo. Fue ésta la revelación de una forma enteramente nueva de belleza, que iba a influir en artistas independientes y hasta en escuelas estéticas.

Al pintar el mundo circundante, el arte de Europa desde los tiempos del Renacimiento había empleado la técnica de la perspectiva: se establece un punto de vista fijo desde el que se examina una parte concreta del espacio de tres dimensiones. Por otro lado, para reproducir la realidad en dos dimensiones se recurre a la luz y la sombra, y de este modo se crea la ilusión de una tercera dimensión. El realismo, al estar basado en lo que el artista ve objetivamente, tiende inconscientemente hacia el subjetivismo, ya que todo depende de la manera personal de visión.

Ukiyo-e, una nueva manera de mirar

El arte japonés en general, y la escuela de Ukiyo-e en particular, presenta una nueva manera de mirar al objeto, desde un punto de vista diferente. Esta escuela sugirió el modo de mirar al objeto desde arriba para dar la impresión del espacio; indicó cómo representar el espacio en una dirección diagonal para pintar la profundidad, sin necesitar el recurrir a la técnica de la perspectiva; por fin, sugirió también el modo de presentar el objeto imprimiéndole un sentido de movimiento. El Ukiyo-e enseñaba que había la posibilidad de fijarse en el objeto principal solamente, agrandándolo, prescindiendo del fondo del cuadro.

De este modo sólo era necesario pintar el objeto central, sin necesidad de encajarlo en la escena circundante. En la segunda mitad del siglo XIX, Manet y Degas comenzaron a tratar de pintar en este nuevo estilo. Degas también aprendió del artista japonés Hokusai a pintar la belleza del cuerpo humano en movimiento. Otros artistas europeos también aprendieron datos estéticos de otras escuelas japonesas. Como un resumen de todo esto citamos a Cirlot en su libro Pintura Contemporánea:

“Degas muestra facetas distintas, que proceden de su mayor atención al esquema general de la composición, al movimiento y a la organización dinámica de la imagen. A la vez, el influjo del arte japonés se evidencia. Las notas características de éste, aparte de las técnicas de ejecución que no hemos de abordar aquí, son “fragmentación e indelimitación”. Es decir, el espacio “correcto” de la composición, la forma y el sentimiento del mundo occidental, queda doblemente fracturado; en cuanto al concepto, por tornarse ilimitado en vez de arquitectónico; en cuanto al modo de plasmarlo, por la renuncia a una ordenación simbólica de totalidad, de lo que deriva la fragmentación…”[2].

Ha llegado un momento en la historia de la humanidad en que las diferencias entre Oriente y Occidente son cada vez más pequeñas. Ya no existe un abismo diferencial entre las obras de estilo occidental y las orientales. Es más, en las exposiciones internacionales pueden verse cuadros de Pollock,  Mark Tobey,  Mathieu,  Soulage,  Hartung,  Fontana y Capogrossi, junto a otras de artistas japoneses como Yamaguchi Takeo,  Saito Yoshishige,  Yoshihara Jiro, Okada Kenzo,  Hasegawa Saburo,  Sugai Kumi y Domoto Hisao. Y, sobre todo, en el terreno de la arquitectura es donde se han acortado las distancias. Se hace realidad aquella frase del gran arquitecto japonés,  Tange Kenzo ( 1913-2005), en que predecía: “La arquitectura del siglo XIX fue Europa, el actual siglo es Nueva York, y el próximo siglo XXI quizás sea Japón”.


[1] Para una descripción de este momento artístico, Cfr. Fernando Gª Gutiérrez, S.J.: Japón y Occidente. Influencia recíprocas en el arte: Guadalquivir Ediciones, Sevilla, 1990

[2] Cirlot: Pintura Contemporánea: Editorial Seix Barral, S.A., Barcelona, 1963, p. 32. Cfr. también las páginas 34, 40 y 41, en que trata de la influencia del Ukiyo-e en Van Gogh y Gaugin, y la página 115 en que se discute el Orientalismo de la pintura moderna de Europa

Autor

Fernando García S.J.

Jesuita. Licenciado en Filosofía y Letras por la Universidad de Barcelona. En 1956 marcha a Japón, en donde es profesor de Historia del Arte Oriental en la Universidad Sophia (Jochi Daigaku) de Tokio. Es Académico Numerario de la Real Academia de Bellas Artes de Santa Isabel de Hungría de Sevilla, y Académico Correspondiente de la de Bellas Artes de Cádiz y de la Real Academia San Dionisio de Ciencias, Artes y Letras de Jerez. En 1993 le fue concedida por el Emperador de Japón la cruz de la "Orden del Tesoro Sagrado, con distintivo de Rayos Dorados y Rosetas". En la actualidad es Delegado Diocesano del Patrimonio Histórico-Artístico de Sevilla.

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