Educación y Acción-Formación Social desde lo cristiano

Se celebró del 17 al 21 de Marzo, en la Universidad Pontificia Comillas (Madrid), una Semana Ignaciana, con motivo de  los actos conmemorativos del segundo centenario de la restauración de la Compañía de Jesús y de la canonización de Pedro Fabro SJ.

En su inauguración, el Rector de la Universidad, Julio L. Martínez SJ, decía muy acertadamente que “quien olvida su pasado no sabe quién es”. Esto es lo que vamos a intentar en este escrito, de forma sintética, hacer memoria del acontecimiento fundante de la vida, espiritualidad y misión de San Ignacio de Loyola.

Lo cual, como autentico recordar y memorial, significa actualizar y profundizar en lo ignaciano para nuestra época, en especial en dos dimensiones o campos que nos parecen muy significativos. Tales como el ámbito educativo, cultural y el de la formación/acción social.

Como han estudiado las ciencias sociales, la espiritualidad y la teología, todo carisma y espíritu religioso-profético, como el Ignaciano, corre siempre el riesgo de que lo institucional, que es imprescindible para encarnar y dinamizar este carisma profético, vaya ahogando y pervirtiendo la entraña carismática-espiritual que da sentido a la institución.

Las dinámicas de conservación o seguridad a toda costa, de prestigio, poder y riqueza pueden ir apagando y manipulando el carisma y espiritualidad fundante. Tal como nos enseña la historia, el pensamiento y el mismo magisterio de la iglesia, por ejemplo el Concilio Vaticano II.

“Mundanización”

En esta línea, como igualmente nos está mostrando el Papa Francisco, cuando la espiritualidad y misión no está encarnada en lo humano y en lo social (en la cultura, en la política, en la economía, etc.); cuando no asume ni se inserta en las fronteras, en las  periferias y márgenes, en las causas liberadoras, transformadoras de la paz y de la justicia, de los pobres (empobrecidos y oprimidos, excluidos y víctimas), entonces, nos vemos envueltos en patologías y males. Tales como el poder y el afán de éxito, el prestigio y la riqueza (el pecado del mundo o “mundanización”, en palabras del Papa).

Todo esto, si cabe, es aun más grave si le sucediera a la espiritualidad y misión ignaciana, ya que es lo que la caracteriza, es su esencia y carisma fundacional.

La vida, misión y espiritualidad de San Ignacio de Loyola y su Compañía de Jesús, de lo ignaciano, tiene su corazón en este dinamismo encarnatorio de buscar a Dios en todas las cosas, de ser contemplativos en la acción, en el servicio de la fe y la justicia liberadora con los pobres, en fidelidad afectiva a (sentir con) la iglesia y en dialogo con las culturas y religiones.

El ser ignaciano se define, desde el seguimiento (ser compañero) de Jesús en la iglesia, por este servicio y búsqueda del bien más universal, en amor y pobreza, en solidaridad y justicia liberadora con los pobres de la tierra, frente a los ídolos del poder y de la riqueza, a la inmoralidad y deshumanización de ser rico que es anti-evangélico.

Todo esto, desde lo ignaciano, supone un servicio, opción y compromiso por los ideales, luchas y proyectos que encarnen estas causas de solidaridad y justicia liberadora con los pobres. Es buscar los cauces y mediaciones de todo tipo (espirituales y culturales, sociales, políticas y económicas) que hagan posible esa fraternidad y bien más universal, la promoción y liberación integral con los pobres de la tierra.

Es la dinámica misionera-profética: del anuncio y transformación en el amor fraterno, en la reconciliación, en la paz y justicia con los pobres; y, de forma sinérgica, de la denuncia liberadora de todo mal e injusticia, de toda realidad, relación e institución-ley, sistema o estructura social (como las política y la economía)-, que cause dominación y opresión, injusticia y desigualdad social-mundial.

Por tanto, como está resaltando y testimoniando el Papa Francisco, el mundo y lugar principal, cristiano e ignaciano, desde el que vivir y testimoniar la fe es la comunidad y sociedad civil, el pueblo sencillo y humilde, los pobres; y no las élites o privilegiados de cualquier tipo.

Desde el protagonismo transformador del pueblo y los pobres, desde sus luchas, causas y proyectos emancipadores, desde su promoción y liberación integral: se es real, auténticamente testigo del Evangelio y de la fe, la espiritualidad y misión adquiere credibilidad.

Para comprender, asumir, espiritualmente todo esto, solo basta con leer, contemplar y meditar, acoger en la fe, la vida del Dios encarnado en la Palabra de Dios, en el Evangelio de Jesús. El Reino de Dios y su justicia liberadora  con los pobres.

Formación integral

Y a seguidores de la hondura de Francisco de Asís o Ignacio de Loyola. Ahí están las fuentes ignacianas, como su Autobiografía, sus Ejercicios Espirituales, su Diario Espiritual, las Constituciones de la Compañía de Jesús…con su actualización y renovación, en la época contemporánea, mediante las Congregaciones Generales de la Compañía como las nn. 32, 34 o la 35.

En estas fuentes y lugares ignacianos, como se puede observar, se encuentra todo un caudal espiritual, antropológico y ético. Tal como hicieron maestros como J. de Mariana o F. Suárez.

Lo que posibilita una educación y formación: integral, en todas las dimensiones de la persona (razón y corazón, contemplación y acción-social, lucha por la justicia-, mística y política…), en la promoción, desarrollo global y protagonismo de las personas y sus pueblos, de su vida, dignidad y derechos; interdisciplinar, con las mediaciones de la cultura y ciencias como son, por ejemplo, la filosofía y las ciencias sociales o humanas; y actual con su proyección universal, mundial en la era de la globalización en la que estamos.

Efectivamente, lo cristiano e ignaciano recoge y asume todo lo bello, hermoso y verdadero de nuestro mundo, cada vez más inter-conectado y globalizado. Acoge los ecos y clamores de las personas, de los pueblos y los pobres, de los movimientos sociales y ciudadanos. Esto es, una mundialización de la solidaridad y de la paz, de la justicia y del desarrollo sostenible, frente a  la globalización neoliberal del capital, de la guerra y de la destrucción ecológica.

El amor fraterno, la caridad, constitutivamente social y política, que es inseparable del compromiso por la justicia con los pobres, de la opción liberadora por los pobres: se realiza en la lucha contra la actual y global ideología que domina hoy el mundo.

Esto es, el neo-liberalismo del que, como ejemplo, los Provinciales Jesuitas de América Latina hicieron un análisis crítico y certero, detectando su inherente individualismo insolidario y economicismo, su inhumanidad e injusticia.

Humanismo

El servicio a la fe y la justicia implica de forma esencial, vital, luchar contra el sistema económico de este neoliberalismo, el capitalismo que en su entraña es inmoral e injusto. Ya que pone el capital, los ídolos del mercado y del beneficio por encima de la vida, dignidad y derechos de las personas.

Tal como nos enseñan, cada una desde su especificidad, la teología, la doctrina social de la iglesia y, en dialogo, las ciencias sociales, ámbitos y realidades que son tan importantes para una fe adulta y madura, seria y coherente.

Como ya hemos indicado, en esta línea se trata de buscar, de forma ignaciana, los cauces o mediaciones para historizar el bien más universal y la justicia con los pobres, que se encarnen, se hagan reales, concretos, sean transformadores  y liberadores.

Así, son muy relevantes el dialogo y debate crítico con las ideologías y pensamientos sociopolíticos, para acoger todo lo bueno y verdadero que nos han aportado. Tales como los valores y principios de autonomía, libertad y participación democrática (los derechos humanos de primera generación), que está en lo más valioso de las tradiciones humanistas-liberales. Y que el liberalismo económico o neoliberalismo, el capitalismo pervirtió y traicionó con su individualismo posesivo, su materialismo economicista y mercantil.

Como son los valores de solidaridad, igualdad, justicia social e internacional, de protagonismo, de promoción y liberación integral de los pobres (los derechos sociales de segunda generación), que se encuentra en el corazón del movimiento obrero y del socialismo de raíz autogestionario y democrático. Y que el comunismo colectivista o colectivismo, de tipo leninista-stalinista, ahogó y deformó con su estatalismo burocrático y elitista, con su materialismo craso-productivista.

Todo ello lo ha visto muy bien la corriente filosófica, teológica y espiritual del personalismo comunitario, un nuevo humanismo integral. Con autores, en el ámbito de la Compañía, como P. T. de Chardin, J. Maréchal, H. de Lubac o K. Rahner que tanto aportaron al Vaticano II.

En esta línea, una mediación y ámbito irrenunciable, para la justicia con los pobres, es el conocido como el estado de bienestar, mejor dicho, el estado social de derecho-s, fruto de la entrega, solidaridad y compromiso de los movimientos obreros y apostólicos. Como la JOC, la HOAC y MO o VO (ligada los jesuitas) en España.

Una vida digna

Frente al ataque constante del neoliberalismo/capitalismo al estado social, hay que asegurar y promover sus pilares. Como son un trabajo decente, un sistema laboral humano y justo. En donde lo primero sea la vida, dignidad y derechos sociales de los trabajadores. Tales como un salario justo para él y su familia, seguridad e higiene laboral con jornadas de trabajo humanizadas y compatibles con la familia, participación y co-gestión democrática de la empresa, etc.

Un sistema fiscal justo donde contribuyan y tributen más, a la hacienda pública, los que más tienen, las fortunas y patrimonios más elevados, el capital y las empresas con sus beneficios, operaciones económicas o financieras..; erradicando los inmorales paraísos fiscales y demás fraudes tributarios.

Las políticas sociales y servicios públicos de calidad. Es decir, la educación y cultura, sanidad y tratamientos médicos/farmacéuticos, servicios sociales, vivienda e infraestructuras o equipamientos; con servicios básicos como la luz y energía, el agua y el transporte que no pueden ser objeto de negocio. Así nos lo muestra la ciencia social.

Este estado social de derecho-s tiene que ser, por solidaridad universal y efectividad social, mundial, global en una democracia cosmopolita, sin fronteras ni barreras. Para ir logrado esta globalización solidaria y justa, pacífica y ecológica. Con un comercio y consumo justo, responsable, y un desarme mundial.

Unas finanzas y banca ética, un sistema financiero-bancario al servicio de la economía real para la promoción del empleo y del desarrollo sostenible, con unos créditos sociales y justos; frente al actual capitalismo financiero de casino, especulativo y usurero.

Así nos los han mostrado los actuales movimientos sociales, como lo reunidos en el Foro Social Mundial de Porto Alegre. Con su raíz en el pensamiento y espiritualidad liberadora, donde tanto aportaron testimonios como los jesuitas R. Grande,  L. Espinal, I. Ellacuría, I. Martín-Baró y el resto de los mártires de la UCA. Su legado y testimonio son luz, faro de cómo actualizar y renovar todo este río ignaciano, que hemos contemplado.

[1] Subdirector del Centro Loyola, Centro Fe-Cultura-Justicia de los Jesuitas (Las Palmas de GC) y Profesor en el ISTIC  (Departamento de Filosofía y Ciencias Humanas). Ha cursado los estudios de Trabajo social (Diplomado), Filosofía y Teología (Licenciado en EE., Teología Sistemática), Moral (Experto Universitario) y Ciencias Sociales (DEA y Doctor por el Departamento de Psicología y Sociología, ULPGC)

Autor

Agustín Ortega

Según el autor, este espacio recoge claves de acción-formación social y ética, para colaborar con la espiritualidad y misión ignaciana. Profesor en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador Sede Ibarra (PUCE-SI) e Investigador externo del Departamento de Humanidades y Filosofía de la Universidad Loyola Andalucía. Estudió Trabajo Social, es Doctor en Ciencias Sociales y Experto Universitario en Moral, Doctor en Humanidades y Teología.

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